Estamos desbordados,

seguramente porque estamos desbordando.

Cualquier día nos anunciarán que ya somos 8 mil millones (si ya lo han anunciado, no me he enterado). Un filósofo renacentista llamado Pico della Mirándola (italiano, claro) decía que el hombre era el único ser con tanta libertad como para dejarse caer al nivel de la bestia o elevarse a la altura de los ángeles.

Y, aunque ya hemos inventado máquinas de volar, seguimos fundamentalmente atados al suelo como todos los animales, entre los que nos hallamos.

Y siendo animales, por muy místicos que nos pongamos y aparentemos alta dignidad, estamos desbordando. Los ángeles tienen todo el cielo y a nosotros se nos está acabando el suelo.

NI URGENTES NI IMPORTANTES

Cuando trabajaba en la escuela siempre me sentía desbordado. Es un estado subjetivo, porque gente que trabajaba más que yo, o con más eficiencia, no expresaba nunca ese sentimiento, pero es cierto que les faltaba tiempo para cosas que hubieran considerado más importantes que urgentes.

Después encontrabas gente que pausaba su ritmo sin reparo y reservaba tiempo para cosas que no te parecían ni urgentes ni importantes. Todo el mundo ha tenido seguramente el convencimiento, siquiera sea momentáneo, de que el trabajo está mal repartido y el desbordamiento sólo afecta a algunos.

La frase «Estoy desbordado» la he oído mucho. El profesor José Antonio Marina me contestó eso justamente por correo electrónico una vez que me atreví a pedirle opinión sobre un texto. Contestarme ya fue una heroicidad en sí mismo. Estoy seguro que su desbordamiento ha de ser estratosférico comparado con los míos.

No nos enrollemos, se llama sociedad de masas. La historia del mundo no es un evento para el que se reservan localidades y se prepara meticulosamente la acogida. Uno ya puede pensar que, tal vez, todo iría mejor si, con los mismos saberes y capacidades fuéramos sólo la mitad de los que somos y cada uno que llega fuera adecuadamente esperado y atendido.

Ni siquiera puede planificarse con exactitud la ratio de las aulas en un mundo en que tanta gente anda buscando sitio y los que estamos más organizados (en teoría y en Europa) no somos capaces de proporcionárselo. ¿Tiene eso solución? Un mundo totalmente organizado se parecería más a un cristal que a una célula viva. Hacen falta desequilibrios para moverse. Pero ¡¿tantos?! Ahí hay un camino de trabajo.

METAL, CEMENTO Y VIDRIO

Estamos en la parte del mundo que mejor ha entendido la cristalización. En cierta manera una ciudad de metal, cemento y vidrio es un cristal sofisticado. Somos la especie que los hace y amparan nuestros movimientos. Hemos sobresalido en el arte de ordenar, de cristalizar. Un evento como los Juegos Olímpicos, medido desde la apertura al cierre es como un cristal perfecto en el espacio y el tiempo, un cristal tetradimensional que contiene movimiento, pero incluso éste forma parte de la estructura.

Unos juegos mal organizados son como un cristal impuro, cuyo valor de mercado baja. La vida, y la Historia, no pude ser así. Una y otra son impuras por naturaleza. Tratamos de purificarlas. Un país ordenado, constitucional, con una vida perfectamente regulada también podría ser un macrocristal tetradimensional (¡uf! Creo que es el término más largo que me ha salido nunca).

Pero después de 500 años de reunión de la especie humana el mundo aún no ha cristalizado. Tenemos proyectos de Humanidad pero están en el horno y aún estamos debatiendo las condiciones del experimento. No sé si al final tendremos cristal. De momento, la Humanidad se parece más a una piedra informe con aristas y caras bien formadas en algunos lados mientras por otros aún burbujea la piedra y brillan incandescencias que nunca se sabe si acabarán siendo formativas. Y la parte cristalizada teme verse deshecha por el embate de los fuegos. ¿Encontraremos las temperaturas adecuadas?

