La crisis educativa actual tiene dos dimensiones que deberíamos diferenciar: por un lado, el recorte de inversión que progresivamente está sufriendo la educación pública; por otro lado, la crisis de resultados que nuestro sistema educativo arrastra desde hace mucho tiempo.

Que la clase política vea la educación como un gasto a recortar, desde un  cortoplacismo mediocre, lo hemos señalado aquí muchas veces. Esto no puede ser la coartada de afirmar que lo que existe, está bien: todas las evaluaciones y resultados nos indican que no. Reconocerlo es el primer paso de un cambio que es necesario.

La paradoja actual es la siguiente: tenemos dos crisis que se solapan, y muchos añaden más confusión al no diferenciarlas. Quien afirma que con menos inversión es posible aumentar la calidad, miente: todos sabemos que no; quien afirma que hay que mantener e, incluso aumentar la inversión económica, siguiendo con este modelo, se equivoca. Este es nuestro reto actual, dos crisis retroalimentándose, dos crisis que no se reconocen.