Ni tan siquiera imaginar…

No es lo mismo lo complejo que lo complicado, como no son sinónimos lo fácil y lo sencillo. Vivimos tiempos extraordinariamente difíciles porque la entropía –lo que nos da medida del desorden de un sistema– a la que hemos llegado, tanto en nuestras vidas como a nivel planetario, hace que veamos más maraña que posibilidad para colocar las cosas en su sitio y construir desde un lugar que no podemos ni tan siquiera imaginar.

Nos ocurre en nuestras vidas personales y nos ocurre en los escenarios sociales, políticos, económicos y ambientales. Todo anda muy revuelto sí, y por eso lo fácil es tratar de buscar razones y soluciones rápidas… no fuera que por el camino encontráramos aristas que nos hagan pensar demasiado, o dudar de nuestras propias certezas y nos hicieran replantear puntos de vista.

Cuando todo se junta, cuando nos sentimos nublados por demasiados pensamientos que se abarrotan en nuestra cabeza, cuando tenemos mil frentes abiertos y sentimos que no podemos frenar ninguno, cuando de repente nuestro entorno nos puede más que nosotros mismos, nos sentimos abatidos y desorientados. Y lógicamente querríamos que hubiera una respuesta clara y precisa que nos ayudara a salir del atolladero en el que nos sentimos, y soñamos con tener una varita mágica como la que nos contaron, cuando éramos niños, que lo soluciona todo de golpe.

Sin embargo, buscar respuestas demasiado rápidas y simplistas no suele dar resultados… ¿por qué? Sencillamente, porque a una situación compleja se responde con criterio y no con recetas que nos pueden hacer creer que solo con un chasquido de dedos la realidad cambia en nosotros mismos o cambia nuestras circunstancias.

No, la vida no es como la presentan los anuncios, esos cuentos que nos sirven a los adultos y que nos calan mucho más de lo que creemos, como tampoco responde tan fácilmente a algoritmos digitalizados que no tocan toda la realidad.

Sin embargo, reconocer todo lo que nos mueve dentro, todo lo que se desplaza en nuestro interior, asumir nuestras debilidades como nuestras fortalezas, comprender y darle valor a los aprendizajes que realizamos, a menudo de manera inconsciente, tanto de forma positiva como negativa y sopesar los que nos podrían ayudar nos confiere madurez y la responsabilidad de tomar las riendas con criterio.

Cuando optamos por recorrer nuestros propios precipicios, aquellas dudas que nos aterran o aquellos silencios que esconden gritos insonoros desde hace tiempo, cuando ponemos luz a lo que nos duele, pero nos habita, es cuando atravesamos nuestros miedos y empezamos a ponerle luz a nuestro camino.

Cuando somos capaces de mirar también a nuestros deseos y voluntades y les quitamos las malas hierbas de lo que se supone que debería ser, pero no es y empezamos a darles formas, sin saber muy bien cómo acabará la cosa, comprendemos también que es importante tener criterio para saber dónde poner nuestra energía y en qué podemos comprometernos.

NO TIENE RECETAS

Lo cierto es que el vivir no tiene recetas. Seguir recetas puede aprenderse, pero no nos ayudan cuando de pronto llegan nuevos avatares que no elegimos o que aparecieron de golpe y porrazo y nos zarandean lo queramos o no. Porque, nos guste o no, no todo lo elegimos nosotros.

Y a más entropía menos capacidad de elección a menos que sepamos distinguir emociones, situaciones, fenómenos que nos ocurren y podamos valorarlos de frente y no mirarlos de reojo por miedo a sentir dolor o ver cosas que son, pero que no queremos ver. La búsqueda, la investigación de nosotros mismos y de lo que nos rodea nos puede ser de gran ayuda y de gran inspiración y podemos hacerlo solos o acompañados.

No debería darnos miedo la complejidad porque es lo que hay. Buscar responsabilidades solo en el ojo ajeno o excusas para no abordar lo que tenemos pendiente y nos lastra, no nos ayuda y nos lastima mucho más.

Sin embargo, darnos el tiempo de reflexionar lo que nos pasa, con toda su complejidad, desgranando lo aparente de lo presente nos permite contrastar, comprendernos, argumentar y hacer propuestas, con aportaciones creativas y sensatas.

Y, ciertamente, éste no es siempre un ejercicio fácil, pero puede ser el camino que más nos reconforte y el que nos acerca más a nuestras propias certezas para que las dudas dejen de dolernos y podamos aceptarlas como una guía más en nuestro camino… para empezar a fluir.

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Alexandra Farbiarz Mas es coach, facilitadora en mejora de habilidades y comunicóloga ambiental. Empezó su carrera profesional en la divulgación de contenidos técnico-científicos para el gran público, y en la comunicación corporativa, lo que le llevó, de forma natural, a dedicar especial atención a la comunicación interpersonal y a la comunicación entre las personas y su entorno, fijándose en todo aquello que los limita o los potencia. Actualmente compagina su trabajo en el ámbito del bienestar de las personas y organizaciones con el de responsable de comunicación en un despacho de derecho ambiental y colaboraciones en proyectos de sensibilización ambiental. En el ámbito de la formación/facilitación se ha especializado en mejora de la comunicación para personas y organizaciones, creatividad (grupal o individual) y liderazgo. También es risoterapeuta. Educación: Licenciada en Sociología por la Universitat de Barcelona, Master en Comunicación Científica por la UPF, Diploma EU en Psicología Aplicada a las Organizaciones por la UOC y Máster en Coaching Personal por la Escuela Coach Creativo (Málaga), Certificado de aptitud pedagógica (UPC), Formación en Risoterapia y juego expresivo (Escuela de Risoterapia y desarrollo humano Enrique Aguilar).