Los libros de texto están llenos de maravillas tal vez poco valoradas.

Magníficas ilustraciones, infografías, fotos, gráficos, mapas, esquemas originales… Es lo mejor que aportan, a mi juicio. Suelen estar estratégicamente colocadas y cumplen una función precisa. En si mismas, cada una de ellas es un objeto cultural muy significativo pues el libro de texto se concibe como un compendio de cultura que “va al grano”. ¡Hay tanto que enseñar y tan poco tiempo! Pero ¿qué hay de aprender?

Pero el niño-recipiente no suele prestarles la atención que merecen. El profesor tampoco puede dar protagonismo a todas esas ilustraciones. El tiempo vuela. Sospecho que la mayoría acaban desintegradas en algún desván de la memoria.

Con todos esos objetos singulares, si hiciésemos callar al texto, podría seguramente reconstruirse casi todo el objeto de la materia o currículo. Al menos la parte más conceptual, sin detalles.

Yo defiendo que tal vez sea lo más valioso de la mayoría de libros de texto dedicados a niños y adolescentes. Y tal vez lo menos aprovechado. Contienen datos, relaciones, sugerencias, emociones algunos, belleza. La mayoría dan para hablar mucho.

Los profesores solemos monopolizar bastante la palabra. Ante un mapa podríamos “largar” horas. Con una diapositiva de arte nos olvidamos del mundo y, con la luz apagada, resultamos un somnífero eficaz. Ése es el modelo de enseñanza que podría llamarse “vertido al recipiente”. Pero si nos proponemos que cada alumno vaya a buscar su agua, lo mejor será distribuir los manantiales. Saquemos las maravillas del libro de texto y convirtámoslas en piedras preciosas que haya que ir a buscar, tallar y pulir.

La educación del libro de texto es como una película. Ya el libro ya el profesor nos dan el argumento y los personajes con su orden de aparición establecido. El alumno sólo puede ver la película de una manera y “el texto” se convierte en una especie de manual de uso. Obtiene así lo que se suele llamar cultura, pero no, visión del mundo. Sólo los escogidos se construirán una y será a pesar de la escuela. De “esa” escuela.Todos esos “objetos” pueden ganar valor si se los singulariza y se los imprime a gran formato, plastificados o en un material resisitente que los convierta en documentos de trabajo y “de batalla”. Déles a sus alumnos una lámina artística con información al dorso o sin ella, para que hablen, la comenten y busquen. Que ellos hagan el discurso. ¿Qué se ve en un gráfico? ¿Qué se deduce de un mapa? ¿Qué sugiere una foto? En un libro de texto resultan individuos anodinos en una multitud. En un cajón de recursos son personajes con domicilio. Hay que irlos a buscar y tratar con ellos.

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Mi apuesta es que vale más conocer a poca “gente”  valiosa y conocerla bien. En persona. No podemos ir a Florencia a medio curso, pero podemos habérnoslas con una lámina del David en diferentes vistas y relacionarlo con Moisés y con la Capilla Sixtina, y seguir huellas concretas de Miguel Ángel en internet. Conocido el sospechoso, nos llevará si duda a Leonardo y a Rafael y podremos juzgar a Julio II y seguir la pista a toda la mafia renacentista. Creo que es el tipo de experiencia criminalística que prepara para la vida. Uno, después, puede lidiar con cualquier caso.

El joven que ha leído auténticos libros puede sacar mucho partido de una imagen. Especialmente en pequeño grupo. Y se puede crear una retícula de acciones.

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En fin, no soy el rey de los esquemas, pero espero explicarme (en cuanto empiezas te entra una borrachera de cuadritos y flechas). En cualquier caso, me parece importante constatar que el diálogo es un elemento central que puede multiplicarse lateralmente tanto como convenga. En cierto modo me parece un recurso capital.

Y evítese (¡por todos los dioses!) convertir las láminas en fichas grandotas de trabajo burocrático.