Ayer asistí al enésimo debate sobre la importancia de renovar el currículo y me llevé la enésima impresión de apenas estar sobrevolando el tema. Hablaron como si hubiéramos de estar de acuerdo todos en el qué y el cómo; pero nadie quisiera ser el primero en concretarlo por si acaso se descubriera que no, que no estamos tan de acuerdo.

Como no me juego mucho en el asunto, probaré yo y tal vez nos animemos más.

Creo que si rechazamos el currículo actual es porque lo vemos estático, como si reflejase un mundo que permanece quieto mientras lo dibujamos, como un modelo de escuela artística.

El principal problema que tiene el adulto que estudió en la escuela clásica las reglas del mundo es acostumbrarse al dinámico mundo real, que parece contener más excepciones que reglas.

El buen dibujante ha de salir a la calle. Está bien saber las reglas de los cuerpos pero sólo es la base para comprender las reglas del movimiento. El nuevo currículo se ha de basar en la comprensión de los cambios. Éstos se producen en el espacio y en el tiempo; por eso, estudiar es, sobre todo, moverse antes de pararse a pensar. Y moverse, en la escuela, es visitar, leer, discutir, proyectar y concluir.

En una viñeta de Tonucci se ve a una maestra explicando cómo es un árbol sobre un dibujo en una lámina, con los niños muy atentos. La paradoja que hace pensar es que detrás de la profesora hay un bosque real. He visto libros de texto de tercero de primaria que explican a los niños cómo es un mercado, una calle y una ciudad entera. Y esos niños no viven en el bosque.

El problema del currículo clásico es que está pendiente de lo académico, universitario y profesional y elude la magia de la vida, que es muy real.

Y eludiendo la magia nos cierra la puerta a una vida completa, que se compone de mundo y mente, en movimiento ambos. La mente, en movimiento ha de aprehender el mundo moviéndose. La magia de la vida es poner las cosas, que antes se estudiaban estáticas, en movimiento para explicarnos cómo ha resultado lo que vemos y qué otros resultados podemos esperar. Concretando:

Evolución

Me parece haber dicho varias veces que el concepto de evolución debería permear toda la escolaridad cuando ahora es un simple apartado en las ciencias naturales de cursos superiores. “¿Qué evolución se le va a enseñar a un párvulo?”, me responderan casi airados. El problema, creo, está en el concepto “enseñar”. El maestro muestra y guia. Con un grupo de párvulos se puede discutir, lúdicamente, a quién nos parecemos más las personas, a un pulpo o a un gato. ¿Y una araña?, ¿a un pulpo o a una langosta? Tal vez ésta sea una pregunta para algo mayores. Pero poco a poco se puede ir guiando a los niños a considerar que su perro es de su propia familia mucho más que simbólicamente por haberlo adoptado. ¿Por qué estudiar nuestra anatomía separadamente de la del resto de mamíferos? Entender lo que nos separa de los chimpancés puede ser llevadero a partir de diez o doce años. Y costó seis millones de años. Las fabulosas distancias de tiempo que requieren los cambios evolutivos no las entendemos bien ni los adultos, pero a partir de algún momento las aceptamos. De hecho, sumergirse en ellas y presentirlas es un proceso que puede llevar toda la vida a un adulto inquieto. Pero es que ahora estamos sabiendo que no son sólo los huesos o los músculos lo que delata nuestro parentesco, estamos descubriendo que los sentimientos nos unen de una manera inesperada. Ya conozco maestros que han trabajado, en visitas al zoológico, las relaciones emotivas y sociales que se producen entre monos. No es empático hacia los niños que la etología haya quedado fuera del currículo clásico. Es justo la ciencia que podría conectarlos con el resto de la familia animal, y todas sus derivadas ecológicas, éticas y hasta políticas. Es un estudio de capacidades, riesgos, estrategias y soluciones. ¿Qué puede haber más educativo? En secundaria las posibilidades se disparan. Evolución no es una unidad didáctica, es el mundo, incluso el de la cultura.