Ahora se quiere crear centros de acogida en el norte de África, porque en Europa, aunque relativamente cómodos, también andamos ajetreados y desbordados. Como si nuestra presencia en África hace uno o dos siglos no hubiera desbordado su modo de vida. Tenían reinos y tribus que eran como ónices y amatistas imperfectos, pero con una belleza propia.

Nosotros les impusimos la idea del cristal perfecto y ahora vienen a buscarla. De acuerdo, en el mundo ha arrasado el brillante tallado a la europea. Es una gema con capacidad para formar un mundo coherente, un cristal pulsante y emanante. Pero no está claro que pueda acabarse de formar.

INESTABILIDAD SOCIAL

¿Demasiado material y poca temperatura? Los inmigrantes buscan en Europa el resultado de un capital social histórico, el resultado de un know how. Desmontamos su feria de ónices y amatistas y quieren ahora vivir en el cristal y saber hacerlo. Por supuesto, primero necesitan estabilidad y después know how, conocimiento. ¿Qué temen los habitantes del continente más cristalino? La impureza, la imperfección. De hecho su cristal tiene aún fallos. Le llamamos inestabilidad social. Para ser honestos, la fórmula del cristal ideal aún no la hemos hallado y, probablemente, no exista, pero hay ambición de llegar lo más cerca posible.

Europa pagó a Turquía para absorber los excesos de «material» (lo digo con toda la vergüenza que comporta la metáfora). Creo que fue por las prisas, porque había una extrusión de material incandescente en un punto crítico de la cristalización. No es fácil ir planificando sobre la marcha. Pero, a veces, no se ven posibilidades que están muy cerca cuando se está nervioso mirando a todas partes los fuegos muy extensos.

Hay mucho know how desaprovechado en nuestros países, Proactiva Open Arms lo demuestra. Ahí se necesita el dinero, en equipos que conjuguen el salvamento, la acogida con el conocimiento.

Seguramente, hay gente desarrollando ingenio en ciudades destrozadas. Ellos necesitan el dinero europeo más que Erdogan. ¿Tan difícil sería negociar pasillos de salida de la guerra si se tuviese espacio y proyectos para reacoger? Dejemos el lugar para los señores de la guerra. Otros lugares han renacido después de grandes locuras. Por supuesto, hay mucho espacio en Argelia o Libia, pero tampoco es que nos falte en España.

Podrían levantarse auténticas ciudades nuevas en la Meseta, esa «España vacía» o en el Ponent de Catalunya. Se llamaría acoger con proyecto y no tendría por qué ser definitivo. Y no sería retroceder, sería experimentar el futuro. No creo que faltasen candidatos a acompañar un proyecto ambicioso con gentes diversas para crear un capital social que después podría, si quisiera, volver a su hogar y mejorarlo.

Pero también puede hacerse en Libia, un país por hacer. No es fácil que haya guerra donde hay proyecto… compartido. ¿Alguien quiere la guerra? ¿Alguien la ama (como afirmaba el general de Uomini contro)? No, la guerra no, pero el poder, sí. El poder es el ansia de no compartir. ¿Podrían avenirse las dos facciones (o más) en Libia a compartir su país como hicieron los colonos americanos antaño para construir un gran y nuevo país?

Es evidente que Libia no se parece en nada a las grandes llanuras americanas con sus prados y bosques. Pero también es evidente que en el mundo hay mucha mejor tecnología y mucho más know how.

VER EL MUNDO

Quizá pueda cristalizar mucho en Libia. Pero en Europa no está todo cristalizado. Especialmente la manera de «ver el mundo». Un mundo que necesariamente hay que compartir y pensar que uno puede encerrarse en su burbuja e ignorarlo es una falta de educación. Esa que supera las competencias y ve la Historia. Porque una crisis de refugiados no es un problema puntual ni de una época, es una etapa nueva de la historia humana. Y no «verlo» es empezar a morir.