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PROFESIÓN ESENCIAL

Cuando todo el mundo sabe para lo que sirve Wikipedia, los docentes tienen que explicar, por primera vez en la historia, para qué sirven ellos. La confusión entre información y conocimiento, entre absolutos y relativos, entre procesos y burocratización lesiona el perfil de la profesión docente en nuestros días. Sin embargo, esta es y seguirá siendo una profesión esencial.

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En los debates públicos sobre educación es frecuente encontrar visiones parciales de los temas, tal vez, porque los profesores no suelen estar invitados a participar en ellos. Así, se aplauden las opiniones de expertos parecidos a aquel japonés del cuento de Borges que, como había viajado a Persia, se consideraba un gran conocedor de Occidente.

PERFIL EXTERIOR DE LA DOCENCIA. INFORMACIÓN Y CONOCIMIENTO

Uno de los tópicos al uso habla del enorme poder de la tecnología sobre los procesos de aprendizaje de los alumnos, frente a las carencias de la intervención clásica de los docentes.

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DOCTOS Y LEGOS

La opinión general asegura que las fuentes de la información y el conocimiento manan desde las pantallas y ya no son propiedad del magisterio. Pierden de vista que el volumen de información accesible a través de Internet es incalculable pero consiste, fundamentalmente, en miles de datos que llegan desde emisores indeterminados. Con esa información sin digerir, doctos y legos expresan su opinión de manera paritaria y participan en juegos dialécticos cuya única regla es intervenir, no convencer ni ser convencidos. Sin embargo, sólo puede manejar con éxito este volumen de información quien sepa lo que busca y por qué. Y solo puede intervenir de manera significativa en el juego de las opiniones quien sepa lo que dice y por qué. Para que la oferta de Internet sea verdaderamente enriquecedora, hace falta el sustrato de conocimiento que aporta la educación.

Pero, como en un círculo virtuoso, conocer no es solo el requisito para seleccionar; es también el resultado de asimilar la información seleccionada, enlazarla con lo que ya se conocía, ampliarla con nuevos descubrimientos y transformarla en competencia. Cuando este proceso llega a efectuar aportaciones nuevas y valiosas al conocimiento, se alcanza la sabiduría. Pues bien, en esta alquimia está una de las razones de ser del trabajo docente. El profesor proporciona información a sus alumnos, les enseña a transformarla en conocimiento y competencia, y les impulsa a elevarse hacia la sabiduría. Pero como la docencia se efectúa ejercitando una de las más bellas formas de la comunicación humana —la relación educativa— el maestro hace mucho más que enseñar: personifica. De ahí que las herramientas digitales sean auxiliares imprescindibles del trabajo docente pero no puedan hacer este trabajo.

BUROCRATIZACIÓN Y TAREA DOCENTE

Otro tópico es la necesidad de subir posiciones en las comparativas sobre educación, sin más justificación que la escalada en sí misma. La opinión política considera al profesorado como un apéndice de la economía que debe dedicarse a rentabilizar el capital humano y a maximizar resultados en las evaluaciones internacionales.

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Esta consideración lesiona el perfil profesional de la docencia. En buena medida, proviene de una perversión del propio sistema educativo: la burocratización, es decir, la ‘pérdida de control del profesor sobre el sentido de su trabajo’.

“Para que la oferta de Internet sea verdaderamente enriquecedora,

hace falta el sustrato de conocimiento que aporta la educación”

Los sistemas educativos occidentales se han organizado históricamente alrededor de un modelo burocrático: una función enmarcada en un desarrollo normativo. Sin embargo, desde hace unas décadas la burocracia instrumental se ha transformado en burocratización orgánica. Hoy un profesor está obligado a informar por escrito sobre el menor de sus pasos y a priorizar —en las horas no lectivas— la elaboración de documentos sobre la atención directa a los alumnos y la preparación de sus clases. En la práctica, esto constituye un freno a su creatividad, un empobrecimiento de su tarea y una fuente de desmotivación. Se ha resignado a ser visto por la sociedad como un ejecutor de leyes educativas y no como un educador en sí mismo, y se ha acostumbrado a sentir la desconfianza social hacia su profesionalidad.

