La escuela se puede permitir ser un poco anarquista y dejar verde al capitalismo. Todo es culpa de un sistema mercantil que clasifica individuos como clasificaría mercancías. Pero yo me pregunto si no es tratar como un mal a corregir lo que más bien es un problema a solucionar. Vale, suprimamos el capitalismo y vayamos al cajero a sacar para la compra. ¡Uy! Algo no va.

Mal a corregir

problema a solucionar

Me ha venido a la mente una película «de monstruos», tipo serie B moderna, llamada Mímic. El monstruo anda suelto porque se soltaron insectos genéticamente modificados que cumplían bien en el laboratorio; pero, ahora, esos insectos se han convertido en monstruos peligrosos.

UN LABORATORIO MUY GRANDE

La científica que los produjo se justifica: «¡Todo parecía controlado en el laboratorio!». Su maestro y mentor replica: «Pero los soltaste, y el mundo es un laboratorio muy grande». Tal vez, la relación entre escuela y mundo adulto sea de un tipo semejante. En la escuela se puede jugar como en el laboratorio y allí parece que las cosas funcionen.

Pero luego el mundo es demasiado grande. Y no lo digo con ánimo conservador, sino prudente y ponderado. Los ilustrados iban a la revolución con un sistema muy probado y podían decir tranquilamente que los nobles eran unos parásitos que no hacían ninguna falta.

Los anticapitalistas no pueden decir que Gates, Bezos, ni siquiera el mismo De Guindos, no hagan falta. Y quienquiera que los sustituyera no sería más que otro Gates, Bezos o De Guindos. Los nobles, en cambio tuvieron que volverse especuladores, banqueros, rentistas o industriales. El capitalismo empezó a andar ya en el neolítico y tardó unos ocho mil años en consolidarse. Si queremos cambiarlo por otra cosa tendremos que pensar muchísimo y hacer infinidad de experimentos. Sin prisa, pero sin pausa.

SABER ES PODER

Los niños no se convierten normalmente en monstruos y si lo hacen, el gran laboratorio, como es monstruoso, los incorpora. Un día un director de colegio llamó a un estudiante adolescente al despacho: «Señor Branson, yo no sé lo que será usted de mayor, lo más probable es que o delincuente o millonario, pero de momento en esta escuela no encaja». Richard no tuvo problema y se fue. En aquellos momentos ya estaba fundando empresas. Él no ha cambiado el mundo pero posiblemente encontrará maneras de escapar de él. El director ya sabía que se convertiría en uno u otro tipo de monstruo. O de los que destrozan vidas o de los que las dirigen a donde quieren. Señalan un lugar y los otros van. Y, si no les hacen caso, prueban otra cosa.

A veces, pienso qué pasaría en un mundo en que todos los trabajadores se fueran y los empresarios tuvieran que hacerlo todo ellos mismos. ¿Cuánto retraso produciría eso en los proyectos de la humanidad? ¿Qué relaciones de poder? También se puede plantear al revés, desaparecen los empresarios y los trabajadores… ¿Cuánto hasta hacerse con el saber, con el poder… y las relaciones…? Bueno, sólo es un experimento y aún mental.

Richard Branson pensaba mucho en partes del mundo y les sacaba todo el partido posible, era capaz de inventar la horchata y el turboreactor, y sobre todo, de venderlos. No todo el mundo es capaz de hacer eso. Yo, en absoluto. Pero para ser humano, tal vez, sólo haga falta saber cómo es todo y qué quiero yo realmente de todo eso.

Con cuatro trastos monto algo. Dicen que «querer es poder», pero creo que se equivocan. Sería mejor «saber es poder». Así sólo te metes en lo que sabes que puedes y lo quieres al máximo. Siempre hay tiempo de poder otra cosa. Branson lo sabía.

Educar, tal vez, sea enseñar a saber lo que puedes

y querer mucho eso