Sabemos por la crisis económica que padecemos, que una opinión extendida y aceptada, puede ser simplemente un efecto de contagio social, sin ningún fundamento racional o histórico. Durante casi veinte años nuestro país, tuvo esta creencia firme: los precios del mercado inmobiliario seguirían creciendo indefinidamente, por lo tanto comprar y vender una casa era un buen negocio. Aún más, era el mejor negocio posible.
También en el ámbito de la educación, padecemos contagio social. ¿Por qué razón frente a los índices de fracaso y mediocridad, cada vez más evidentes, se hacen interpretaciones acomodaticias o ideológicas, en el peor sentido del término?, ¿por qué no se reconoce que tenemos un problema enorme, un problema estructural que condiciona nuestro futuro social y económico?
Hay dos posiciones igualmente peligrosas, respecto al presente de nuestra educación: aquella que mantiene que no estamos bien, pero que no acaba de reconocer la magnitud del problema, la llamaremos la perspectiva cómoda: no estamos tan mal; otra que, reconociendo los defectos de nuestro sistema, los declara casi sin solución o lo que proponen como solución implica una ruptura del pacto educativo, es la perspectiva catastrofista: esto es un desastre, no hay quien lo resuelva, nada hay salvable. Frente a ello, nos gustaría matizar, ese verbo tan olvidado en nuestra mentalidad: tenemos un problema muy grave, pero se puede resolver progresivamente. ¿Cómo? No seamos cainitas: intentemos construir ese lenguaje común para diagnosticar y solucionar un fenómeno tan complejo.