VIVIR CON TALENTO

Alguien dijo que educar es descubrir talento. Tal vez, ser humano consista en vivir con talento y ejercerlo. El problema es si un planeta mediano como el nuestro puede soportar miles de millones de talentos o elementos, que diría Mr. Robinson.

Según vamos llegando al mundo, éste parece encogerse y se diría que lo mejor ya está «pillado», que la familia en que uno nazca definirá sus posibilidades. El lugar en el mundo habrá que conquistarlo o conformarse con medrar. Es decir, apelar a la caridad cristiana o musulmana para ir obteniendo sustento o un pequeño rincón al amparo de alguien (clientelismo o nepotismo). O mirar de frente y exigir. Algunos lo llaman lucha de clases. Un concepto que no puedo eludir aunque me suscite reparos. En cualquier caso, por ahora, talentos, los justos.

TALENTOS, LOS JUSTOS

Parecería también que todo el sistema educativo estuviese dispuesto para que los talentos sean los justos, únicamente los que pueden y saben abrirse camino solos hacia la comunidad productiva, creativa. Pero eso topa con un problema de gran calado: el talento se apoya en algún sentido de pertenencia.

El talento es un motor en una comunidad que construye, empoderada. Pero nuestro sistema social es económicamente primitivo y se basa en tener comunidades aparcadas, a la espera de que sean necesarias. Todos los talentos en ellas o no serán descubiertos o se marchitarán antes de poder florecer.

Tal vez, ser humano consista en

vivir con talento y ejercerlo

¿CONFORMARSE CON MEDRAR?

El poder, es decir, la capacidad de hacer algo bueno, se ejerce en un medio y ese medio ha de ser fértil, pero constantemente vemos que nuestra maquinaria capitalista es capaz de funcionar en medio de yermos, llámense banlieues, favelas o ciudades fantasma. La Tierra es limitada y el capitalismo, es decir, la simple inteligencia, parece limitarla aún más. Parece que el ser humano puede hacer maravillas con sólo algunos emprendedores y legiones de «recursos humanos».

Porque no todo el mundo puede ser jefe… ¿o sí? ¿Y si todo el mundo tuviera espíritu de jefe? Sabemos que no pasa y no es probable que pase, pero ¿y si pasase? ¿Reprimimos a los jefes sobrantes? ¿Los educamos a todos para que sepan ser socios moderados y cooperativos? ¿Sería lo bastante flexible nuestra estructura de la propiedad?

Tal vez parezca más práctico seguir como estamos siempre que no nos topemos con el dichoso «espíritu de pertenencia». Uno nace deseando pertenecer y construir. Pertenecer a una familia dichosa, a un grupo divertido, a una empresa exitosa, a un círculo virtuoso… Pero, ¡ay!, algo pasa con los medios (materiales, sociales y ambientales).

El lugar en el mundo habrá que conquistarlo o

conformarse con medrar

LOS LÍMITES DEL TALENTO

Cuando decimos que nuestro planeta es limitado hay que interpretarlo. Malthus veía unas limitaciones que ya hemos superado. Estamos volviendo a encontrar limitaciones del tipo de las que veía Malthus. Tal vez la nanotecnología y la bioingeniería nos ayuden a superarlas. Lo que nadie ha explorado aún es lo que se puede hacer con los límites del talento y la pertenencia.

Según se mire vemos que falta talento y según se mire, que sobra. Y el desfacedor de entuertos puede ser la pertenencia. ¿Nos pertenece el planeta? ¿A quiénes? ¿A cuántos? ¿A qué pertenecemos nosotros? ¿Cada cual a sí mismo? ¿A la familia? ¿Al grupo? ¿Al país? ¿A la especie? ¿Al planeta? Magnífico uróboros (pez que se muerde la cola).

De todo eso saco que ni el capitalismo puede ser una ideología, como muchas veces se le confunde con el liberalismo y teniendo el comunismo como contrario (falsamente), ni el individuo puede ser principio y fin desnudo. Uno siempre quiere pertenecer. A una familia, a un pueblo, a un proyecto, a un ideal, a un mundo. Sólo ahí se desarrolla el talento. Sólo así el planeta puede resultar ilimitado, con seres dedicados todos a pensarlo y ser pensados por él en una simbiosis perfecta. Utopía, sin duda, tendemos al infinito al que no se puede llegar. Aunque siempre estará el Universo, casi infinito.

LA LLAVE DE LA PERTENENCIA

Y la llave de la pertenencia está en la niñez y la juventud, en la escuela y la ciudad. Tenemos ideas para reformar la escuela. Pero no servirían de nada si a los niños y los jóvenes les espera luego la ciudad fría y desnuda. Ahí voy.

Aparte de la escuela, niños y jóvenes deberían poseer una parte de la ciudad. Todo ayuntamiento o comunidad debería tener entre sus prioridades la construcción de centros de juventud generosos que, con la mínima supervisión adulta posible, puedan ser gestionados por los mismos niños y jóvenes y allí ensayen todo lo que se puede ser y hacer en este mundo.

No pretendo inventar la sopa de ajo. Ya existen iniciativas para superar el paternalismo de scouts y parroquias. Y si no existen, los jóvenes las toman por asalto con la sociedad, a menudo, en contra (locales de can Vies en Sants, banco expropiado de Gràcia).

Todas las comunidades necesitan espacios donde los jóvenes aprendan a encontrar palabras para lo que les pasa, para sentir que forman parte de algo más grande que ellos, para influir en su comunidad, para sentir que están en el centro de un mundo que espera que ellos lo perfeccionen.

Eso debería formar parte de las infraestructuras

fundamentales de una sociedad

La alternativa es dejarles descubrir que sin medios para construir, destruir también puede resultar emocionante. Para que en lugar de elevarse al infinito, se lancen al emocionante vacío que les lleva al cero. Y punto.

Los capitalistas inteligentes se dan cuenta. Pienso, por ejemplo, en los Bills (Gates y Clinton). Saben que les gustaría poder pasear despreocupadamente por cualquier rincón del mundo sin tener que temer a otros de su misma especie. Pero algo en las reglas del juego, que penetran sus mentes, les impide dejar de recibir exageradamente. Y ya no es creíble imitar a Francisco de Asís o a Simón el Estilita.

Hay que poner la inteligencia al

servicio de la conciencia