HISTORIA, MATERIA INSTRUMENTAL

A la Historia le concedemos más importancia de lo que solemos reconocer. En la clase de Historia luchan los relatos del poder. Los poderes reclutan soldados en la clase de Historia. Nos dicen en la clase de Historia quiénes somos y cómo debemos vernos. En la clase de Historia los maestros muestran sus disidencias. Los jóvenes aprenden en la clase de Historia su falta de poder.

No es fácil que la clase de Historia imparta ese saber objetivo que lo es cada vez menos según se ascienda por la escalera del conocimiento. Y la Historia está en lo más alto. Jamás podremos saber cuántos electrones y protones participaron en la Revolución Francesa. Yo desconfiaría de profesores de Historia, como el inefable Francisco Maruhenda, que dicen «La Historia dice que…», en lugar de admitir que según él la Historia dice que

Por supuesto. están los hechos objetivos, pero quedarse con ellos es como pretender ser químico simplemente sabiéndose al dedillo la tabla periódica. Siempre puedes tenerla en forma de tarjeta postal. La Historia trabaja con hechos, pero los hechos no «son» la Historia. Lo importante son las teorías o los experimentos que podemos diseñar con ese conocimiento. Lo importante es pensar como un químico o como un historiador.

Los jóvenes aprenden en la clase de Historia

su falta de poder

Si la clase de Química nos sirve para actuar en el mundo de las sustancias aprovechando y respetando sus leyes, la de Historia debería hacer otro tanto. Es decir, por usar un vocablo popularizado recientemente, empoderar a los jóvenes históricamente. Es decir, hacer en la clase de Historia que los jóvenes aprendan su propio poder en la Historia. Nadie entiende la Química como una guerra de químicos, tampoco deberíamos entender la Historia como una guerra de historiadores. ¿Más historia española que gallega? ¿Más europea que asiática? No hay razón para que la Historia tenga más fronteras que la Biología.

Tal vez sea una simplificación hablar de asignaturas instrumentales refiriéndonos sólo a las Matemáticas y la Lengua. Es cierto que sirven de código para fijar conocimientos en los demás campos. Pero en un sentido amplio todas las materias escolares deberían ser instrumentales. Es decir clases de actuación en el mundo. Hacemos lo contrario cuando enseñamos Historia como asunción de UN relato ya hecho. Actitud que sirve a actitudes autoritarias como la de «La Historia dice que…».

Los alumnos de Historia se acostumbran a leer o escuchar relatos incontestables que como mucho admiten preguntas aclaratorias. Hay mucho hecho, mucha relación, mucha causa que impartir. Y sólo llevamos 5.000 años de Historia. No quiero ni imaginarme cómo será la clase de Historia entorno al año 10.000. Ya Tucídides intentó hace 2.400 años encontrar ritmos y regularidades en la Historia. No sé si despertando hoy después de una larga hibernación recordaría el incidente concreto que desató el suceso más importante de su historia. Una breve lectura de sí mismo le refrescaría la memoria y podría pasar a seguir «haciendo Historia».

Es evidente que la Historia es un saber sobre algo. Pero la madurez del pensamiento histórico no la hace la cantidad de «algos» que uno tenga en su base de datos personal. La persecución de esa cantidad es la que siempre ha dejado los programas de Historia incompletos. Tal vez podría hacerse un club con los ex-alumnos que jamás llegaron a la Revolución Francesa cuando estaba al final del libro. La madurez del pensamiento histórico reside en:

Las maravillas que un joven pueda hacer con los

pocos «algos» a que tenga acceso

Luego tendrá toda la vida para moverse por los hechos que marquen «su» historia y agradecerá la calidad instrumental que tuvo su clase de Historia.

Hoy día todos los jóvenes tienen acceso a películas, series o libros sobre romanos, vikingos, reyes, piratas o revolucionarios. La primera misión de la clase de Historia es poner orden en todo eso y extraer algunas regularidades. Entender cronologías y elaborarlas. Aprender a hablar sobre ellas. Aprender a centrarse en un hecho y exprimirlo al nivel de cada edad escolar. Aprender a ver panorámicamente una época. Aprender a preguntarse por el sentido de las compartimentaciones de la Historia, discutirlas. Especular con ucronías, pensar en el futuro. Usar la clase de Historia como instrumento.

Ojalá los jóvenes de 1914 hubieran tenido acceso a la perspectiva y la textura histórica que hoy es asequible para todos. Ojalá hubieran visto Salvad al soldado Ryan  o Dunkerque. Ojalá hubieran aprendido historia en lugar de asimilar un relato. Es decir, empoderarse ellos dentro de su historia. Extraigo un fragmento de Paideia de Werner Jaeger:

La concepción de Tucídides sería inconcebible independientemente del tiempo en que vivió. Lo mismo ocurriría si quisiéramos abstraer de su tiempo la tragedia ática o la filosofía platónica. La mera exposición fáctica de un acaecimiento histórico, por muy importante que fuese, no hubiese sido bastante para satisfacer los designios del pensador político. Le era necesaria la posibilidad de ascender a lo espiritual y a lo general.

Werner JAEGER, Paideia, FCE, Libro II, cap. VI –formato electrónico–

Debería haber habido muchos Tucídides en Atenas. Ascender a lo espiritual y lo general no ha de ser patrimonio de historiadores ni de profesores, sino de todos, porque la Historia, no nos la explican, la compartimos.