BUROCRACIA INSTRUMENTAL BUROCRATIZACIÓN ORGÁNICA 

A la vez, se fomenta cada vez más la competencia directa entre los centros. Las escuelas empiezan a prestar servicios en función de la demanda, en vez de ser ellas mismas creadoras de esas demandas. La presión por los resultados medidos según estándares internacionales diluye la importancia de la vocación y la deontología profesional, y configura un nuevo perfil para la docencia: profesionales en maximizar el rendimiento y la productividad de los ciudadanos.

Sin embargo, el maestro NO es un apéndice de la economía. Las estadísticas no pueden importar más que los procesos o que los efectos de la educación sobre el progreso personal de los alumnos. Los profesores no son técnicos expertos en enseñanza-aprendizaje, sino intelectuales capaces de amplificar no el “capital humano” sino el capital del humano: el conocimiento y la cultura.

Estamos llamados a ser profesionales críticos y sembradores de proyectos personales; las escuelas deben ser laboratorios de la sociedad del futuro —necesariamente más justa— y no simples espejos que reflejen las carencias del presente. Pero para cumplir esta función social que nos trasciende, los docentes debemos estar en condiciones de ejercer un control sobre el sentido, los objetivos y los contenidos de nuestro trabajo. Y estos aspectos fundamentales, junto al código deontológico de la profesión, deben estar recogidos en un Estatuto propio. Si existiera, nos sería más fácil ahora resistir los vaivenes de las primas de riesgo.

DOCENCIA Y RELATIVIZACIÓN DE LOS VALORES

El tercer tópico, muy peligroso, es el que presenta los conceptos y valores que se aprenden en la escuela como relativos, modificables al albur de cada nuevo cambio de siglas en los despachos ministeriales. Hasta cierto punto, es una consecuencia lógica del momento que vivimos. Una sociedad en la cual tantos valores son relativos, puede admitir con dificultad que la educación académica se fundamente en la búsqueda de absolutos: los conceptos del conocimiento, que deben asimilarse antes de poder ser refutados, para el avance de la ciencia; los valores de la democracia, sin cuya aceptación universal es imposible la convivencia.

Burocratización

‘Pérdida de control del profesor sobre el sentido de su trabajo’

Tan recurrentes son estos tópicos que, por primera vez en la historia de la humanidad, cuando todo el mundo sabe para lo que sirve Wikipedia y qué es el informe Pisa, los profesores tienen que explicar qué son y para qué sirven ellos. Pero la amenaza que se cierne sobre la identidad de la profesión docente no proviene solamente de los avances tecnológicos, la burocratización o la deificación de la economía. Existe también una divergencia de propósitos y fines referentes a la educación entre la escuela, la familia y el contexto social, y es tan acusada que en el lenguaje coloquial nos referimos a ella como divorcio.

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Los análisis de este fenómeno están hechos y nos dicen que la asignatura pendiente es el reparto de papeles, en la certeza de que cada estamento educativo juega un rol propio, inseparable y complementario de los demás. Cuando los profesores tienen que responder a cometidos que exceden su capacidad y sus responsabilidades, se descentran. La escuela solo puede abordar con eficacia sus objetivos propios. A los roles familiares y sociales se acerca con buena voluntad pero de una manera compensatoria. Para que podamos recuperar la convergencia, es imprescindible que la familia se comprenda como transmisora primigenia de los valores personales, y que el docente se sienta y sea percibido como un profesional con una tarea singular y una preparación específica, merecedora de respeto y confianza. Para no defraudarla, por supuesto, estará obligado a la excelencia cotidiana y a abordar los retos sin desánimo, insistiendo en su formación y perfeccionamiento.

