El desiderátum de la educación actual parece que pasa, y coincidimos una mayoría,  por la creatividad e innovación en nuestras aulas. Una aspiración que difícilmente alcanzaremos si no rompemos con las rutinas diarias y las formas de enseñar y aprender habituales.

No es difícil observar aulas donde el libro de texto es la base de la enseñanza, donde los alumnos continúan realizando una serie de ejercicios repetitivos y donde a la postre lo que cuenta es una serie de exámenes memorísticos.

De todos modos, también es fácil encontrar prácticas docentes donde el alumno tiene un papel activo en el aula. Espacios donde se alterna la pizarra con otra serie de actividades, dentro y fuera del aula, con una finalidad: crear para aprender y aprender para crear. Docentes que se replantean sus programaciones, diseñan y experimentan nuevos cauces -innovan- para llegar al alumno.

Parece que legisladores y dirigentes, con escasa visión de futuro y del presente, no han advertido que uno de los objetivos de la educación pasa por emocionar y motivar al alumno para que ahonde en su aprendizaje. Por ello, la creatividad e innovación son magníficas herramientas para lograr estos propósitos. Modificar currículos de las materias en base a diferentes contenidos y cargas lectivas diversas, no supone avance alguno en este aspecto. Incluso, estamos retrocediendo si aplicamos reválidas o pruebas diagnósticas que sólo nos llevan a enseñar buscando unos resultados uniformes.

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En mi opinión, a través de las siguientes acciones, podemos acercarnos al objetivo anteriormente mencionado:

  • Provocar la curiosidad
  • Activar al alumno: protagonista en el aula
  • Aprender de forma significativa

Provocar la curiosidad es tarea complicada, pero fundamental, para captar la atención del alumno. La neurociencia y la experiencia nos dicen que un alumno curioso aprende de forma natural más fácilmente. Pero, ¿cómo encender la curiosidad? Francisco Mora en su libro “Neuroeducación” (2013) nos ofrece diversos recursos:

  1. Comenzar la clase con algo provocador: frase, dibujo, pensamiento…
  2. Presentar un problema cotidiano al principio de las clases para despertar al alumno.
  3. Crear una atmósfera para el diálogo por parte de los alumnos, que los alumnos no se vean cuestionados.
  4. Dar tiempo para que algún alumno desarrolle algún argumento y se vea así motivado para encontrar solución al problema planteado ante los demás.
  5. Incentivar a que el alumno plantee problemas de forma espontánea.
  6. Introducir elementos durante la clase que impliquen incongruencia, contradicción, novedad, sorpresa, complejidad, desconcierto, incertidumbre…
  7. Procurar la participación activa del estudiante
  8. Reforzar el mérito y el aplauso ante una buena pregunta o resolución
  9. Modular pero no dirigir la búsqueda de respuestas y menos proporcionar la resolución del problema

A estas nueve propuestas, le añadiría el humor como ingrediente fundamental en el aula. Un humor que puede servir para provocar, transgredir, romper el tedio o acercarnos al alumno. Un acercamiento vital para aproximarnos a la memorabilidad a través de las emociones; si logramos emocionar el aprendizaje fluirá irremediablemente.

Por otro lado, tenemos la opción de activar al alumno en el aula:  el alumno como protagonista del proceso de enseñanza y aprendizaje. Es imprescindible que el alumno reflexione, lea, discuta, utilice herramientas TIC o TAC y elabore sus propios contenidos. Pasar del alumno espectador a un alumno prosumidor que, además de aprender del docente, es capaz de producir recursos propios de calidad.

El uso de metodologías activas es un medio básico para brindar este papel protagonista al alumno. El aprendizaje por proyectos (PBL), el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje-servicio (ApS), el aprendizaje basado en problemas, el desarrollo de las inteligencias múltiples, el pensamiento visual, flipear la clase, etc. son posibilidades a nuestra disposición para abandonar la pizarra o la cómoda silla del profesor y ponernos a trabajar junto a los alumnos.

Por último, y no menos relevante, es la experimentación del aprendizaje significativo. Un aprendizaje que tiene lugar cuando conectamos los conocimientos y experiencias previas del alumno con los nuevos conocimientos. Pasar de un aprendizaje basado en fichas o libros de texto a un aprendizaje que conecta con el mundo real. Dejar de lado o minorar el aprendizaje mecanicista y basado en la pura memorización, a un aprendizaje donde el alumno y el docente deben procesar la información  y actuar como un disc-jockey que mezcla lo que considera más relevante (Reduvolution (2013) de María Acaso.

El aprendizaje significativo implica trabajar el concepto del Entorno Personal de Aprendizaje (PLE) como sistema que permite al alumno y al docente (estudiante permanente) tomar el control y dirigir su propio aprendizaje gracias a sus herramientas TIC y redes personales. El PLE como ecosistema que facilita la comprensión y el aprendizaje autónomo del alumno.

Probablemente no existe una fórmula mágica para educar y formar alumnos más creativos o innovadores, pero sí resulta evidente que la educación actual debe transformarse a un ritmo más ágil. Y en este cambio, los docentes somos, pese a la normativa educativa, los intérpretes principales.