Humanidad

La selección natural no es sólo un mecanismo natural. George Bassalla documenta que puede seguirse la historia evolutiva de los martillos como si fuera la de los artrópodos, se adaptan a su ecosistema urbano, nosotros mismos formamos parte de los ecosistemas que los seleccionan. Humberto Eco señaló que la cuchara y el libro son como el tiburón o los pececillos de plata, dos fósiles vivientes, dos diseños perfectos que atraviesan las eras culturales. Apenas hay diferencia entre una cuchara paleolítica y una de cámping. Y Darwin cayó en cómo trabajaba la Naturaleza fijándose en lo que hacían los granjeros de su tiempo, seleccionar para reproducir. Incluso con las palabras pasa eso. Es más gratificante verlas en su evolución. Sólo esa perspectiva da cierto sentido a los aburridos análisis gramaticales infinitamente repetidos en algunos institutos. ¿Qué hay de común entre las lenguas y en qué difieren? ¿Cómo se llegó a lo que ahora se dice? ¿Cómo se hace un diccionario? ¿Qué palabras nos conmueven más y por qué? No es que piense que deba estudiarse eso en la educación obligatoria. Sólo hay que zambullirse un poco en ese mar para entender las posibilidades propias y atrapar a los que puedan amarlo y dedicarle su vida.

Los clásicos (de los que hablaré otro día) fueron como fascinantes dinosaurios que modelaron la humanidad. No podemos movernos como ellos ni sería posible en nuestro ecosistema actual, pero les debemos haber llegado aquí porque entendieron que la humanidad era algo muy distinto, muy especial. Y todos queremos ser especiales, es decir, humanos, ¿no? La alternativa a ser humano es quedarse en animal carnívoro (tiburón de las finanzas, por ejemplo) o herbívoro (medrador sin proyección). Los clásicos parecerán difíciles o anticuados, pero nos dieron las imágenes, las palabras y las historias a partir de las cuales inventamos ahora. Incluso pusieron en pie los anhelos que nos mueven hacia la humanidad. No seamos estrechos con ellos pero tampoco nos dejemos abrumar. No creo en las listas obligatorias de lecturas. Es importante leer a Lope, pero no veo motivo para preferirlo a Shakespeare ni por razones de lengua. La humanidad es un camino inmensamente intrincado que sólo nos llega a todos trabajando en equipo. Que cada cual construya su itinerario y lo comparta después.

Y lo mismo pasa con la historia. Es una, tiene un sentido, pero infinitos caminos y cada niño o joven ha de recorrer el suyo y compararlo con el de los demás. El que quiera ser historiador ya verá. Pero en la educación obligatoria yo rompería una lanza por una historia global de simios que nacieron en África, anduvieron como simios especiales separándose e ignorándose durante cien mil años y se han estado encontrado dramáticamente en los últimos quinientos.

Ciencia

La vida es vida y se narra. Pero si se quiere intervenir en ella con precisión, hay que contarla y medirla. Tambien nombrarla exhaustivamente. A veces sumergirse en una ciencia se parece a aprender un idioma nuevo, nadie usa la palabra mesoblasto en la conversación.

Lo que ha venido a demostrarnos la revolución digital es que prácticamente todo se puede numerar y después operar con esos números. Y resolver problemas consiste en saber interrogarlos y torturarlos hasta que confiesen lo que uno quiere. Y el reto es tan apasionante que el tecnólogo actual puede correr el riesgo de convertirse en puro número y llegar a vivir en el mundo de Tron. Me parece absurdo separar el número de las cosas reales, de una manera tan radical, en la enseñanza obligatoria. Los universitarios de ciencias acaban descubriendo que aquellos cálculos abstrusos que hacían casi porque sí en la ESO y el Bachillerato, resulta que describían las actitudes sociales, los movimientos del aire o el vuelo de los pájaros. Y por supuesto, la vida virtual de esos personajes tan realistas con que jugamos en nuestras pantallas. Lástima que los estudiantes de letras se pierdan esas conexiones. En el nuevo curriculo no deberá ser.

Un currículo nuevo puede incorporar la tecnología o las aplicaciones que a cada cual le dé la gana, pero hay unas pautas generales que no deberían pasar desapercibidas, como la forma numérica de almacenar información o de representar imágenes en una pantalla o de recoger el sonido en un muestreo de ondas más o menos preciso. Se hace un uso implícito de esas cosas en nuestra vida con dispositivos. Sencillos cálculos de memoria digital te pueden prevenir de lo factible o imposible de algo que te propones.

Y romperé también una lanza en favor de la conexión entre arte y ciencia, cosa que los ordenadores han demostrado hasta a los más reticentes. La belleza tiene número y el número, belleza.

