ESCUELA

¿Unas paredes y un mobiliario?

No podemos permitir que una escuela quede reducida en los meses de verano a apenas unas paredes y un mobiliario. Hoy las bibliotecas escolares lo evitan un poco, pero para mí no es suficiente. En verano, casi todo desaparece. Quedan los ordenadores, sí. Guardan memoria de todo. Tal vez, los últimos murales y trabajos olvidados. Los libros de texto que no se recogieron. Quizá libros de lectura para el aula. Pero –aparte de eso– muchas aulas parecerían intercambiables. Está bien que una escuela sea funcional y sus espacios alternables, pero no que no explique una historia.

Toda escuela debería ser una gran historia, una estratigrafía que contenga la completa riqueza cultural del mundo visto desde allí. Una muestra de todas las especies que la poblaron y de todos los minerales que han podido formarse en las más diversas condiciones cósmicas. Un microcosmos.

Las jornadas de puertas abiertas de todo centro deberían ser como la visita guiada a esos museos en que cada pueblo quiere demostrar que, aún siendo pequeño, ha visto pasar toda la Historia Universal y que, en algún momento, César o Cervantes estuvieron allí o que la invención de la penicilina está relacionada con algo que se cultivó o se coció en su suelo.

ARQUEOLOGÍA ESCOLAR

Montessori, Cuisenaire, Dienes…

El curso se compone de muchos ensayos, de muchos bosquejos que desaparecerán. Las personas pasamos dejando huella o no. Queda la burocracia, las fichas, los informes, los archivos en un despacho vacío. Queda la biblioteca con las enciclopedias comunes, los diccionarios de rigor, las obras clásicas infinitamente reeditadas y las lecturas infantiles y juveniles, tan variadas que homogenean las bibliotecas escolares en su misma diversidad.

Quedan también los instrumentos, balanzas, matraces, microscopios y algún cuaderno olvidado o salvado por su valor. Si en un futuro existiese la arqueología escolar, sin duda, se podría perfilar una tipología de escuelas antiguas. Pero las diferencias serían exiguas, sólo para expertos.

Fíjense que los pedagogos inventores de materiales educativos clásicos no son demasiados. Si preguntáramos a un maestro sobre ellos, seguramente citarían antes que nada a Montessori; tal vez, a Cuisenaire, por las regletas, o Dienes, por los bloques lógicos. La variedad de materiales didácticos es muy grande pero no está claro que se haga un uso intensivo de ellos ni que no pudiera ser mucho más grande y variado para adaptarse a la diversidad de los estudiantes recientemente valorada. Creo que es por un freno en la mentalidad y otro en la economía que confluyen en el material escolar por excelencia: el libro de texto.

EL LIBRO,

Rey de la diversidad

Cada libro es una persona, una idea, un recorrido. El niño que lee un cuento o una novela se hace con una manera de ver el mundo. Aún siendo un mundo ficticio, siempre contiene realidad. Y sobre todo, personalidad. Todas las personalidades son distintas en gran medida, y es por eso que en las bibliotecas escolares, las lecturas literarias proponen un mundo indefinido en su variación. Y siempre son como un aparte.

Después se vuelve al aula y allí están los contenidos, los procesos, las competencias diseñados por maestros que fían en los editores. Si un maestro tiene una opción propia o unos alumnos tienen intereses o vías propias, el editor poco ayuda.

Y los editores (pensemos en el gran Calleja) aparecieron porque pronto, en la universalización de la educación, se vio que los maestros necesitaban soportes. No puede ofrecer a todos sus alumnos el mundo en su sola voz, ni con las teclas de su máquina u ordenador con la asistencia de la imprescindible fotocopiadora. Necesita que el mundo se destile en materiales que sean licor del mundo.

Y el mundo se compone de personas que saben cómo es y lo usan y lo cambian. Y, si la sociedad es inteligente, debe saber que el mundo debe destilarse para los niños, ofrecerles su espíritu para que puedan irlo metabolizando. Y resulta que el mundo tiene mucho más espíritu del que pueden ofrecer los textos escolares al uso, que no son más que el esfuerzo de diez o doce editores medianos o grandes ofreciendo lo mismo con su estilo editorial. Y los niños (de hecho los profesores) no necesitan estilo editorial, necesitan cultura, es decir, mundo destilado.

BIBLIOTECAS

Su manera de estar y ver el mundo

El niño que lee un cuento o una novela se hace con una manera de ver el mundo. Aún siendo un mundo ficticio, siempre contiene realidad. Y sobre todo, personalidad.

¿En qué libro de texto cabría una comparación de las tragedias históricas de Shakespeare con Juego de Tronos? ¿Cómo se familiarizarán los jóvenes con la literatura del siglo XIX si la cronología, los retratos, los textos, los cuadros o las fotografías se agazapan apretada y miserablemente en páginas estrechas, en lugar de verse y vivirse grandes y espaciosos en las aulas y las discusiones, y rastrearse en los entresijos de la biblioteca? Ahí es donde la cultura se hace vida. El presente plantea problemas y sugiere proyectos. El pasado muchos más. El ordenador es, sin duda, la casa infinita de personas y proyectos. Pero donde las personas están, más allá de su propia piel, es en sus pensamientos escritos. La infinita diversidad dentro del ordenador puede ser muy esquiva, abstrusa o desbordante, que es otra forma de inhibir. Pero la diversidad del conocimiento accesible sólo está en bibliotecas siempre que los mayores las hayamos nutrido, que siempre que pensemos en el pasado y en el futuro pensemos en los compañeros que, al fin y al cabo, continuarán el trayecto, nuestros hijos.

Cada libro de divulgación que se hace para adultos sin haber pensado en cómo explicar eso, al menos la parte asequible, a los niños, es una negligencia en que la humanidad va muriendo.

Porque hasta ahora, la Tierra ofrecía espacio suficiente para absorber las negligencias. Pero desde ya, cada negligencia nos costará mucho, hasta que nos cueste todo.

Cada vez más se necesitará la información coordinada de cada metro cuadrado del planeta, la información, el civismo y la sabiduría combinada de ocho mil millones.

Llegará un momento en que un 10 % de «fracaso escolar» (es decir, desequilibrio entre lo que necesitamos y lo que tenemos) no será un problema, será un desastre. Hasta ahora la Humanidad ha pasado con un porcentaje de inteligencia genérica modesto.

Llegará un momento en que la necesitará toda, que los ocho mil millones lo comprendan todo, aunque ignoren muchas cosas.

Y esa diversidad no la proporcionan los manuales (buenos para formar profesionales), sólo las buenas bibliotecas, personales de cada centro, los buenos diálogos y los materiales que sepan destilar los procesos del mundo. Los maestros diseñan los escenarios. Los inspectores vigilan su coherencia. Y cada escuela enriquece, año tras año, su manera de estar y ver el mundo.