LA CONFIGURACIÓN INTERNA DE LA DOCENCIA

Sin embargo, y pesar del áspero presente, el profesorado NO es una especie en peligro de extinción; la docencia tiene futuro aunque padezca hoy una crisis de identidad. Para que no se desdibuje su papel de referencia, es importante reconocer y preservar las dos categorías esenciales que configuran el retrato de un docente. La primera está relacionada con su espacio en la sociedad y la constituyen el perfil y la identidad profesional. A estos elementos aluden los tópicos que hemos abordado. La segunda categoría tiene que ver con la configuración interna de la docencia, con una determinada manera de ser que es consustancial a la labor que desempeña un profesor.

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Las dos categorías están indisolublemente unidas y cualquier reflexión sobre ellas nos obliga a una clasificación artificial porque la docencia es, al mismo tiempo, una profesión hacia afuera, en la que tienen cabida lo científico y técnico en el máximo nivel de rigor, y lo social como marco de referencia; pero es también una profesión hacia adentro, que recorre el camino ético de un ser humano en contacto permanente con personas sobre las que ejerce una gran influencia.

Y son precisamente estos elementos, que constituyen el hacia adentro de la docencia, los que deben mantenerse estables para permitir al profesor de nuestros días la actualización constante de su trabajo sin perder su identidad esencial. Así pues, el desafío del presente es conservar la esencia para actualizar la existencia. La educación está llena de paradojas.

Considero que los elementos que constituyen la categoría interna de la docencia son la comunicación, la dignidad, la trascendencia, la verticalidad, la vocación y la aptitud.

DOCENCIA Y COMUNICACIÓN

En el perfil del docente está siempre, en el principio, la palabra. Es un profesional del diálogo entre seres humanos. Maestros y alumnos se comunican cara a cara, afirmándose en el lugar que ocupan sin dejar de afirmar al otro. Durante cada curso escolar, conectan profundamente sus vidas en un espacio donde todos aprenden: el adulto mira el mundo con los ojos de los niños; estos lo descubren con la mirada del maestro. Actúan modificándose la vida mutuamente, creciendo como personas.

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En ese diálogo, el maestro comparte con el alumno sus conocimientos —claro está— pero también sus convicciones y expectativas, su voluntad, su percepción de la sociedad en actualidad y en proyecto, su visión del papel que el ser humano juega en el mundo. En realidad, comparte sus valores, por eso, el diálogo se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano, y es tan difícil de explicar que, como diría Lope de Vega, solamente quien lo probó lo sabe.

Conservar la esencia para actualizar la existencia

La fuerza de esa comunicación, la responsabilidad de trasvasar a la generación siguiente el modo de empleo de la sociedad y los fundamentos de la cultura, y el inevitable contagio de valores personales constituyen el marco en el cual empieza a reconocerse la identidad profesional del maestro.

DIGNIDAD, TRASCENDENCIA Y VERTICALIDAD

En cuanto a la dignidad de la docencia, estriba sobre todo en su condición de profesión esencial. Hay facetas vitales en las que podemos dedicarnos a ser con sustantivos. En ellas, todo lo que se tiene que hacer brota desde ese fundamento. Sin embargo, en el ámbito profesional es frecuente conjugar el verbo ser con adjetivos: ser eficiente, ser puntual… Pues bien, la docencia es sustantiva. Se es maestro, se es profesora. Ineludiblemente.

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Mientras dura su camino común, cada profesor es un referente ético para cada alumno; por su parte, todos los alumnos son apelaciones a la excelencia moral para el maestro. La tarea docente transmite el mundo para que pueda ser mejorado por la generación siguiente, que a su vez habrá de transmitirlo. Y ese avance, durante el cual las generaciones se suman, es profundamente, dignamente humano.

La profesión docente cuenta con otra clave: su trascendencia. Hannah Arendt describe magistralmente esta energía de las interacciones humanas: La fuerza del proceso de la acción nunca se agota en un acto individual sino que crece al tiempo que se multiplican sus consecuencias. Quien actúa nunca sabe del todo lo que hace pues siempre hay consecuencias que jamás intentó tanto en lo positivo como en lo negativo.

