El otro día me comprometí a reflexionar sobre el concepto de impartir, muy imbricado con nuestra noción de escolaridad. Y  más recientemente me apareció la idea del compromiso, para mí relacionadísima con la naturaleza del aprendizaje. Tienen que estar necesariamente conectados.

Parece que etimológicamente “impartir” significa ‘repartir bienes o favores’, según hacían los patricios con sus clientes. De ahí, el sentido derivado de ‘conceder’ y la acepción principal que contiene el diccionario aún: ‘Dar o comunicar conocimientos, ideas o juicios’.

El maestro convertido en un patricio del saber repartiendo a sus ‘clientes’ los dones del conocimiento. No intento ser irónico, eso tiene aún hoy sentido. El aprendiz de instalaciones eléctricas desconoce conceptos y métodos y fijos que están muy probados.

El de navegación no puede estar descubriendo por su cuenta como están dispuestos los navíos o como aparecen las estrellas en la bóveda. No son cosas que se presten a interpretación.

El maestro en cada caso concede ese conocimiento y es bueno que así sea. Pero hay un detalle importante, sus clientes o discípulos han decidido saber eso.

Tal vez, se vea aquí la eterna cuestión de si los niños van a clase obligados por otros o les obliga su naturaleza. Sin duda, forman parte de una especie interconectada  que ha tejido un guión sobre el mundo que ellos no pueden destejer. Están inmersos en un sistema ciego. Pero,

Que el sistema sea ciego no obliga a que

lo seamos nosotros

El sistema es un sistema productivo, pero se acerca a un cambio. En la medida en que la robótica sustituya no sólo las manos sino gran parte del cerebro humano con mayor fuerza y precisión significa que el sistema productivo será en gran parte un sistema de máquinas. Los patricios dejarán de necesitar clientes.

La cuestión es si será posible un sistema universal de patricios, pongamos diez mil millones.

Los romanos también inventaron el concepto básico de ese tipo de sociedad: el ocio, lo que no es negocio.

DOS PARADIGMAS

Y ya tenemos los dos paradigmas. O un Sistema del negocio donde se facilita el ocio o un Sistema del ocio donde son posibles los negocios. Estamos aún en el primero, pero no está claro todo lo que puede venir.

El caso es que impartir es propio de una sociedad de clientes (léase ‘trabajadores’) que se preparan para algún proyecto, propio o de alguien. ¿Implica eso ya a los niños? ¿Y a los adolescentes? Creo que esto me viene de un reciente comentario que hice sobre el libro La cultura de Dietrich Swanitz en cuyo prólogo se aludía, sin matiz, al término en cuestión. Y hablamos de 2009, me parece, sólo ocho años.

Y a mí me sugiere que empezamos los cursos preparatorios para la profesión en cuanto los niños saben leer. No se comprometen, les comprometemos, los casamos. Claro, les casamos con los conocimientos que nos parecen fundamentales y lo hacemos por su bien, sólo que ellos no lo saben.

Aún me acuerdo de muchos animales raros que salían en una colección de cromos de los años sesenta. Recuerdo el “galago” que mi señorita estaba convencida que confundía con el “galápago”, sólo que el galago no era un reptil sino un prosimio del tipo de los tarsos o los loris de Madagascar.

Hoy los maestros no tienen esos problemas, informaciones mucho más estrambóticas son perfectamente asequibles. Antes el maestro no se adaptaba a los intereses de los niños (tampoco tenía muchos medios) era al revés.

Muchos estarían encantados de que los examinasen sobre alineaciones de equipos de primera división, pero eso no sale en el temario, y para eso sí que, sorprendentemente, tienen memoria.

No nos extrañemos si su entorno es precisamente eso lo que les pone recurrentemente ante la vista. Ser Messi o Cristiano es más importante que ser presidente o papa, cosas que nadie sabe bien en qué consisten. Los álbumes de cromos también «imparten» mucho conocimiento y con adecuada dosificación.

Adonde voy a parar es que impartir es una acción que requiere compromiso por la parte receptora. No hace mucho sallió en EL PAÍS y lo repiten algunos directores de colegios, que un experimento con electrodos demostró que muchos alumnos tienen durante la clase un encefalograma muy parecido al de las horas de sueño. El compromiso es un regulador de vigilia y ayuda mucho.

Tal vez la tarea de los maestros sea lograr y orquestar compromisos, lo que a su vez requiere una visión del currículo que, no porque sea más flexible, sea menos omnicomprensiva. ¿O es que alguien se imagina a niños desinteresados por el mundo en que viven? Más que perezosos serían enfermos. Pero cada estilo tiene su momento. Por eso pienso que hay que deslindar:

Escuchar, leer, dialogar y producir durante la Educación Obligatoria. Es decir un proceso paralelo de conseguir compromiso, conocimiento y comprensión.

Impartir y estudiar, con libros de texto, apuntes y lo que se quiera, durante la Educación Profesional que incluye los diversos bachilleratos.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.