Detesto insistir, pero qué principio hay que la vida real no acabe venciendo. En el enloquecido tráfico de información, la verdad pasa más desapercibida que la belleza o la altisonancia. Si uno cree que la tiene, ha de insistir aunque ello no garantice nada.

En algún lugar dije que el libro de texto sirve, pero no vale. El servicio no se le puede negar, el valor es otra cosa. Ya dije también que es un objeto fungible que se encuentra masivamente en los anaqueles de intercambio de las bibliotecas populares al final de cada curso. Hay lápices que duran más. Y tampoco mejora su valor haciéndolos digitales, pues también serán bits prescindibles al final. Lo que vale no es el lápiz, sino la imaginación que se ha vertido con él.

VALOR EFÍMERO

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El niño adquiere los libros de texto a principio de curso o lo hacen sus padres por él. Concedámoslo, tienen un valor efímero que es el de lo nuevo: en algún momento el niño que abre un manual satinado y refinado siente una vaga sensación de terreno inexplorado y eso siempre tiene valor. Pero incluso ése se agrieta hoy día cuando se impone la política de reutilizar los “textos”. Por economía, por reciclaje, por crisis… El niño que abre un manual de segunda mano no siente la misma emoción. Nota que es algo simplemente funcional. Uno y otro acaban notando que el “tocho” sirve más al profesor que a él, aunque pretendan convencerle de lo contrario.

¿Qué principio hay que la vida real

no acabe venciendo?

Hasta yo lucía orgulloso aquellos mamotretos en blanco y negro con fotos o dibujos de horrorosa calidad de imprenta de los primeros sesenta. Tenía gracia el de Urbanidad con las historietas de “el niño bien educado” y “el niño mal educado”. Nada que ver con las apabullantes fotografías y maquetaciones actuales. Pero hasta lo exquisito puede decaer si sólo es rutina como recuerdan magníficamente los Monty Python en aquella escena de El sentido de la vida en que una clase sobre sexo explícito no logra llamar la atención de los estudiantes, más atraídos por el partido que se ve a través de la ventana del aula.

EL SENTIDO DE LA VIDA

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Hoy un libro de texto es un espléndido trabajo de “pedagogos”, editores, artistas y maquetadores a treinta euros la pieza. Algunos editores los muestran orgullosísimos, como si fueran para enmarcar. Ahí está todo lo que el niño o el joven “deben” saber. Cuando sea mayor y encuentre a faltar algo que no le habían explicado será responsabilidad suya, faltaría más. Yo podría montar un museo de textos estando atento los finales de curso a los contenedores y las bibliotecas… si tuviera espacio suficiente en casa. Aunque pienso que lo que el niño y el adulto encuentren a faltar en la vida siempre es responsabilidad suya, desde los tres años, tal vez los cuatro y el libro de texto nunca ayudará a esa responsabilidad por su misma cualidad de obligatorio.

Lo que vale no es el lápiz,

sino la imaginación que se ha vertido con él

¿Qué harían entonces los profesores sin “el manual”? Pues lo que hacen los seres humanos: hablar, escuchar, leer, escribir, contar, manipular… Actuar unos con otros. Lo único que hace falta es material que manipular, cosas que leer, asuntos sobre los que hablar, cosas sobre las que escribir… Si el profesor no lo sabe todo o no puede hablar con todos, entonces hacen falta libros, pero libros que no sean meros «productos”, síntesis de nuestra mente adulta para proyectarse y copiarse en su mente pretendidamente moldeable.

El saber del mundo adquiere valor para el niño (¿o es que hay “valores” en abstracto, así como precios «justos» fuera de mentes concretas?) precisamente porque lo elige, porque él le da valor. Tal vez no elegirá todo lo que nosotros querríamos que eligiera, pero aprenderá mucho más que lo que nosotros conseguimos que aprenda.

MEJORAR EL MUNDO

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Y si la Educación es el esfuerzo que ponemos los mayores en que nuestros sucesores pongan el mayor empeño en mejorar el mundo (más a poder ser del que pusimos nosotros) y sepan cómo hacerlo, haremos porque todos los que tengan algo que decir en esto, contacten con los editores escolares o sean contactados por ellos y descubramos la manera de escribir y ser elegidos por nuestros hijos. Los maestros sabrán qué hacer con todo ese material, teniendo en la cabeza un currículo que sea toda la cultura humana y unos alumnos a los que hacer vivir en el mundo y no sólo en su consola o en sus fantasías de rebajas.

Soy consciente de que toda transición requiere tiempo. Y no hay prisa a no ser que la realidad nos pise los talones. Y la única realidad que hace eso vive en un mundo de humanos ignorantes o irresponsables.