Hablemos de ruina y espina

hablemos de polvo y herida

de mi miedo a las alturas

lo que quieras pero hablemos

Maldita dulzura. Vetusta Morla

Unos dicen, y para ellos debe ser cierto, que la gestión del conflicto es prácticamente imposible. Así, aparecen creencias fatalistas de que los seres humanos estamos condenados por naturaleza y también por las circunstancias a enfrentarnos a nuestros conflictos para salir ganadores o perdedores.

Estas creencias se asocian, a menudo, a las consecuencias destructivas del conflicto: las manifestaciones abiertas de agresividad, de violencia, la pasividad, la intolerancia, la discriminación.

Otros decimos que no. Que el conflicto se puede gestionar y que si emerge, se puede transformar en una oportunidad de salud y/o fortalecimiento del vínculo que nos une a las personas.

Desde este  punto de vista, la gestión del conflicto es también una oportunidad de desarrollar la autonomía, la independencia y la confianza en uno mismo y de mejorar los vínculos con las personas que nos rodean. Y también supone la oportunidad de salir todos ganando, de reconocer a los otros y de crecer uno mismo y las relaciones que mantiene.

El conflicto se puede percibir, en definitiva, como un reto, como una fuerza alentadora para madurar y para la vida social. Porque, en realidad, los conflictos no son positivos ni negativos. No son buenos ni malos. Moralmente, los conflictos son neutros. Lo importante del conflicto es cómo reaccionamos ante él; porque no es menos cierto que, cuando estamos en conflicto con otra persona, lo pasamos mal.

CONFLICTO INTERPERSONAL

Hablamos del conflicto interpersonal, del conflicto que se construye en las relaciones entre las personas, de esos conflictos que creamos cuando nos relacionamos cotidianamente, de esos que aparecen en nuestras aulas, familias, claustros y nos hacen sentir mal.

¿Por qué construimos conflictos? Si nuestro organismo está diseñado para vivir en armonía; si la convivencia pacífica es lo que mayoritariamente ansiamos, ya que nos permite vivir sin tensión, ¿por qué entramos en conflicto?

Hay algo en nuestras vidas que sí es inevitable: es la diferencia y las diferencias las debemos preservar. Todos los cerebros son diferentes (Mazziota elt alt., 2008). No existen dos cerebros iguales así como no existen dos caras iguales. Nuestro reto debe ser, lejos de eliminar las diferencias, crear un mundo seguro para ellas.

Y ¿qué hacemos con la diferencia? Ahí está la clave de todo conflicto. El conflicto se produce cuando no aceptamos la diferencia. Si la aceptamos, no hay conflicto, no aparece malestar. Cuando dos niños, adolescentes o adultos pueden hablar de sus diferencias y las aceptan, estarán en desacuerdo, discutirán, e incluso, si lo necesitan, llegarán a pactar mediante la negociación, pero estarán gestionando ese posible conflicto. Eso es salud y también preservación de las diferencias.

Supongamos dos amigos. A ella le entusiasma el fútbol y él es un loco del ajedrez.  Si entre ellos aceptan esa situación, no hay conflicto porque encontrarán la fórmula para pasar tiempo juntos y mantener cada uno sus aficiones y con ello conservar el entusiasmo en su relación. El conflicto puede venir cuando él, por ejemplo, no acepte que ella juegue a fútbol y así disfrute de su pasión y pretenda que ella siempre juegue al ajedrez (o a la inversa).

GERMEN DEL CONFLICTO

¿En qué momento una diferencia en una relación pasa a no ser aceptada y se convierte, por lo tanto, en germen del conflicto?

Cuando la percibimos como una amenaza o un obstáculo para alcanzar nuestro objetivo. Es decir, cuando uno de esos dos amigos cree que jamás podrán pasárselo bien juntos porque, para estar juntos, uno de ellos deberá renunciar a su afición y tendrá miedo de quedarse solo.

¿Qué nos pasa entonces? Entonces, responde indefectiblemente el sistema límbico. Concretamente, reaccionan las amígdalas cerebrales poniendo en funcionamiento la cadena conductual amenaza-miedo-defensa-ataque o huida. Y damos paso a nuestras conductas más primarias: comportamientos que defienden nuestro territorio, a los nuestros frente a los suyos. Si hace falta, con agresividad; o huida, si no tenemos claro que vayamos a ganar.

A partir de ahí, lo que hacemos es simplificar tanto la visión que tenemos de la otra persona y de la relación, que la reducimos a unas cuantas etiquetas. Etiquetas que nos ayudarán a construir prejuicios y, en última instancia, a justificar nuestras acciones en esa relación o hacia esa persona o grupo de personas.

Etiquetas que harán reaccionar al sistema límbico desde el miedo. Incluso, si no gestionamos esa situación conflictiva, vamos a entrar en la rueda de la víctima y el victimario, en la que cada una de las partes en conflicto asume, respecto a la otra,  el papel de ofendido y el de ofensor.

