El valor del vínculo en los procesos de aprendizaje

SOMOS SERES RELACIONALES

«Todos los humanos tienen hambre de saber» decía Aristóteles en el s. IV a. C. David Bueno, investigador de genética de la Universidad de Barcelona, en su libro Neurociencia para educadores, nos dice que todos nacemos con el instinto de aprender. A los dos les separan muchos siglos de distancia, pero el contenido de ambas citas mantiene una vigencia clara:

La curiosidad y el interés por entender y conocer el mundo que nos rodea es algo que nos caracteriza como especie. Gracias a ese estímulo hemos evolucionado y hemos ido asegurando nuestra supervivencia.

Aprender es un acto relacional. Lo es ahora y lo fue en otros tiempos. Lo es porque los humanos somos seres relacionales: cuando nacemos nuestras conexiones neuronales no están acabadas. Se crean a lo largo de la vida y es, a través de los vínculos que establecemos desde nuestro nacimiento, que el  sistema emocional va tomando forma. Éste se estructura con la experiencia del vínculo: la alegría es la experiencia de ‘estar vinculado’ y la tristeza es la ‘pérdida de vinculación’.

Los seres con quien establecemos esos primeros vínculos nos dan la posibilidad de saber que existimos. Cuando nos miran, cuando nos acarician, cuando nos hablan, cuando se comunican con nosotros, nos reconocen y eso nos permite saber que somos otro ser y con ello crear nuestra identidad propia. Ese proceso inicial no se detiene nunca y se va modulando –a lo largo de nuestra vida– a través de las relaciones que vamos estableciendo. Nos vamos definiendo a través de los demás. 

LOS VÍNCULOS Y EL APRENDIZAJE

Aprender es transformar la información en conocimiento a través de nuestra experiencia. Con él podemos crecer y transformarnos para sobrevivir mejor. Un proceso que hemos ubicado en la escuela, aunque no solo se da dentro de ella. Hay aprendizaje en contextos muy diversos. Pero siempre hay algo común en todos ellos: se da en un contexto de vínculo, de relación. Si los vínculos son tan determinantes en nuestra vida, es lógico que lo sean en el proceso de aprendizaje.

Estamos diseñados para aprender mejor a través de los demás, que solos. Progresamos así, de manera más eficaz y más rápida. Ramón Riera, en su libro Conexión emocional afirma que nuestro cerebro percibe el reconocimiento social como lo más útil para avanzar. Necesitamos que nuestras personas de referencia nos validen aquello que hacemos.

De ellos aprendemos cómo sentir y evaluar las cosas que vivimos a lo largo de la vida. Si algo nos hace perder su validación, nos alejamos de ello por miedo a perder a las personas que queremos.

Dicho de otro modo, si no puedo satisfacer a mis referentes por los resultados de mis estudios me iré desconectando del placer de aprender.

Por ello, aprender es algo más que utilizar nuestro intelecto. Para hacerlo necesitamos de un equilibrio entre nuestro sistema intelectual, emocional y relacional. Los necesitamos a los tres para hacer del aprendizaje una experiencia de gozo que nos permita continuar aprendiendo a lo largo de la vida. Aprender conlleva acciones implícitas tales como equivocarnos, asumir riesgos, aceptar responsabilidades, elegir, tomar decisiones.

Todas ellas suponen un esfuerzo y un riesgo porque desconocemos a priori, si los logros van a llegar. Mientras aprendemos, nos podemos sentir inseguros, poco eficaces y quizá frustrados. En esos momentos es fundamental contar con vínculos seguros que nos apoyen para continuar, que nos den confianza y seguridad. El esfuerzo es un trabajo que requiere mucha energía y necesita ser acompañado.

¿CON QUIÉN APRENDEMOS

Aprender es un acto voluntario y lo hacemos con las personas que nos acompañan a descubrir los saberes y conocimientos, por nosotros mismos. Son aquéllas que nos llevan hasta nuestra Zona de Desarrollo Próximo tal como lo definió Vigotski. Aquel lugar en el que, cuando lo alcanzamos, somos más sabios, más expertos en algo, nos hemos transformado y ya no hay vuelta atrás. Hoy sabemos que la calidad del vínculo para llevar a cabo ese proceso, es determinante. Vínculos significativos consiguen aprendizajes significativos.

Podemos aprender solos pero somos más eficaces cuando lo hacemos a través de los demás. Los docentes son a priori los expertos en las técnicas que motivan el aprendizaje, pero no son los únicos. También están las familias, agentes fundamentales para crear contextos que conecten a sus hijos a los aprendizajes desde una posición más informal y menos experta. Y está también el grupo de iguales, los compañeros y amigos que desde la proximidad pueden contribuir en gran manera, al desarrollo saludable del proceso de aprendizaje.

¿CÓMO ACOMPAÑAR?

¿Cómo acompañar el proceso de aprendizaje?  

Un buen acompañamiento se construye desde la conexión emocional:Somos seres dotados para conectarnos emocionalmente y eso nos permite actuar y colaborar juntos, nos permite aprender a partir de la experiencia del otro: Los estudiantes aprenden y se motivan cuando comparten las experiencias de sus adultos, cuando éstos despliegan sus fortalezas y sus capacidades. Los estudiantes entienden así, que ellos podrán llegar a hacer lo que ven hacer y les ayuda a conocer sus propias capacidades.

Conectar emocionalmente es compartir estados intencionales entre los aprendices y sus docentes o sus adultos de referencia. Es compartir la intención de que los primeros progresen. Es mostrar expectativas hacia ellos y sus capacidades. Gracias a los estados intencionales llegamos al lenguaje, a la cultura, al conocimiento.

También es compartir la atención conjunta hacia una actividad concreta. Es fijarnos juntos en aquello que nos rodea y despertar interés y afecto por conocerlo.

Richard Curwin, autor de Disciplina con Dignidad nos dice que para motivar satisfactoriamente a los aprendices debemos aceptar que justo no es lo mismo que igual lo que nos lleva a la conclusión de que las estrategias de acompañamiento funcionan mejor si se pueden personalizar.

Personalizar es comprometernos a perseguir lo que es mejor para cada uno de los aprendices. A centrarnos en los valores de la compasión, la comprensión y  la tolerancia. Es ofrecer seguridad, construir esperanza y creer en ellos, aceptando incondicionalmente cómo son y hacerlos mejor en lo que ya son.

Personalizar el acompañamiento  es plantear retos de aprendizaje en consonancia con el dominio de las destrezas y adecuar el nivel de dificultad. El objetivo es aumentar el aprendizaje, fomentar logros para que éste no se bloquee y no se detenga a lo largo de la vida.

Los docentes y todos los adultos que acompañamos a nuestros jóvenes en ese proceso, tenemos la capacidad de transformar sus vidas. Solo cuando sienten que existe la conexión en los términos que hemos descrito, nos reconocen como sus legítimos acompañantes y nos abren sus vidas para dejar que el proceso fluya.

Es un reto mayúsculo y de gran responsabilidad que  requiere entusiasmo y pasión. Mantenerlos conlleva trabajar nuestro bienestar personal, cuidarnos para llenarnos de energía y continuar haciendo de él algo valioso y fundamental.