Tiene trece años y le toman la lección a diario. Su padre, responsable y eficaz, se preocupa muy seriamente de que cumpla cada tarde con los deberes. Es lo que toca, dice ufano. Ser padre conlleva este seguimiento. No hay fecha, nombre, fórmula, regla o sinónimo que no pase por la aduana paterna. Su madre, asimismo, se preocupa puntualmente de preguntar qué tiene para el día siguiente, qué lleva en la mochila, si ha metido todo lo necesario, si ha hecho el ensayo de Inglés, si lleva bien lo de Mates…

Ambos lo hacen con buena voluntad. Ambos se entregan al pugilato valiente de cursar por segunda vez el colegio, como ya hicieron en sus respectivas niñeces y adolescencias. Ambos entienden que sentarse con su hija a estudiar es cumplir con la obligación sacrosanta de los padres coherentes. Ambos madrugan con ella para el último repaso antes del examen de la jornada, se acuestan tarde si hace falta terminar unos problemas y se quedan sin domingo si hay que rematar el trabajo de Geografía.

ESPIRAL PERVERSA

Lo que no ven es que anteponer las calificaciones a la autonomía de su hija es darle alas para que vuele a corto plazo. Flaco favor. De lo que se trata es de que sea eso, autónoma, responsable y autorregulada, no sumisa y mera cumplidora de la agenda.

He visto alumnos de la ESO atemorizados por su doble examen: el del colegio y el que sufren en casa cuando su padre o madre les pregunta el tema. Una espiral perversa que hace que haya alumnos que llegan a Bachillerato y todavía no sean autónomos. He conocido padres de chavales de diecisiete años que ven como lo más normal del mundo levantarse para estudiar con ellos, convencidos de que así les están ayudando.

autónoma, responsable y autorregulada,

NO sumisa y mera cumplidora de la agenda

Si creemos que aprender no es pasar exámenes sino adquirir destrezas que les sirvan para la vida; si creemos que madurar es ganar en confianza, autoestima, autogestión y calibración; si lo que queremos para nuestros jóvenes es que se valgan por sí mismos, no entiendo a los padres-profesores. Estoy convencido de que si los hijos estudian con la espada de Damocles de que un adulto les tome la lección, probablemente superen las pruebas, pero difícilmente llegarán a gestionar sus propio tiempo, sus ritmos y sus expectativas.

Mucho menos llegarán a superar sus tropiezos, sobre todo, porque temen más la bronca en casa que la del cole. Cuando pregunto a mis alumnos qué es lo peor de suspender, ninguno dice que sea el no haber aprendido; ni siquiera, el haber fallado en el colegio. Lo que les agobia es la reacción de sus padres, convertidos éstos en fiscales de su proceso académico, garantes del aprobado, valedores en el día a día de la consecución de deberes y sancionadores en caso de mala nota. Es decir, convertidos en inquisidores del recorrido escolar de sus hijos.

INQUISIDORES

Lo que les agobia es

la reacción de sus padres

Suelo aconsejar a las familias de los alumnos de los que soy tutor que se relajen, que aprendan a confiar, que cedan. Son sus hijos, no sus alumnos. ¡Y que no se sienten a estudiar con ellos! Ofrecerles espacios, momentos y herramientas, sí. Estudiar con ellos, no. Facilitarles ambiente de estudio, sí. Convertirse en el profesor en casa, no. ¿Y si no hace la tarea? ¿Y si suspende?, me preguntan. Y yo les digo que, entonces, habrá que ayudarles a entender que los actos (o las dejaciones) tienen consecuencias, pero que es algo que han de descubrir ellos. Nadie quiere hijos dependientes, sometidos y temerosos de los padres, sino personas autónomas, capaces, eficaces y eficientes.

Y eso, se mire por donde se mire, no se logra tomando la lección. Ya están siete horas al día en el colegio. Por favor, padre, sé padre; madre, sé madre. Los docentes, en el aula; en casa, familia posibilitadora, amable, empática… todo lo que se quiera, pero familia. Tomárselo en serio es acompañar, no suplir al profe.

Y, si no, tal vez haya que empezar a pedir a las familias

programaciones, unidades didácticas y rúbricas

Mikel Alvira
Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente. Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves. Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría. Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.