Dicho rápidamente, el significado es

‘confianza y complicidad para ir mucho más lejos’

Se habla en los estados modernos de una hacienda que en lugar de controlar confíe y sea cómplice del ciudadano, de un gobierno facilitador que coopere con el emprendimiento de sus ciudadanos. Parece que hay países en que funciona y ahorran mucho en burocracia. Ése es el sentido de una escuela-ateneo.

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Se confía en los niños y los jóvenes, en su deseo de aprender y ser. Se tejen complicidades entre maestros y alumnos. Se llega a pactos y se trabaja. Mientras tanto, se evalúa hasta dónde se va llegando en los compromisos.

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Vengo de leer el libro de Juan José Vergara Aprendo porque quiero donde defiende el trabajo por proyectos y veo que ése es su concepto de evaluación. Y siendo tan escéptico con sus planteamientos como con los míos, sigo adelante.

Los alumnos llegan entre las ocho y las nueve. Se encuentran, comentan, ponen a punto sus cosas y hablan de lo suyo. Están en un gran espacio, su sala de estar y trabajar.

Desde parvulario debería venirse trabajando el gusto por el silencio y la modulación del sonido. Difícil en un país donde prospera el deporte de dar voces, la gente se saluda de una acera a otra de voz en grito (eso cuando no usan el claxon si van en coche) o perora sus desgracias vitales en el autobús, a su interlocutor al otro lado del móvil pero también a todos los viajeros.

Aprender a dosificar el sonido creo que es de una gran importancia educativa. Si se consiguiera, los biombos podrían ser aislantes suficientes. En un espacio abierto como la sala de estar (la vemos al fondo en la imagen superior y en parte en la inferior) podrían crearse tanto las “fogatas” como los “abrevaderos” y las cuevas a que me refería en el artículo Mi escuela-ateneo.

Hoy les hablaré de la fogata que muestro en primer término de la imagen superior. Es lo más parecido a un aula en nuestro ateneo juvenil. Relativamente separado, es un rectángulo de reuniones. No hay pupitres sino divanes y pufs. Se cierran con un simple biombo, sólo el profesor tiene una mesita con un ordenador y hay una pantalla digital al fondo donde proyectar lo que se quiera. Los alumnos tienen sus blocs, libretas y soportes de madera para tomar notas o bien lo hacen en sus tablets o portátiles. Hasta el móvil podría servir.

Esas salas de reunión (hay cuatro en mi modelo) son el lugar idóneo para tener el currículo pegado en la pared. Un mural al que referirse, para servir de guia, para dirigir la evaluación. Hasta podría anotarse, enmendarse o corregirse si fuera de un plástico tipo velleda. Podrían ser el lugar donde a eso de las 9 o 9 y media se reúnen los grupos a repasar el trabajo del día anterior, donde el profesor propone y donde se acuerda el trabajo del día o de la semana. También donde se discute y presentan proyectos o partes de proyecto. Y nada impide que cuando no los use un grupo al completo, puedan servir de espacio de reunión de pequeños grupos que no encuentren suficiente intimidad en otra parte.

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Después, la sala de estar es el auténtico lugar de aprendizaje. Donde los jóvenes dan rienda suelta a su curiosidad, a su responsabilidad, a su trabajo en equipo, a su cumplimiento de su agenda, a su investigación, a su experimentación, a su discusión en grupo o a su lectura íntima (siempre los biombos). También el respeto a los demás se habría aprendido intensamente desde parvulario.

Por ejemplo, en la segunda imagen tenemos el extremo más aislado de la sala de estar, tal vez el área de las humanidades o las ciencias sociales, donde se puedan hacer las lecturas más atentas y se exija silencio mayor. Donde un profesor tutorice esos esfuerzos de abstracción que tan intensos empiezan a ser en secundaria.

Como reza el título del libro de Juan José Vergara, una escuela-ateneo es aquella donde los jóvenes aprenden porque quieren.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.
  • Imaginemos que un colectivo, profundamente insatisfecho con la oferta educativa actual, quisiera montar su propio colegio. Un colegio diferente, con otra forma de educar, que no sea una réplica hecha a la medida de lo que ya existe. Sería un colegio pequeño, con pocos alumnos y que no precisara de muchos medios.

    Los requisitos mínimos que debería cumplir este centro para que obtuviera los permisos necesarios y fuera legalmente reconocido vienen fijados por Real Decreto. Allí se establecen las titulaciones que debe tener el profesorado, la relación numérica entre alumnos y profesores, las características de las instalaciones en relación con el número de puestos escolares y otros aspectos de necesario cumplimiento “para impartir enseñanzas con garantía de calidad”.

    Parece evidente que un colegio pequeño necesita menos espacio que un colegio grande; no obstante en el Decreto se fijan unas instalaciones mínimas que todo centro de este tipo debe tener, con independencia de que los alumnos sean 30, 300 o 3000. Entre ellas las aulas, que deben ser tantas como unidades escolares tenga el colegio. Donde se entiende por unidad escolar cada agrupación de niños y niñas que pertenecen al mismo curso, con un tope de 25 a 30 alumnos por unidad. Con esto se da por sentado que las enseñanzas deben organizarse en la forma que todos hemos conocido: separando por edades, fragmentando y secuenciando los saberes y asignando los contenidos adecuados a cada edad. De esta manera, en cualquier colegio elegido al azar podremos encontrar los alumnos de primero que tienen siete años y aprenden a leer y a sumar, los de segundo que tienen ocho años y ya restan, y así sucesivamente.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/montar-un-colegio

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