En definitiva, lo que hacemos es crear una barrera que nos impide construir un vínculo saludable o que erosiona el vínculo que ya estuviera creado. Esa relación ya no nos produce placer, sino que se transforma en una amenaza para nuestro bienestar.

¿Qué debemos hacer para

romper esa dinámica?

Hablar, y hablar de lo que nos pasa. Escuchar ese chascarrillo que aparece en nuestra cabeza sobre la otra persona (con la que tenemos el conflicto y que nos ha activado el sistema límbico), para silenciarlo después y establecer un diálogo basado en otras premisas. En las premisas que nos confieren la empatía, la escucha, el respeto y la aceptación de la diferencia.

Y eso se entrena, porque todas esas competencias «residen» en la parte más plástica de nuestro cerebro, concretamente en el neocórtex y en la llamada inteligencia ejecutiva (funciones ejecutivas), que será la que nos permita activar el control inhibitorio y sacar a relucir todas nuestras competencias emocionales.

No se trata aquí de desarrollar las funciones ejecutivas, pero sí de transmitir que llegar a ser empática o escuchar o aceptar la diferencia no es un automatismo (como sí lo es la reactividad del sistema límbico) sino que requiere de voluntad y de entrenamiento; de constancia y de esfuerzo; y de creer en el «todavía no, pero llegaré a gestionar los conflictos».

En un entorno escolar será imprescindible, pues, desarrollar un verdadero programa de educación emocional (Durlak et alt., 2011) y de gestión de conflictos, no limitado a unas cuantas sesiones en los espacios de tutoría, sino que esté presente en todo momento y extensivo a la vida de toda la comunidad educativa. Una educación emocional que nos permita generar vínculos saludables y que nos permita entrenar nuestras competencias emocionales.

¿Y cuál es la mejor forma de entrenarlas?

A través de la cooperación

Cooperando tanto docentes entre ellos –Hattie (2018) nos habla de que el impacto más positivo sobre el aprendizaje del alumnado lo tiene la cooperación entre el profesorado– como también el alumnado entre sí. Las ventajas de la cooperación están descritas en numeras publicaciones y coinciden en que cooperar genera mayor satisfacción con el proceso y los resultados; y, por lo tanto, se aprende más y mejor. Queremos destacar aquí que la cooperación se debe planificar y llevar a cabo:

Ofreciendo a cada persona entre el alumnado un entorno de aprendizaje positivo y seguro en el que se suministran retos adecuados a las necesidades individuales. Ese entorno debería combinar la enseñanza a todo el grupo, el trabajo en equipo y la atención individual.

Haciendo que el currículo sea coherente y atractivo con objetivos de enseñanza y aprendizaje claros para todos (no cooperar por cooperar).

Utilizando una evaluación formativa continuada para que tanto los unos (alumnado) como los otros (profesorado y familias) conozcan la situación de aprendizaje y cómo mejorarla. (Carol Ann Tomlinson y Michael Murphy, 2015).

Se trata también de generar espacios de seguridad  en los que podamos expresarnos y hablar sin miedo a ser juzgados. Experiencias como los programas de mediación en las aulas muestran su éxito.

Y se trata asimismo de permitirnos espacios para construir vínculos saludables, para sentirnos conectados a nuestros alumnos y alumnas, compañeros y compañeras, a nuestros profesores y profesoras, a las familias y a nuestra comunidad. Porque …

(…) Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir,

a la voz humana no hay quien la pare.

 Si le niegan la boca, ella habla por las manos,

o por los ojos, o por los poros, o por donde sea.

Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás,

alguna cosa que merece ser por los demás celebrada

o perdonada.

El libro de los abrazos. Eduardo Galeano


REFERENCIAS

Durlak, Joseph & Weissberg, Roger & Dymnicki, Allison & D Taylor, Rebecca & Schellinger, Kriston. (2011). The Impact of Enhancing Students’ Social and Emotional Learning: A Meta-Analysis of School-Based Universal Interventions. Child development. 82. 405-32. 10.1111/j.1467-8624.2010.01564.x.

Elissar Andaria, Jean-René Duhamel, Tiziana Zalla, Evelyn Herbrecht, Marion Leboyer, and Angela Sirigu: Promoting social behavior with oxytocin in highfunctioning autism spectrum disorders. PNAS, March 2, 2010, vol. 107, no. 9, 4389–4394

Carol Ann Tomlinson & Michael Murphy(2015) Leading for Differentiation: Growing Teachers Who Grow Kids. Alexandria: ASCD.

C Mazziotta, John & Woods, Roger & Iacoboni, Marco & Sicotte, Nancy & Yaden, Kami & Tran, Mary & Bean, Courtney & Kaplan, Jonas & W Toga, Arthur. (2008). The Myth of the Normal, Average Human Brain—The ICBM Experience: (1) Subject Screening and Eligibility. NeuroImage. 44. 914-22. 10.1016/j.neuroimage.2008.07.062.

Hattie, J. (2018) Visible learning

Galeano, E. (1989) El libro de los abrazos. Madrid: Siglo XXI.