EDUCAR ES ENTENDER LA DIVERSIDAD

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Recientemente fui invitado por el Instituto Cervantes a participar en el III Congreso de Español como Lengua Extranjera en el Magreb, que se celebró en Argel, con el fin de presentar El Español como Puente, proyecto que llevo a cabo en mi centro escolar con estudiantes de Secundaria y en el que participa alumnado y profesorado de todo el mundo. Mi viaje desde Canarias a tierras argelinas iba rodeado de incertidumbre ante lo desconocido:

Pisar un país tan extraño ante nuestros ojos y desconocido, con aparente poco interés turístico, llenó a mis allegados y familiares de ciertos temores que, aunque no lo quisiera, acabaron por contagiarme.

Cuando llegué allí, me encontré con realidades desiguales, llenas de asimetrías y con un modelo cultural profundamente patriarcal en el que, por ejemplo, las mujeres no salen a la calle desde que anochece. Sin embargo, también me encontré con una sociedad respetuosa en muchos otros ámbitos, trabajadora y cuidadosa con sus espacios verdes, con mujeres cultas y estudiosas que, a pesar de un contexto cultural adverso, luchan por buscarse un hueco a través del hispanismo en un mundo de élite universitaria compuesto fundamentalmente –como el nuestro– de hombres.

Y es allí, desde dentro, cuando empezaron a pasar las horas y los días y cuando comencé a establecer conversaciones con sus gentes, cuando empecé a entender su cultura. En la diferencia y en la semejanza, comencé a verme a mí mismo, a encontrarme con matices inesperados, de los demás y de mí, porque es así como se entienden las culturas: en el diálogo con estas, poniendo en duda y replanteándonos todos los prejuicios con los que llegamos cuando nos encontramos con ellas.

Diálogo para la convivencia

En Argel, ante personas de la cultura y de la educación del Magreb, defendí con orgullo lo que han logrado hacer mis estudiantes canarios de la ESO junto a jóvenes de Marruecos y Túnez: diseñar estrategias de trabajo juntos basados en un modelo educativo cooperativo en el que derribemos las fronteras para entendernos, en un intento de fomentar el diálogo euro-árabe como fórmula para mejorar la convivencia entre las personas de dos continentes cercanos, pero alejados por los estereotipos.

Allí, hablé, por ejemplo, sobre cómo los estudiantes de instituto de secundaria tunecinos utilizan las situaciones de aprendizaje que diseñamos en mi Instituto para mejorar sus destrezas comunicativas en español, y sobre cómo el alumnado de un centro de Rabat y los míos diseñaron un trabajo cooperativo sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible que entregaron hace unos meses en la Delegación Española de la UNESCO, en París, como instrumento favorecedor del empoderamiento de los jóvenes en la toma de decisiones del mundo adulto ante los problemas mundiales.

Y así, tras haber comprobado una vez más que la diferencia también nos puede unir para hacernos sentir más felices, regresé a Canarias, a España, para toparme de lleno con la incomprensión, la falta de acuerdos entre dirigentes políticos del ámbito nacional e incluso con la violencia territorial como antítesis del respeto al otro.

Pero, mientras recibimos cada vez más latigazos de la intolerancia, nosotros, los docentes, seguimos acudiendo cada día a nuestras aulas para enseñarle a nuestra juventud que el diálogo, la intercomprensión y el reconocimiento de la diversidad son los valores deben modular nuestra educación y nuestro comportamiento. Que más que enseñar a nuestras chicas y chicos a ser competentes, tenemos que mostrarles el camino del reconocimiento de los matices de las distintas realidades que nos rodean, para poder ejercer una mirada crítica que cuestione el lugar en donde cada uno está colocado y poder aspirar a cambiar un mundo lleno de injusticias y desigualdades.

Protagonistas de su aprendizaje

Las nuevas generaciones no son almacenes huecos que hay que rellenar con sabiduría estéril, sino que son portavoces de identidades enriquecedoras que siempre tendrán algo que aportar a una comunidad, si logramos desvestirlas de categorizaciones previas y prejuicios, y nivelar los procesos de enseñanza para que estos sean protagonistas de su propio aprendizaje.

No fue en mi viaje a Argelia donde entendí el valor de su cultura: fue cuando me relacioné con ella y cuando presté atención para entenderla. Mi regreso a España supuso no solo un conocimiento de nuevas realidades de las que no me había percatado, sino, una vez más, un reconocimiento más profundo de la diversidad en mi familia, en el centro escolar donde trabajo, en mis estudiantes. Reconocer no es solo volver a conocer, sino desmontar nuestro conocimiento del mundo para llenarlo de la polifonía de las voces que componen nuestras realidades cercanas.

Ahora, más que nunca, cada clase que doy es un viaje; un viaje que convierte la #educación en la diversidad en la mejor forma de entendernos y en una lucha por encontrar, en cualquier lugar del mundo, la felicidad colectiva.      

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