Hace unas semanas tuve la fortuna de asistir a la ponencia “La inclusión, una herramienta eficaz para combatir la exclusión social y la discriminación” presentada por Victoria Soriano, Directora adjunta de la Agencia europea para las necesidades educativas especiales y la inclusión educativa.

En ella, Soriano desgranaba la situación del sistema educativo español en términos de inclusión, justicia social y acceso equitativo a la educación. Así pues, los allí presentes asistimos a una visión panorámica de lo más completa y, como cualquier conocedor de la realidad educativa española se puede imaginar, la lista de retos descritos no resultó baladí.

En cualquier caso, en un momento de la ponencia, Soriano enumeró cuatro características elementales que, desde su punto de vista, cualquier docente que quiera favorecer la inclusión en su aula debería tener en cuenta durante su desempeño profesional. A un servidor le llamaron la atención por la aparatosa evidencia de todas ellas. Vamos a verlas y a analizar algunas de sus claves.

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En primer lugar, un docente que persigue la inclusión debe, por encima de todo, valorar la diversidad. Y ello implica, por supuesto considerarla una riqueza y en ningún caso un problema. La diversidad es un valor en sí misma y de ella se deriva un panorama de enormes posibilidades que un docente inclusivo sabe aprovechar y del cual es capaz de obtener un óptimo rendimiento.

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Este concepto de la diversidad nos lleva a la segunda de las características enumeradas por Soriano en relación a los docentes inclusivos: apoyar a todo el alumnado. Se trata, pues, de no dejar a nadie atrás. Suena sencillo pero las condiciones de trabajo no siempre facilitan que algo tan sencillo como dar apoyo a todos y cada uno de los alumnos que se encuentran en una clase sea la tónica habitual en los centros educativos. Y, por supuesto, no precisamente por la actitud de la mayoría de los docentes que trabajan a lo largo y ancho del sistema educativo.

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Como tercera característica elemental del docente inclusivo, Soriano señala el hecho de trabajar en equipo con el resto del claustro. Parece evidente que compartir información, objetivos y estrategias de trabajo en equipo puede ofrecer resultados de mucho mayor impacto que limitándonos al trabajo individual de cada docente en su parcela de conocimiento. Y es que la estrategia del forajido educativo no parece la opción más favorecedora para promover la inclusión del alumnado con necesidades educativas especiales.

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Y, por último, Soriano señalaba la necesidad de favorecer el desarrollo profesional permanente del profesorado. Esto implica, por descontado, la formación continua de los docentes, el intercambio de información y de experiencias y el trabajo en red -en el claustro, pero también entre compañeros de distintos centros. Este enfoque lleva implícita la consolidación de un cuerpo docente actualizado, formado y bien preparado para atender el exigente trabajo que conlleva la inclusión en los centros educativos.

Pero claro, ¿cómo cumplir con las características señaladas desde las actuales condiciones de trabajo?, ¿cómo aprovechar las posibilidades que genera la diversidad y atender debidamente a todo el alumnado con las actuales ratios?, ¿cómo promover el trabajo en red con claustros tan inestables y con cuotas de interinos tan elevadas?, ¿cómo favorecer el desarrollo profesional permanente cuando no existe un plan de carrera docente y cuando los planes de formación son tan vagos y menguantes? 

Así pues, quizá primero cabe pensar en qué y cómo debemos modificar el sistema para que los centros educativos y, en consecuencia, los docentes puedan desarrollar un trabajo inclusivo en las aulas. Para ello debería atacarse una reforma integral del modelo para ubicar la inclusión como uno de los objetivos clave del trabajo en los centros.

Es decir, saber qué le pedimos en términos de inclusión a la escuela y cómo nos dotamos de recursos para conseguirlo. Quizá de este modo los profesionales de la educación podamos implementar en condiciones óptimas las características del docente inclusivo señaladas por Soriano para, de este modo, tirar abajo algunos muros que hoy en día dificultan enormemente nuestro trabajo.

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Licenciado en Historia y Máster en Dirección y gestión de centros educativos por la Universidad de Barcelona. Director del Centro de Formación de Personas Adultas Dolors Paul (Cunit, Tarragona) desde 2008. Autor de varias obras sobre microhistoria e historia local y de varios artículos sobre formación de personas adultas publicados en la Revista Diálogos. Actualmente interesado en innovación y reflexión educativa y en planificación estratégica en el ámbito de la formación.