Hace unas semanas me llamó la atención la respuesta de una niña de mi grupo de 3° a la pregunta de la maestra Elizabeth que nos visitó del Instituto de Educación (todo ello me llevo a reflexionar sobre cuando la escuela es refugio). La visita no duró más de 10 minutos y tenía el propósito de saber cómo estamos trabajando la recepción del alumando a tan sólo algunos días de haber iniciado el nuevo ciclo escolar: bienvenida, indagar las expectativas de los alumnos, nueva organización, etc.

La maestra Elizabeth  se presentó a los estudiantes y expuso el motivo de su visita. Además de ello, recalcó la particularidad de nuestra secundaria que, entre otras cosas, centra su metodología sobre un proyecto de investigación en el cual las asignaturas son impartidas por un único docente.

Todo iba sobre el guión previsto, pero en un momento,  la narrativa dio un giro cuando la maestra comenzó a preguntarle a los alumnos cuáles eran las diferencias que habían observado hasta el momento.

Como siempre está el chico que participa impetuosamente para decir aquello que era lo más evidente: «que tenemos un solo maestro»; aunque, quizá, esa sencilla afirmación para él era importante y significaba tanto que yo no pude comprenderlo… ni tampoco la maestra Elizabeth, que preguntó: «¿qué más?» e insistió la maestra con voz un tanto enfática… como si no quisiera que le respondieran lo mismo otra vez.

Fue justo, ahí, cuando volvió a surgir la misma narrativa simplista del hecho de que quizá los chicos estaban un tanto tímidos por la visita. «Que nos forman a la entrada», saltó otro niño precipitado por responder.

«Ok» –respondió un poco más paciente y como si quisiera calmar su expectativa de escuchar algo más la maestra–, que deseaba, quizá, observar más impacto o apreciar emociones más efusivas, escuchar algún tipo de opinión más enfocada al aprendizaje

No obstante, fue entonces cuando otra niña se atrevió a mencionar la frase que hasta el día de hoy sigue haciendo mella en mí. Es como si aún retumbara en mi ser a ritmo de una melodía del género clásico, quizá de Beethoven o Wagner, como si todo se callará, y la mínima voz irrumpiera en el silencio para dar un respiro –o quizá más que eso– a las expectativas de la maestra; tal vez, en ese instante, fue para ella que la visita había valido la pena y lo infiero por su reacción, por su comentario posterior. «Que aquí no se hace uso de la violencia» dijo tajantemente la niña.

En ese momento, pude observar que los ojos de la maestra se iluminaron; a la vez, los míos se pusieron un tanto vidriosos (que –con pena– lo admito). Nunca imaginé esa respuesta, pero se dio así, en medio de la nada y sin ninguna predeterminación.

Inmediatamente, el comentario de la maestra fue complaciente «exacto, muy bien, que bueno que te has dado cuenta de eso», como si precisamente hubiera sido la respuesta por la que estaba esperando, aunque pienso que ni ella se podía imaginar tan precisa afirmación.

Posterior a este comentario, la Maestra Elizabeth comenzó a proponer a los alumnos y alumnas que ellos y ellas serían quienes llevarían esta nueva experiencia hacia fuera de las aulas: a sus hogares, a sus casas; pero, particularmente, a las calles. Ahí donde la luz no llega y donde ellos alumbrarían con su saber las oscuridades de nuestra sociedad y, particularmente, la de los barrios a los que ellos pertenecen; aquellos en los que, en muchas ocasiones, la paz se vislumbra solo cuando la escuela es refugio.

«Que aquí no se hace uso de la violencia…»

Semanas después, me daría cuenta de lo que significaba para Monse aquella afirmación, la niña sufría violencia en casa, ejercida por su padre y afirmada por la madre; pero, hasta ese momento, nadie pensó lo que en ella motivaba decir tal frase. Quizá había encontrado una nueva familia, un lugar de paz cuando la escuela es refugio, una hábitat sano y equilibrado donde –al fin– se daba cuenta de que sí se puede vivir sin el uso de la violencia.