Trascendencia

¿Y si todo nuestro universo fuera una pantalla tridimensional formada por píxeles elásticos de escala cuántica (10-34, me parece) fabricada para alumnos de cinco dimensiones que viven billones europeos de años? Seríamos personajes de un videojuego y Dios, cualquier alumno pentadimensional que nos hubiese programado. Perdonen la broma, pero tal vez revela que pudiendo imaginar a Dios, honradamente no podemos decir nada serio sobre él. Somos como Truman, metido en su show, sólo que no tenemos medios de llegar al final del horizonte. Pero, siendo invisible la trascendencia, es justamente lo que nos hace animal especial y, con orgullo, humanos. E intentaré demostrar que la religión y la ciudadanía son dos aspectos de lo mismo que nuestro primitivismo actual nos impide conciliar.

El ser humano es el animal huérfano, ningún otro que conozcamos lo puede ser porque la selección no les dotó de esa capacidad, la de conectarse con el Todo. Fue lógico que imagináramos padres, porque los necesitábamos. Muchos ejercieron de hermanos mayores y dijeron tener una relación especial con el padre invisible. Les llamamos profetas. Después, la ciencia nos tuvo demasiado atareados para pensar en ello. Imaginen las guerras mundiales como el conflicto entre los niños naufragados y solos en una isla desierta con que concluye la novela El señor de las moscas. Se han crispado y ha muerto uno de ellos ¿Qué harán los niños después? Siempre nos quedamos varados en el balcón de la trascendencia, no podemos ir más allá, pero no es malo asomarse a él, nos enseña humildad y límites. Una mirada al infinito y volver la vista atrás, a lo que tenemos que no es de nadie en particular porque todos somos hijos o compañeros de clase. Hay que vivir en esa isla o en ese piso. Viéndolo así, en pequeño, uno se da cuenta de que no podemos hacer otra cosa que constituir una pandilla bien avenida que puede llamarse tranquilamente Humanidad. No podemos hacer las distinciones que se permite el señor Vargas Llosa: para los más avispados ciencia y dirección, para los menos, religión y obediencia. Eso es lo que le hace conservador, el que quiere  la Historia ya acabada, siendo la Historia un camino de inclusión.

Yaveh, Jesús, Allah, Nirvana, Cielo… No sé quién es o fue cada cual, en su momento se revelarán fidedignamente, pero a la Humanidad creo que puedo visualizarla en mi cabeza. No es fácil, requiere también una gran fe, nuestra escuela clásica no nos preparó para lo vasto. Creo que la única religión útil actualmente es la Humanidad (me niego a ponerle un ismo, que siempre suenan parciales). Es la religión previa a todas las demás. Nadie debería ser aceptado en una de las religiones clásicas sin tener esta primero, sin creer firmemente en ella. El enviado de Dios somos todos y podemos vernos. O deberíamos. Tal vez la escuela podría ser (no lo es) el principal instrumento de trascendencia. Al menos hasta que Howard Gardner descubra su mecanismo cerebral.

En fin, propongo que más que en disciplinas, el currículo se divida… no, articule en áreas como éstas, amplias, espaciosas, que obliguen a los maestros a trabajar en equipo y permitan a los niños concretar su currículo personal en movimiento. Leyendo y hablando mucho se llega a tocar todo. Empezando de cero es un trabajo ímprobo construir ese currículo (creo que a eso se refería José Antonio Marina en su libro con diplodocus, sólo que él lo reservaba a un grupo de expertos -nada contra ellos). Le veo a eso un deje vargasllosiano.

Creo que un buen currículo puede dejarse en manos de un buen claustro, asistido por buenas familias, pero con la colaboración inexcusable e importantísima de buenos editores que den forma concreta a todos y cada uno de esos ámbitos de mil maneras imaginativas en miles de libros pequeños y materiales diversos que los niños puedan leer ávidamente o manipular esperando comentarlos con sus compañeros bajo la dirección de los maestros.

Unos maestros que deben tener siempre y muy claro en la cabeza el árbol de las ciencias, hasta con las ramas más pequeñas, y su plasmación en el mundo, aunque no sean expertos en nada concreto. Con la nueva edición escolar siempre podrían ir por delante de los alumnos. Hasta podrían organizarse conferencias de los autores preferidos por los niños. No he oído de charlas con los autores de libros de texto. Podría ser una escuela en progreso hacia horizontes ilimitados.