La educación otorga a cada individuo las llaves del mundo exterior y de sus propias capacidades, por eso el resultado del trabajo de un buen docente es tan transformador. Sería interesante recuperar para la escuela el arraigo emocional que proporciona a la educación su dimensión integral. Nos encontramos hoy con el desprecio a la labor tutorial, que es tan enriquecedora; nos daña la excesiva especialización que obliga a atomizar los contenidos y a aislarlos en burbujas para cubrir objetivos; nos atrapa la vorágine de cronos en forma de programaciones y horarios estrictos, cuando la relación educativa es un kairós.

Otro fundamento de la docencia es su verticalidad. Profesor y alumno, iguales en dignidad y derechos como personas que son, se encuentran situados durante su relación en distintos planos. El plano del maestro se eleva sobre la responsabilidad de desempeñar una tarea que le obliga a dar el máximo y de la cual deriva su autoridad; el del alumno, se asienta sobre el respeto que debe a quien le enseña y sobre su propia voluntad de aprender. Porque la relación educativa tiene también un componente imprescindible que pone únicamente el alumno y que está relacionado con su actitud ante el aprendizaje, ante el conocimiento y ante el proyecto de su propia vida.

VOCACIÓN Y APTITUD

Los dos últimos elementos internos, la vocación y la aptitud, pertenecen a la esfera personal de cada profesor, que los pone en juego desde su dimensión insobornablemente humana.

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La vocación está reconocida como un elemento básico, precisamente por la esencialidad de la profesión docente. Puede ser clara y originaria o fruto de la alquimia que convierte, durante el periodo de formación, el interés por la infancia en pasión por la relación educativa, pero ambas vías comparten un sustrato esencial: las características personales y los valores de quien se acerca voluntariamente a la docencia, que son particulares. Y que confluyen en una manera determinada de ser, porque el magisterio imprime carácter.

El primer requisito para reconocer la vocación docente es el amor a los niños y jóvenes, ya que solamente puede darse en personas que estén interesadas por las personas y que, de entre todo el panorama de lo humano, sepan apreciar la belleza de quien se está abriendo al mundo.

El resultado del trabajo de un buen docente es

transformador

Hay un segundo requisito personal, y es el respeto por uno mismo. Educar es comprender y hacerse comprender, respetar y hacerse respetar. Y sentirse depositario de autoridad. De hecho, la vocación docente implica no tener miedo a la certeza de que uno va a tener autoridad sobre alguien y estará obligado a hacer buen uso de ella.

La autoridad es una cualidad personal, que se adquiere con un notable esfuerzo ético. Para un profesor, está basada en la confianza, el respeto y la credibilidad; implica ganársela con decisiones justas y ejercerla con razones. Por eso la vocación docente solo puede darse en personas con una determinada manera de ser, de trabajar y de tratar a los demás.

Pero la autoridad es también un elemento básico del proceso educativo. Educar implica establecer una relación enriquecedora y compleja entre personas iguales en dignidad pero situadas en distintos niveles de responsabilidad. No deberíamos tener miedo a la autoridad del profesor porque lo es. La educación no es simplemente espontánea, pone una barrera entre el pensamiento y la acción porque transmite el modo de empleo de la vida.

De la aptitud se habla mucho menos que de la vocación y, sin embargo, es indispensable. Un profesor no solamente debe querer serlo; es imprescindible que sirva para serlo.

Tanto la criba como el desarrollo de la aptitud para la docencia corresponden a la formación inicial del profesorado. Y este importantísimo trampolín de la profesión docente precisa de una profunda revisión. Además del conocimiento de lo científico y lo pedagógico, además de la competencia para “aprender a aprender” lo didáctico, la formación de los maestros in fieri debe incluir un buen componente de construcción ética.

La Facultad de Educación debe preparar al docente para que afronte con serenidad los constantes cambios, manteniendo su identidad. Un profesor novato debe saber que tendrá que renovar su compromiso a diario, a veces, en circunstancias difíciles. Deberá aprender a conocerse y a conocer a los demás para trabajar en equipo y sentirse miembro de una comunidad educativa. Aprender a decir y no, y a dar crédito a lo frágil para reconocer en cada alumno sus potencialidades. Aprender a no llevarse los problemas de casa al aula, a liberarse de la dictadura de lo ya hecho miles de veces y a plantearse cómo hacerlo siempre todo por primera vez. Aprender a explicar y a escuchar, a mirar y a ser mirado. Y aprender a cuestionarse todo.

