Llegaron a España a finales de los 80 y parecía que ya se las esperara. De he-cho la era analógica las preparó. Los primeros televisores, las cámaras de super 8, los vídeos… Algunos esforzados pioneros hicieron sus pinitos con aquellos entrañables spectrums y comodores. En las escuelas de verano se hacían cursos de “informática” ya a mediados de los 80, quizá antes. Quien más quien menos había oído hablar de Seymour Papert y el milagroso LOGO. Programar una tortuguita en el espacio parecía la llave para su conquista y para la mejora mental de la raza humana. O programar en Basic.

TIC-INED21

En realidad no sabíamos muy bien a dónde iría a parar todo aquello pero sospechábamos que el límite era la imaginación. Hasta el cambio de siglo, más o menos, los ordenadores siempre costaban lo mismo: 250.000 pesetas (1.500 €), una cantidad que alguien de clase media baja sólo hubiera gastado para renovar el baño o pintar el piso. Esas cosas que se hacen ya para toda la vida o al menos diez o doce años. Sin embargo, muchos empezamos a cambiar de ordenador cada cinco (como mínimo), a ese precio. Misterios de la vida. Uno se endeudaba por un electrodoméstico que en realidad no daba mucho, pero sobre todo prometía. Por ejemplo, el primer procesador de texto al que tuve acceso escribía en pantalla verde (no página) y requería, para escribir negritas, que se pusiera el cursor al principio de la frase a destacar. Allí había que escribir una marca código, trasladarse después al final del texto y volver a escribir esa marca. Luego continuar escribiendo el texto con la confianza en que la impresora transcribiría en negritas ese fragmento. Y así por cada negrita, cursiva o subrayado. Creo que los primeros simplemente cambiábamos la máquina de escribir de 20.000 pesetas por una mucho más grande y doce veces más cara que además requería otro aparato que es el que realmente “escribía”. Eso sí, los textos salían perfectos de las primeras impresoras de aguja (si la cinta conservaba tinta).

¡Adiós al tippex!

¿Nos habíamos vuelto locos? No, simplemente rendíamos tributo a la esperanza y la imaginación. Y la industria nos respondió cobrándose unas plusvalías que no sé si se han estudiado a fondo. Con el segundo ordenador ya teníamos Windows 3.1, ratón y una página en blanco como las de verdad. Se podía dibujar, hacer cálculos complejos y programar tareas. Hasta una mensajería primitiva. Después vinieron los navegadores, la voz y el sonido, la imagen y el vídeo. También entonces, alrededor del 2000, conseguí lo que había soñado al principio, poder compaginar textos e imágenes con cierta complejidad y comodidad. Iba por el tercer ordenador y 750.000 pesetas gastadas (4.500 € sin contar las impresoras).

¿Y en la escuela? Primero los ordenadores entraron en la dirección: la contabilidad y las notas llegaron a la era industrial. Por aquella época, los malos maestros teníamos la sensación de que realizábamos una artesanía primorosa a escala industrial. Instruir cerebros tiernos a destajo, modelado sutil de treinta en treinta. Una locura que necesariamente salía mal en la mayoría de casos. Pero la informática podía multiplicar la sutileza. Como si el cerebro del maestro se multiplicara. Incluso nos animábamos a programar torpemente para ver de multiplicar nuestras “sutilezas” didácticas. No creo que los desvelos informático-educativos vayan hoy por ahí. Espero. Porque lo que faltaba era sabiduría a nuestra “sutileza”.

Creo que la informática nos alcanzó antes de que lográramos madurar. Si todos hubiéramos sido Montessori o Freinet tal vez la novedad hubiera ocupado su lugar. Pero entre el desconcierto y la esperanza, las pantallas se hicieron con el mando. Los editores observaban y aprendían. Los informáticos tomaban posiciones. Primero fueron las aulas de informática. Para los alumnos era como un premio, para los profesores… Hasta los tecnoescépticos se fueron apuntando. EAO, Enseñanza Asistida por Ordenador, se llamaba. Preguntas y respuestas, tests de aritmética, consultas ortográficas… Reducíamos la “enseñanza” a lo mecánico. Llegaron los primeros juegos interactivos, los atlas… El maestro se situaba entre la didáctica, la planificación de experiencias y el asesoramiento técnico (no era cierto que los chi-cos supieran más de máquinas que el maestro). Hacia el 2000 la informática había madurado gracias a nuestro apoyo económico y la esperanza de todos y la máquina ya se había convertido en un asistente para todo propósito. Todo objeto cultural, incluido el contacto con el resto del mundo estaba al alcance de un niño con una máquina que por fin empezaba a bajar de precio. Pero, creo yo, nuestra sutileza seguía sin sabiduría. El mantra pasó a ser

Enseñar al niño a

obtener información”.

Evidentemente el mando lo tiene quien puede. En algunos casos el maestro se hace con él. Y si la sabiduría le ha alcanzado, sabe compartirlo con los alumnos hasta que aprendan a usarlo al acabar su escolaridad. La máquina está ahí para cuando se la necesite y ya sabremos cuándo es. En la mayoría de casos, sin embargo, el poder lo ostentan los editores, comisionados por el estado, para administrar el saber decidido. Y como nuestro mundo es básicamente industrial y comercial, nos hemos conformado con sustituir el papel del libro por la pantalla de la máquina, un papel mucho más versátil que admite todo formato cultural.

Permítanme una impertinencia que no sé si la he visto en alguna parte. ¿Se les ha ocurrido comparar la enseñanza en un aula con un experimento científico de laberintos para ratones? El currículo de un curso es un laberinto muy sofisticado y esperamos que nuestros ratoncillos lo recorran tal como lo hemos planificado. Si lo consiguen les damos título. Da igual si el laberinto viene en libro de texto o en un formato más libre. Es algo planificado para que alguien lo siga y demuestre que puede hacerlo. Puede planificarse en papel o en pantalla. Puede planificarse en voz, la del maestro.

Obviamente es una analogía que puede ser mala. Tanto los profesores como los alumnos se van a salir tarde o temprano de ese rol porque no son científicos con un programa presupuestado ni ratoncillos cautivos. Pero, si todos nos considera-mos personas, ¿no es como para imaginar algo más sutil y sabio?

Aprender a programar sería magnífico. Requiere información y es un buen co-nocimiento. Pero ¿para qué mundo vamos a programar… qué cosa? ¿Para qué sir-ve la información y el conocimiento? La sabiduría siempre debe estar al principio en el deseo y al final en la realidad. Confiemos en la sabiduría de los maestros y de las redes.

Los políticos suelen ser

otra clase de ratoncillos.

Josep Maria Turuguet
Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.