Mira que dedicamos horas y horas a la corrección, evaluación y (maldita sea) calificación de los trabajos realizados por nuestro alumnado. Seguramente demasiadas. Fichas, exámenes, informes, trabajos y presentaciones varias son objeto de nuestra dedicación y se llevan gran parte de nuestro tiempo, especialmente en estas épocas de cierre de trimestre. Se habla y se escribe mucho sobre las diversas metodologías y estrategias de evaluación. En la última semana me han llegado mil artículos interesantísimos (o no) sobre el tema, así que uno empieza a saturarse y a volver al cuento de siempre (véase capítulo de Dudas docentes). Ahora bien, después de leer ríos de tinta sobre evaluación no estoy seguro que como profesionales de la educación dediquemos el tiempo necesario a evaluar nuestras propias estrategias de trabajo.

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Y es que la autoevaluación no está presente en muchos claustros. En algunos, de hecho, ni está ni se la espera. Esa ausencia de análisis, en mi opinión, es un drama que lastra la práctica docente de muchos profesionales desconectándola de la realidad de su alumnado. Y si como profesor desconectas de tu alumnado estás educativamente muerto. Al menos así lo veo yo. Es cierto que el ritmo de trabajo y las múltiples funciones que desarrollamos en el día a día dificultan encontrar tiempo de calidad para realizar este trabajo de análisis. No obstante, resulta imprescindible echar un vistazo al trabajo realizado, recopilar evidencias y reflexionar sobre la práctica realizada.

Así pues, consultar directamente al alumnado puede y debe ser, seguramente, una estrategia elemental de ese trabajo de autoevaluación. Ya sea mediante encuestas de valoración o dedicando determinados momentos, o incluso alguna sesión, a pulsar la opinión del alumnado sobre las dinámicas de trabajo, los sistemas de evaluación, las actividades desarrolladas o cualquier otro aspecto de nuestro trabajo en el aula. Se trata, en definitiva, del mecanismo más directo y sencillo para recoger información de primera mano sobre nuestro trabajo. ¿Alguien se imagina una empresa que no quiera conocer la opinión de sus clientes? Sé perfectamente que el alumnado no es nuestra clientela, pero sí que es el receptor inmediato de nuestros planteamientos educativos así que, como mínimo, consultemos su opinión al respecto, ¿no?

Revisar los resultados del trabajo realizado también es una estrategia obvia de autoevaluación que no siempre se pone en práctica. Índices de absentismo (en el caso de la formación de adultos), número de aprobados, bajas, proyectos realizados o actividades de interacción con el entorno son algunos elementos (más o menos objetivos) que pueden proporcionarnos información sobre nuestra práctica. A veces ocurre que un módulo o asignatura se cierra con un porcentaje de suspensos aberrante y la reflexión del docente en cuestión brilla por su ausencia.

Por último, compartir con los compañeros del centro u otros colegas experiencias, dudas e inquietudes puede darnos una buena vara de medir para analizar nuestro trabajo. Ver qué y cómo trabajan otros compañeros de nuestra especialidad (o de otras) con grupos similares a los nuestros, analizar sus estrategias de evaluación, sus proyectos, o incluso sus visitas y excursiones, puede proporcionarnos una buena perspectiva para analizar con mayor rigor nuestra práctica docente. Se trata, pues, de radiografiar nuestro trabajo para adaptarlo a nuestro alumnado y permitirnos mejorar como profesionales. Yo no diría que se trate, precisamente, de una pérdida de tiempo…