¿Es posible la transformación?

Ahora que se acerca el inicio del curso escolar, es necesario que, en el debate de la escuela del siglo XXI, volvamos a afrontar la siguiente pregunta  ¿es realmente posible y efectiva la formación y el ejercicio de una ciudadanía democrática, crítica, plena, activa y transformadora desde el sistema educativo?

Fruto de la coyuntura actual de incertidumbre política y vaivenes legislativos, el concepto de ciudadanía activa –o de activismo ciudadano– no pasa, tal vez, por su mejor momento, lo que se plasma en los distintos vértices de la enseñanza.

Así, seguimos escuchando a docentes, sobre todo de etapas medias y superiores, comentar en distintos foros que su alumnado no es capaz de verter una opinión madura y responsable que lo habilite como ciudadano capaz de contribuir a los procesos de cambio social tan necesarios hoy en día.

Ello nos lleva a pesar que el sistema educativo sigue percibiéndose en la actualidad, en palabras de B. Ballesteros, P. Mata y C. Espinar,  un «espacio de regulación y control social» (Revista nacional e internacional de educación inclusiva, 2014), más que como un lugar de diálogo y reflexión para la mejora social.

Las causas son variadas, pero muchas de ellas se asientan en la pervivencia de un modelo socioeducativo aún encorsetado, en general, en preceptos demasiado teóricos y academicistas que no contribuyen lo que debieran a una transformación acorde con una época tan vertiginosa y llena de cambios como la que vivimos.

Una educación por y para la ciudadanía

Debiera ser condición sine qua non para el ejercicio de esa ciudadanía un consenso definitivo en el mundo educativo que nos lleve a priorizar definitivamente el fomento de una actitud crítica ante los grandes retos de la ciudadanía del siglo XXI.

Esa radical transformación, por ejemplo, nos ayudaría a derribar ciertas barreras, basadas muchas de ellas en estereotipos que limitan y arrinconan el ejercicio de la ciudadanía como motor de cambio.

Pero con estas barreras y prejuicios aún existentes no solo ralentizamos la transformación para mejorar nuestra sociedad y erradicar las desigualdades: la pervivencia de mentalidades anquilosadas en el pasado que distorsionan la nueva noción de ciudadanía ha conllevado también a la propagación de la tendencia contraria: el paso del pensamiento a la acción, no para derribar los muros de las injusticias y la discriminación, sino para defender una idea de identidad nacional o plurinacional distorsionada y antítesis de un modelo de convivencia abierto que emana del concepto de ciudadanía global, tan en boga en los modelos educativos más innovadores.

Por otro lado, la educación no formal es fundamental, obviamente, y, en la forja de una educación para la ciudadanía, no debe entenderse esta aislada de los contextos educativos formales. Así, los cauces de participación e interacción en comunidades sociales y educativas deben reforzarse, y debe divulgarse el sentido y utilidad de los órganos colegiados de participación que ya existen.

Fomentamos todavía poco el debate y la asamblea en los centros escolares, y una parte importante de nuestro alumnado sigue confundiendo el derecho a la discrepancia y su ejercicio con tener la razón o con conceptos tan complejos como la justicia o la injusticia. Además, espacios de participación escolares que no están presentes de manera directa en los currículos de áreas o materias, como el Consejo Escolar o las Juntas de Delegados, no tienen muchas veces el poder decisorio que tendrían que tener este tipo de órganos de participación que fomentan la actitud crítica, democrática y plural entre los y las jóvenes.

En la búsqueda de ese ejercicio activo y transformador de la ciudadanía, resultan también inspiradores aquellos ejemplos que sostiene que es posible la interacción de la ciudadanía con el sistema público: ¿conocen desde dentro nuestros estudiantes, por ejemplo, el funcionamiento de organismos como el Congreso de los Diputados, el Parlamento de nuestra región o el Defensor del Pueblo, instituciones básicas para generar enriquecimiento democrático a través de la acción participativa?

Ciudadanía, medios y transformación digital en la educación

Me quiero detener también en la posible apertura de nuevos campos para la práctica participativa ciudadana desde la educación que se abre en esta era de la transformación digital. La nueva sociedad de la información, los nuevos canales de comunicación y la necesidad de adquisición de nuevas competencias en la ciudadanía relacionadas con la globalización (PISA-OCDE, 2018), nos hacen estar atentos al surgimiento de nuevas experiencias, tal y como nos anuncia María Luz Morán en el epílogo de su estudio Aprendizajes y espacios de la ciudadanía. En ese sentido, no debemos desdeñar ni mucho menos la utilidad que la revolución digital y los mass media pueden tener para la búsqueda del equilibrio transformador.

