No se olviden que detrás de cada Profesor, de cada Profesora… hay una Persona

Me recuerdo de niña agachada de rodillas frente a la Fuente Vieja intentando recoger con las manos el agua que caía de aquel caño oxidado, pero aquel manantial cristalino se me escapaba entre los dedos mientras mi abuelo se reía de mis intentos fallidos…

Esta impresión la estoy teniendo en los últimos días, una sensación similar que me recorre por dentro de la mañana a la noche. Aunque esta vez me duele más, porque siento que me están obligando a recoger el agua sabiendo ya, que no podía hacerlo.

Todo empezó hace poco más de dos semanas, cuando estábamos ya casi haciendo planes para las vacaciones. Eran días de sol donde nos estábamos preparando para recibir la primavera, la vida en los centros educativos parecía casi ajena a lo que estaba sucediendo afuera, sobre todo si nos parábamos en cualquier rincón del patio cuando los estudiantes jugaban y reían en pequeños o grandes grupos.

Pero aquella situación de calma e intenciones de futuro se paró de pronto, como un reloj al que se agota la pila, y sus manecillas dejan de moverse, quietas, sujetas en una posición que se enfrenta a la gravedad, en silencio.

Los colegios cerraban sus puertas, aquellos edificios que guardaban la alegría se fueron quedando vacíos, un día en una ciudad, otro en otra, … hasta que a un ritmo casi trepidante no solo los edificios del colegio perdieron la esencia por la que están ahí, sino que las ciudades perdieron el bullicio, el ruido, la compañía, de una sociedad que en medio del desasosiego tenía que seguir viviendo, siendo y, sobre todo, trabajando.

La sensación era de pérdida. Mi desempeño docente es en la universidad, pero cada semana acudo a algún centro educativo como investigador o formador de docentes, y el desasosiego me llegó por una doble vía, los centros educativos se quedaban sin su razón de ser, sin su bullicio intelectual.

La llegada al hogar fue algo así como un desembarco, un vaciar la maleta con las cosas del despacho, papeles que estaban ordenados pasaron a ser una pila al borde de una mesa, los libros que ocupaban las estanterías por temáticas se convirtieron en un montón en el suelo, y aquel pequeño ordenador se convirtió en mi clase, mi pizarra, mis apuntes, en resumen, mi yo docente.

Los primeros días quisimos arreglar la situación llegando a los estudiantes a través de novedades, listados de tareas, paneles digitales, vídeos que comentar, … una sobresaturación de información que utilizamos quizá como una forma de dar sentido al silencio que sentíamos, y como la única forma de dar lugar al bullicio en un aula que, aunque lo intentábamos no era la misma del día anterior.

Se sucedieron los mensajes, los que habíamos trabajado en línea tiempo atrás, pudimos ayudar a algunos compañeros. Las solicitudes eran de herramientas, sin embargo, nos estábamos olvidando de la esencia, la pedagogía. Y es que de un día a otro no se puede sustituir la presencialidad de la educación, lo que estamos haciendo es dar lugar a una situación forzada que nos va a permitir no olvidarnos unos de otros, estar junto a nuestros estudiantes en tiempo de pérdida, recomendarles esa lectura que siempre quisimos hablarles de ella pero lo apretado del currículo no nos dejaba, … porque la razón de ser de nuestra profesión no es cubrir el tiempo ni llenar las plataformas de contenido, es estar ahí, atendiendo a la singularidad de cada persona que crece, que madura, que se forma, que vive.

Esos primeros días donde sacábamos la adrenalina de donde fuese, se convirtieron en angustia al ser conscientes de las situaciones particulares. Algunos de los estudiantes no tenían medios en casa, algunos de nuestros compañeros docentes tampoco, así que empezaba a nacer un caos que derrotaba y no podíamos atender; esta situación dolía, y duele a día de hoy, porque no tenemos noticias aún de algunos de ellos, y de otros que las tenemos sabemos que no pueden avanzar solos en los contenidos.

¿Realmente había que seguir avanzando a ese ritmo vertiginoso si la vida se estaba parando?

En las bandejas de correo se apelotonaban los mensajes de estudiantes, pero sobre todo, los mensajes de “arriba” que nos “invitaban” a cambiar programaciones didácticas, continuar las sesiones presenciales con normalidad, sustituir las pruebas de evaluación, …

¿Realmente teníamos que seguir bajo esta burocracia docente que nos persigue en los últimos años limitando nuestro desempeño?

En casa teníamos que atender a los nuestros, niños que nos miraban con cara de sorpresa y silencio, llamadas telefónicas de abuelos que tenemos a kilómetros de distancia, familiares que estaban enfermos y no sabíamos cómo iban a evolucionar, … Así volvió el bullicio multiplicado por mil, pero por dentro, como un ascua que se aviva cuando el viento sopla.

El docente, ese personaje poco reconocido por la sociedad, se resquebrajaba en la soledad de querer llegar a todo y no poder siquiera tener unos minutos para sí mismo.

Los centros educativos quisieron hacer magia y cambiar de un día para otro, y ese no era el objetivo primordial, porque se perdía su razón de ser que era la inclusión de todos.

Los sentimientos estaban a flor de piel. Mirar una foto colgada en la pared de unas vacaciones de hace unos años era capaz de sacar una lágrima, sin ninguna explicación más que sentir que hace mucho tiempo que no recordabas ese verano. Aferrarse al pasado es ahora la forma de tener esperanza en que mañana, los centros educativos serán capaces de recuperar su esencia y su razón de ser. Tenemos que aprender de esta situación que cada espacio tiene su sentido, y que todos somos importantes en esas pequeñas comunidades, en esas primaveras que se viven aún en invierno.

Los días han pasado, y las vacaciones con las que empezó esta historia han llegado. Aquí seguimos delante del pequeño ordenador que ahora es el compañero del camino, en silencio, porque trabajamos mejor juntos a la luz del flexo cuando la familia sueña, y nosotros soñamos también, que mañana escucharán a estos docentes de alma rota.

Queremos volver a los centros educativos pero desde su esencia. Espero que nos dejen trabajar como sabemos, que las medidas miren al futuro para permitirnos acompañar a nuestros estudiantes como queremos, bajando las ratios y dejándonos colaborar entre nosotros. No nos agobien con burocracia y déjennos que relatemos a las administraciones lo que realmente necesitamos, les hablaremos de nuestros estudiantes, llamándoles por su nombre y conociendo cada una de sus historias personales.

Queremos seguir enseñando y aprendiendo junto a nuestros estudiantes. Adaptando el proceso a cada uno de ellos facilitándoles oportunidades de acuerdo a sus características, y no queremos tener como objetivo una calificación sino una evaluación del proceso que será la que nos permita garantizar un análisis rico del rendimiento de cada uno de nuestros estudiantes.

Porque yo y creo que muchos de mis compañeros, queremos seguir viendo un país que se emociona, que aplaude cada tarde a las ocho en un gesto de unión y cuidado, que se alegra cuando alguno de nosotros supera la enfermedad, que llora cuando un miembro del grupo sufre,… y que pese a la distancia física que nos separa somos capaces de mandar y sentir el abrazo. Así es nuestra comunidad educativa, la que se emociona y vive pensando en el nosotros más que en el yo.

Porque si algo hemos de aprender de estos días, es que están naciendo multitud de vocaciones científicas entre nuestros chavales, ahora ustedes tienen que potenciar la ciencia y la investigación, esa que se les ha olvidado en las últimas décadas.