La formación inicial del profesorado sigue siendo un gran reto. Tenemos precedentes en la historia de España de planes de estudios muy serios y rigurosos, con titulaciones únicas para Primaria y Secundaria y gran relevancia de los periodos de prácticas docentes y de las evaluaciones finales. Se pueden recuperar ideas de ayer para aplicarlas hoy, claro que .

UNA PROFESIÓN ESENCIAL

Comunicación, dignidad, trascendencia, verticalidad, vocación y aptitud en la esencia; profesionalidad e identidad clara en la praxis. Si nos preguntan qué pintamos los maestros en el imperio de Google, podemos responder que somos profesionales del saber, del saber aprender y del aprender a ser.

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Y si el interlocutor no está convencido aún, podemos añadir que si se redujera el número total de profesiones imprescindibles para el desarrollo de la sociedad a dos o tres, los humildes maestros quedaríamos en posición de cabeza. Lo curioso de esto es que nuestros propios maestros, los preceptores clásicos y hasta Sócrates podrían responder lo mismo.

…es imprescindible que sirva

Cuenta Stefan Zweig que los compañeros de Vasco Núñez de Balboa, cuando llegaron por primera vez al océano Pacífico, bebieron de sus aguas para saber si tenían el mismo sabor que las ya conocidas. Los docentes estamos ante un panorama tan nuevo como el de aquellos descubridores y también tenemos que encontrar las referencias. Pero cuando probemos las aguas de este océano nuevo, comprenderemos que, en esencia, es el mismo que dejamos atrás.

Dedicarse a la enseñanza será siempre una manera salada y

profunda de vivir

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Licenciada en Filosofía. Maestra. Especialista en Ciencias Sociales. Especialista en Pedagogía Terapéutica. Acreditación en dirección de centros escolares. Profesora de la enseñanza pública desde 1982. Es autora de los libros: Cronos va a mi clase (2015), Jilgueros en la cabeza (Novela, 2015), Víctor Ullate, la vida y la danza (2013); Memorias de la pizarra (2012); Cartas para encender linternas (2012); La flor de la esperanza, (2010); Desconocidas, una geometría de las mujeres (2009); Contigo Aprendí, (2008); Los amigos de mis hijos (2007). Es también coautora de los libros: Vaticano II, un tesoro escondido (2014); Autoridad, disciplina y educación, tres palancas del entorno escolar (2011); Apuntes educativos: el lenguaje en la Educación Primaria (1994) y La frustración grupal, (1980). Miembro de la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, FAPE y de la Comisión de Garantías y Deontología de la Confederación Europea de Sindicatos Independientes CESI. Miembro del Jurado de los Premios Acción Magistral, Investiga, Nacional de Fomento de la Lectura y Nacional de Poesía. Colaboradora del programa La noche en vela de RNE, y de las revistas Escuela y 21RS. Publica artículos sobre temas educativos en revistas profesionales y generales: Magisterio, XL El Semanal, Mujer Hoy, Temas para el debate, Claves de Razón Práctica, suplemento Padres de ABC, El Mundo. Hasta junio de 2014 ha sido vicepresidenta nacional del sindicato independiente de profesores ANPE, miembro de la representación de ANPE ante Consejo Escolar del Estado y de la comisión EDUC. Presenta conferencias y ponencias en congresos y cursos universitarios celebrados en muchas ciudades españolas, en Austria y en Portugal. Colabora desde el año 2009 como directora y ponente con los cursos de verano de la Universidad de Almería. Participa habitualmente en Escuelas de Padres en varias ciudades españolas. Pertenece a la Junta rectora de la ONG Delwende que sostiene proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica.
  • Josep Maria Turuguet Salgado

    De todas maneras, para llegar a ese ideal y que el maestro “realmente” represente todo eso, hay que mejorar mucho las escuelas de magisterio.