Diez pasos necesarios para alcanzar

la serenidad

PRIMER PASO

Pensamientos

¿En que consiste realmente vivir? Es algo que se puede sentir con intensidad, pero que después deja de ser intenso, algo que parece siempre igual y después cambia radicalmente, que a veces es muy cambiante para, más tarde, instalarse en la rutina.

La polaridad es uno de los fundamentos de la vida: late entre dos polos opuestos como alegría y tristeza, miedo y esperanza, ansia y decepción. Y entre ser y dejar de ser, algo que durante mucho tiempo se ha considerado un destino imposible de cambiar.

La serenidad nos ayuda a adquirir conciencia de las diferentes etapas de la vida y aceptar sus peculiaridades.

Nuestra vida deja la perspectiva que teníamos orientada hacia el futuro y se convierte cada vez más en una vida retrospectiva, la perspectiva hacia delante se vuelve más estrecha y, por ello, la orientación se dirige más hacia el pasado: ¿Cómo ha trascurrido mi vida? ¿Qué he hecho y logrado hasta ahora?

SEGUNDO PASO

Comprensión de las peculiaridades

de la edad y del envejecimiento

Comprender estas peculiaridades es mantener una actitud abierta a los cambios asociados con la edad y la compresión  de los retos  que el envejecimiento trae consigo.

En el arte de la vida no puede existir una maestría definitiva, porque la vida sigue siendo un proyecto de aprendizaje hasta el final: siempre existen nuevos conocimientos y exigencias, cambios sociales y logros técnicos que es necesario asumir, ningún conocimiento puede conducir a la sabiduría definitiva.

La serenidad consiste ahora en reconciliarse con la discreta palabra «aún», su aparición se ira multiplicando a medida que se desarrolle el proceso: «¡Aún tiene buen aspecto para su edad!». «¡Aún esta en forma!», «¡Es estupendo que aún tenga la cabeza clara!».

Se trata de la época del aún, en todos los aspectos: aún se puede llamar a un amigo para charlar con él; aún queda tiempo para una disculpa que parece adecuada: aún es posible y, seguramente,  adecuado devolver algo y dar las gracias, se trate de lo que se trate.

Desde muchos puntos de vista, al envejecer volvemos a recorrer el desarrollo del principio de la vida, pero esta vez en dirección contraria.

TERCER PASO

Costumbres que facilitan la vida

Las personas se acostumbran a todo (incluso al dolor, si no es muy fuerte), pero necesitan tiempo para ello y también fuerzas de las que ya no disponen en gran cantidad al envejecer. El sentido de los hábitos radica, precisamente, en poder confiar en ellos sin tener que emplear fuerzas adicionales: su cuidado es, por ello, el tercer paso hacia la serenidad.

Dentro y fuera de las cuatro paredes, los hábitos pueden ayudar a gestionar lo extraño y procurar confianza. Esto es válido para las costumbres del comportamiento, así como para las de la vista, oído, pensamientos y sensaciones, y hábitos y rituales llevados a cabo entre varias personas.

Las personas que van envejeciendo intentan, por encima de todo, conservar la vida en la que confían, aunque sea problemática. Temen perderla si no lo consiguen. Confían menos que los jóvenes en que las nuevas costumbres puedan conducir a nuevas confianzas.

CUARTO PASO

Disfrutar de los placeres y de la felicidad

Reciben una bienvenida más calurosa que en épocas anteriores algunos placeres que, ahora que ya ha pasado el momento de los huracanes orgiásticos, adquiere mayor valor al ser conscientes de que ya no vamos a disfrutar de ellos incontables veces.

La serenidad significa dejarse seducir por estas delicias de placeres. En la capacidad de degustar de una manera consciente radica la razón para «aceptar y estimar» la vejez, porque, según señala Séneca en la duodécima  de sus cartas a Lucilio, «está llena de alegrías cuando se sabe utilizar».

Algunos placeres: el de tomar una taza de café, el de viajar, el de la jardinería. El placer del recuerdo, el placer de conversar y quizá también el placer de escribir algunas cosas para uno mismo y para los demás.

QUINTO PASO

Convivir con el dolor y la infelicidad

Muchos aspectos de la vida dependen de la suerte y de la mala suerte, sin que se pueda decir, con toda seguridad, cuáles son las causas de la una ni de la otra. No tiene demasiado sentido otorgar la responsabilidad a uno mismo, a los demás, a la vida o a todo el mundo cuando pasa algo que no debería haber pasado.

Puede ocurrir una desgracia, nos puede asaltar una enfermedad o se puede destruir una creencia. ¿Por qué me ha tocado a mí? En realidad, nunca se puede encontrar una respuesta. ¿Por qué me ocurre ahora? Puede ser simplemente una casualidad.

¿Cuándo me libraré de ello? Es posible que nunca. Y, entonces, ¿qué? Entonces solo te queda convivir lo mejor posible con eso que te ha tocado y decirte: esta es la obligación que me impone la vida, por casualidad, o adrede, quien sabe. Acepto este deber para hacer algo con él porque para algo servirá. Al fin y al cabo, ¿todo lo que ocurre no tiene finalmente alguna utilidad?

SEXTO PASO

Tocar para sentir la cercanía 

Las personas dependen del contacto físico durante toda su vida. Desde el nacimiento vela por el fortalecimiento del sistema inmunológico y por el establecimiento de lazos afectivos y de protección y amparo. A lo largo de los años, los niños y los adolescentes se sienten consolados si se les abraza. También los adultos conocen los efectos positivos de la caricia o el contacto de una mano. El pulso acelerado se puede tranquilizar o una presión sanguínea creciente se puede reducir con la cercanía de una persona querida.

Cuanto menos contacto físico recibe una persona, más extraño se sentirá consigo mismo y con los demás, y al final también con el mundo. La persona se siente excluida sin saber de dicha situación. Aquel que no recibe el roce de nadie ni de nada muere en soledad mucho antes de que llegue la hora de su muerte.

La serenidad no se alcanza únicamente a través de un contacto corporal adecuado, sino con cualquier tipo de estimulo agradable que puedan proporcionar los sentidos: una cara bonita, contemplar una imagen o un paisaje, escuchar o interpretar música, para uno mismo o cantando en un coro, inhalar un aroma, degustar una comida, también moverse, ya sea paseando o haciendo deporte, y todo aquello que nos otorga la sensación de vivir con más intensidad.

También es muy importante en la etapa de envejecimiento el contacto espiritual, que tiene que ver con todas las sensaciones que se pueden derivar de la amistad y la amabilidad. Siempre que no este presente el desinterés, resulta posible el contacto espiritual.