A LO SUYO

Los jóvenes van a lo suyo. Pues claro, ¿a qué deberían ir? Mientras los consideremos un «ellos» y no un «nosotros» irán lógicamente a lo suyo.

Nosotros estamos en la función, ellos «en lo suyo». Nosotros soportamos civilización, ellos se crean una. Si no queremos constituir civilizaciones distintas, y aún especies animales distintas, deberemos armonizar ambas cosas, encontrarnos, fluir juntos. Mássimo Recalcati lo expresa con un sistema de tres «complejos».

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COMPLEJOS

EDIPO

El «complejo de Edipo» es aquél en que padres e hijos están separados por un muro. El hijo sabe que acabará sustituyendo al padre, pero para poder sostener su herencia con paso propio debe «matarlo». Es un complejo que afectó a nuestros abuelos y a nosotros.

NARCISO

Ahora estaríamos en otra fase, la del «complejo de Narciso»En él es el padre quien, tal vez harto de tener que ser «muerto», tiende a olvidar su responsabilidad y se une al hijo para vivir ambos un presente juvenil. En esta fase perdemos gran parte de los valores de civilización. Padres e hijos se pierden en sus islas de Nunca Jamás y la cultura se resiente. Tal vez estemos en ello y nosotros tengamos la culpa.

TELÉMACO

Frente a este impropio «complejo» en que padres e hijos son demasiado «col·leguis», Recalcati propone un paradigma más racional que denomina «complejo de Telémaco». El hijo debe hacer un camino propio, pero antes debe recuperar al padre (Odiseo) para que le ayude a reconquistar la casa. Juntas, la experiencia del pasado y la del presente conspiran para un futuro más rico y libre. El mundo nos necesita a los dos, mano a mano.

Los jóvenes demuestran día a día que saben aprovechar lo que tienen a mano para levantar una cultura propia. Liviana, pasajera, rápida, pero potente. Con sus vídeos, su música, su poesía propias; su algorítmica. Nunca lo habían tenido todo tan a punto para significarse.

Quizá hasta las redes sociales colaboran a dar la sensación de que no nos necesitan, de que no necesitan a sus mayores. Antes de los 20, el espejismo ha pasado, pero para entonces pueden haberse perdido muchas cosas importantes. Sin duda, hay familias que juegan un fuerte papel «civilizatorio», pero no es suficiente.

¿Lo juegan las escuelas? Cuando los niños entran en la escuela, ¿notan que hay diez mil años de civilización a sus espaldas?

Ya hablé de las aulas amuebladas a principio de curso, las estanterías con los libros de texto nuevos… la pizarra limpia, las paredes dispuestas para recibir murales… No es extraño que saquen la impresión de que el mundo empieza con ellos. Sin embargo, los ateneos de adultos tienen bibliotecas bien abastecidas, cuadros augustos en las paredes de madera y grandes bolas del mundo; brújulas y astrolabios conviviendo con ordenadores.

Dos negociantes pueden entretenerse haciendo proyectos cuando pasan delante de un mapa mural. Una escuela también debería mostrar permanentemente capas de civilización que despertaran la curiosidad. Y no veo por qué el claustro no pueda decidir que cada día se recibe a los «socios» con un permanente hilo musical que navegue por la historia de la música.

ACORDES DEL PASADO

Los jóvenes tienen la música del presente y pueden compartirla –o no– con sus mayores; pero, si no es en casa, no tendrán dónde descubrir acordes del pasado. Y todo ello, no como obligación burocrática sino como paisaje.

Lo que ahora se ofrece en muchas escuelas no es cultura, sino un sucedáneo burocrático con formato administrativo: prontuarios, vademécums, fichas… Justo lo que necesitarán cuando sean mayores y deban prescribirse soluciones para la vida. Se lo damos cuando ni les interesa ni les sirve.

Disponemos lecturas obligatorias en lugar de explorar mundos que conduzcan a ellas. Nadie tiene la cultura, muchos profesores deben improvisar las lecturas prescritas y mantenerlas durante años para no estresarse. Basta con representarse la cultura no como un patrimonio mínimo, augusto, solemne, sino como un jardín o un bosque en el que todos encuentran algo y todos se lo comunican.

Lo que ahora se ofrece en muchas escuelas no es cultura, sino un sucedáneo burocrático con formato administrativo: prontuarios, vademécums, fichas…

Y como no es contable y no hay que repartirlo, puede multiplicarse. ¿Qué importa que un alumno explique a la clase aquel cuento de Twain que el maestro no conocía? Pero para eso, cada escuela, cada centro ha de tener toda la cultura posible, con sus exposiciones y sus fondos, con sus conferencias y sus charlas; con anuncios y representaciones; con versiones y sátiras (¿por qué no ha de poder jugarse con las imágenes y los textos clásicos? Como si los compositores modernos no lo hicieran con sinfonías y pastorales).

Los maestros han de saber poner en pie los diez mil años de cultura que representan como adultos para que los niños jueguen y se familiaricen con ella, para que inspire su natural capacidad creadora. No toda para cada uno sino toda entre todos.

Pero no será posible sin otra formación de maestros y sin prescindir de los 600 millones de € anuales en libros de texto para la educación ciudadana u obligatoria.