ALGORITMOS

Apagas el despertador. Te levantas y conectas el móvil. Aparecen las notificaciones de todo lo que «te has perdido» durante la noche. Repasas la actividad de tus redes sociales, buscas la previsión del tiempo y revisas los periódicos en línea.

Son actividades que puedes repetir varias veces a lo largo del día. Cada vez más estos procesos de búsqueda y selección de la información están mediados por algoritmos.

Son pequeñas fórmulas que filtran buena parte de los contenidos que consumimos combinando nuestros datos personales y comportamientos digitales (p.ej.: para mostrarnos publicidad personalizada). Muchas veces desconocemos por qué destacan un dato, un formato, una amistad o una ideología enfrente de otras alterando cualquier supuesta objetividad y transparencia.

Al mismo tiempo, reputados medios de comunicación se han visto relacionados con la manipulación informativa. Crecen los casos de fake news, la posverdad (o ‘mentira emotiva’) o la búsqueda infatigable de clicks fáciles para generar más tráfico y más beneficios publicitarios.

¿GENERADORAS DE APRENDIZAJE?

Los algoritmos tendrían que ayudarnos a desenvolvernos en estos entornos que informativamente cada vez son más densos, y no tanto favorecer los intereses de sus desarrolladores o de las empresas que los gestionan. La tecnología no es neutral y reproduce los sesgos culturales o ideológicos de quien la diseñó.

Sabemos que habitualmente se basan en el historial de búsquedas, en nuestra localización, en nuestros clicks… supuestamente, para personalizar nuestra experiencia.

Y aunque sea por inercia, nos sentimos cómodos encontrando lo que nos es agradable y lo que nos da la razón. De esta forma, podemos generar en nuestros entornos virtuales un filtro burbuja que nos lleva a ver lo que coincide con nuestros puntos de vista.

Dicho de otro modo, como una cámara de eco donde se amplifican ciertas ideas o creencias y se ignoran las que están en el exterior. Y así, en las redes sociales es difícil formar comunidades que no sean sólo reproductoras de ideas, sino realmente generadoras de aprendizajes.

La tecnología no es neutral y reproduce los sesgos culturales o ideológicos de quien la diseñó.

Para salir del bucle que puede generar esta burbuja informativa, además de transparencia y educación digital, será necesario introducir cierta diversidad en nuestras redes sociales. Aunque puede parecer extraño, necesitamos a personas, bots o instituciones que no piensen, sientan ni se comporten como nosotros. Se trata de entender la realidad desde su complejidad y no desde una simplificación interesada de la misma. Hará falta buscar espacios creativos, limítrofes, incómodos… De hecho, la diversidad es la que nos ha hecho sobrevivir como especie a lo largo de los años y la que nos enriquece culturalmente.

No debemos perder de vista que en un futuro próximo los algoritmos pueden marcar el contexto en el que podemos pensar porque puede ser difícil ubicarse fuera de lo que no sea cuantificable.

Probablemente, acabarán tomando algunas de las decisiones más importantes de nuestras vidas, por ejemplo, a partir del análisis de nuestros datos médicos.

¿Cuántas cosas decidirá un algoritmo por nosotros?

¿Tod@s tendremos acceso a ellos?

¿Qué grado de desacuerdos, contradicciones y diversidad estamos dispuestos a aceptar en nuestras redes sociales?