Este post es una continuación de Educar después de Auschwitz. Quisiera ampliar este concepto, brecha moral: una reflexión que surge de la experiencia individual y social. En medio de una crisis de fundamentos, una crisis que atraviesa el ámbito político, económico, social y cultural, estas palabras son un auxilio, una pequeña esperanza contra la desolación que va extendiéndose y que parece irremediable. Desolación tiene muchos nombres actualmente: cada lector tiene los suyos. Pero hay una posibilidad que merece ser explorada: es lo que necesito escribirles.

Educar contra la brecha moral, significa que ningún elemento, proceso o estructura, puede justificarse si el ser humano es un medio y no un fin en esa dinámica. Kant tiene una potencialidad que está esperando nuestra época. Hay un límite que podemos y debemos introducir en cualquier ámbito en el s.XXI: ese límite se llama dignidad. No se debería introducir una política, economía o proceso social que ensanche el sufrimiento: el ser humano no es ningún medio, es el fin de cualquier elemento, proceso o estructura. No hacerlo, tendrá consecuencias que la historia nos ha mostrado.

Educar contra la brecha moral, significa que cada sujeto concreto está esperando su reconocimiento como sujeto concreto. Si los Derechos Humanos tienen sentido, es porque nos individualizan frente a cualquier universalismo o grupo que justifique nuestra negación como sujetos concretos. Ningún universal puede ser el refugio donde nos invisibilicen o anulen como tales. No hay en este mundo ninguna moral o ideología que merezca la muerte de un ser humano concreto. No: quien la justifique, ha empezado un círculo donde al final todo será justificable. Cuánta estupidez y horror en medio de una crisis donde ningún poder se enfrenta al rostro individual del que la sufre. La humanidad es una abstracción, pero un ser humano no, nunca puede llegar a serlo.

Educar contra la brecha moral significa que cada uno de nosotros es el comienzo de este desafío ético. Ahora comprenderán el realismo radical que siempre enuncio: para llegar al nosotros, se comienza con el yo. La empatía hacia el Otro empieza cuando ese espejo llamado conciencia moral, no nos rechaza. El miedo y sus derivados no pueden llevar nuestro nombre. Dignidad es que nuestro pensamiento y acción pueda ser compartido, perderla es el origen de esta crisis desoladora. Brecha moral es, entre otras cosas, la derrota de cualquier dignidad posible.

Ese genial desesperado llamado Cioran afirmaba que toda palabra es una palabra de más. No estoy de acuerdo: el lenguaje tiene el poder de su interiorización. Mi vida no sería la misma sin la admiración hacia algo que, en ese momento, no sabía ponerle nombre. Me sigue emocionando la muerte de Sócrates, ese Jesús de Nazaret que rompe su época moralmente, el Montaigne que conversa y ensaya consigo mismo para poder acercarse a nosotros, ese Kant que sintetiza una aventura ética llamada Ilustración, esa acusación llamada Marx contra un capitalismo inhumano, o Gadamer cuando nos enseña que interpretar es una conversación que nunca acaba. Esa emoción se llama comprender que ellos iniciaron el camino contra la brecha moral. Esta es mi esperanza, lo único que me queda: la dignidad puede cambiar una época, si empieza en cada uno.