Hemos planteado en el  Informe: “Desde la igualdad a la excelencia”, la necesidad de incluir la competencia emocional en el currículum formal. Hemos de abandonar el paradigma educativo tradicional, por el cual las emociones no eran educables. Este paradigma nace con la modernidad en el s. XVII: Descartes avisaba de las pasiones irracionales. Nuestra época ha transformado esta perspectiva, la época emocional ya está aquí.

Los trabajos de H. Gardner (inteligencia intrapersonal; inteligencia interpersonal), D. Goleman (inteligencia emocional), A. Damasio (las emociones y su función en nuestras decisiones), han popularizado una característica que desde el punto de vista individual y social, todos podemos comprender y sentir: la irrupción de las emociones en el capitalismo informacional que vivimos.

Desde la política a la publicidad, las emociones tienen un protagonismo que ahora se les reconoce. La educación no puede seguir llegando tarde a los retos que su tiempo le plantea: alumnos, profesores y padres deben implicarse en este cambio necesario. El paradigma emocional está aquí, los beneficios del mismo han sido ampliamente comentados. Lo sabemos y lo hemos sentido: el equilibrio emocional es un presupuesto de la salud  individual y social.