La crisis sistémica que padecemos es una crisis de fundamentos: estamos definiendo la democracia que queremos para los próximas décadas. El debate educativo es una parte de un todo que nos concierne a todos: ¿qué democracia elegimos para nosotros y para las siguientes generaciones? Desde esa convicción, es preocupante un fenómeno creciente que ocurre en nuestra esfera pública: el abuso del lenguaje de los valores. Dicho de otro modo: cuanto más evidente es la crisis política, económica, social y educativa, más recurrente es el lenguaje de los valores en todos aquellos que no los practican. No es admisible: la moral como excusa, la moral como distracción.

La moral no puede ser una excusa. El lenguaje de los valores se convierte en una estrategia retórica de justificación, cuando no viene acompañado de ninguna responsabilidad concreta. Partidos políticos, sindicatos, empresarios o los actores financieros: todos repiten simultáneamente lo mismo, necesitamos valores. Es curioso que se necesiten en este momento: los valores aparecerán espontáneamente en aquellos que nunca los practicaron. Lo repetimos, no podemos caer en el síndrome lampedusa: que todo cambie, para que todo siga igual.

La moral no puede ser una distracción. Mientras todos seguimos escuchando el lenguaje de los valores, lo importante no ocurre: hechos. No hay responsabilidad concreta sin consecuencias. Los valores son demasiado importantes para que nadie nos distraiga con ellos. El reformismo que defendemos desde el ámbito educativo debe ser un reformismo social: la educación es una parte, no lo olvidemos. Seguimos esperando lo necesario: hechos y responsabilidad concreta.

Lo hemos afirmado en otras ocasiones: el pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece. Los países no tienen destino, tienen el futuro que sus ciudadanos construyan. Es nuestra libertad individual el motor de todo cambio social. Hace décadas protagonizamos una transición democrática que sigue siendo un modelo de transición en muchas partes del mundo: lo hicimos nosotros. Ahora el reto es diferente: reconstruir y profundizar en una democracia donde la educación sea verdaderamente importante. Para ello no basta el lenguaje de los valores: necesitamos realismo. Hechos y ejemplos: son los valores llevados a la práctica.