Así, son interesantes aquellas experiencias de radio u otros medios escolares que pueden tomar como ejemplo creaciones sociales participativas como las  presentadas por Patricia Mata y Belén Ballesteros en Ciudadanía y transformación social en la sociedad mediatizada. Al fin y al cabo, un medio de comunicación como ejercicio de la ciudadanía supone un ejemplo no solo de participación, sino de descentralización y de erradicación de jerarquías, lo que precisamente es fundamental para que deje de concebirse a la opinión pública como elemento de control sociopolítico y sumisión a los órganos de poder (Ciudadanía y transformación social en la sociedad mediatizada, p. 165).

Su aplicación en contextos participativos creados en las escuelas tiene un enorme potencial didáctico para nuestro objetivo, ya que representan una oportunidad de aprendizaje crítico y autónomo en el alumnado que es clave para una educación vertebradora de valores y transformación. Es importante, por ello, recordar una serie de claves con el fin de que nuestros medios y redes digitales se conviertan en verdaderos «nervios sociales» de la educación para la ciudadanía:

1

Deben fomentar la horizontalidad en el aprendizaje.

2

Deben nutrirse de la interacción dialógica y participativa como elemento nuclear del aprendizaje que proporcionen.

3

Debe fomentar la inclusión educativa y dar cabida a todas las voces que se integren en el contexto escolar.

4

No deben ser un fin sino un medio transformador para la comunidad educativa.

Creo, en definitiva, que la ciudadanía crítica, activa y participativa es el camino para la transformación social, y es fundamental empezar a recorrer este camino desde la educación. Por ello, es necesario avivar la capacidad para emprender nuevos proyectos educativos en los cuales el alumnado se dibuje como motor del cambio y como generador de sus propios aprendizajes en un entorno comunitario de cambio, no solo en busca de su beneficio personal, sino también en pos del bien de una comunidad global.

La estructura de nuestras aulas y centros tiene que estar definida por cada una de las voces que los integran, adaptando así el currículo a la situación en la que nos encontramos, y no a la inversa. Lo contrario sería esperar impasibles bajo el bombardeo de los mass media a que otros u otras cambien las cosas, sin tener presente que una respuesta social colectiva y vigorosa es la que, desde siempre, nos llevado a crear ciudadanía, bien en la escuela o bien fuera de ella.


Recursos

Ballesteros, B., Mata, P. y Espinar, C. (2014). «Ciudadanía sin escuela, límites y posibilidades del aprendizaje ciudadano». Revista nacional e internacional de educación inclusiva. Vol. 7, nº 2. 

Cárcamo Vásquez, H. et al. (2014). Aprendizaje de la ciudadanía y la participación

Morán, Mª. (2003). «Aprendizajes y espacios de la ciudadanía para un análisis cultural de las prácticas sociopolíticas». Revista Íconos, 15.

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Licenciado en Filología Hispánica y en Ciencias de la Información (Rama Periodismo) por la Universidad de La Laguna, ejerce como profesor de Lengua Castellana y Literatura del cuerpo de docentes de Canarias desde 2006 y dirige en la actualidad el IES San Benito (Tenerife). Se ha formado principalmente en los campos de las Tecnologías de la Información y la Comunicación aplicadas al enfoque de la enseñanza competencial, métodos de la adquisición de la competencia en comunicación lingüística y aplicaciones didácticas de los medios de comunicación. Participó en el Plan Canario de Evaluación de Diagnóstico de la Competencia en Comunicación Lingüística y tiene diversas publicaciones para la Consejería de Educación de Canarias sobre la elaboración de situaciones de aprendizaje en la materia de Lengua Castellana y Literatura, además de ponencias y comunicaciones sobre competencias clave, metodología de la enseñanza de la lengua española y la literatura, así como sobre la radio y el periódico escolar como recursos didácticos. En 2018 crea el programa educativo internacional El Español como Puente, un hermanamiento intercultural entre multitud de docentes y estudiantes de español de todo el mundo que pretende convertir la diversidad en una forma de aprendizaje permanente. El proyecto fue presentado en la Real Academia Española y en la Delegación Española Permanente en la Unesco en 2019. El 19 de junio de 2019 es condecorado por el Rey Felipe VI con la Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.