Aquí acabaron los ciento cincuenta mil años que la humanidad empleó en dispersarse por el mundo y empezaron los quinientos que ya dedicó a volverse a reunir. Palabra de Felipe Fernández-Armesto (Los conquistadores del horizonte, Ariel, 2006). Dejemos las alabanzas y usémosle.

Año 1500, nuevas tierras y gentes nuevas. ¿Las doce tribus perdidas de Israel? El ser humano se desconocía profundamente. Montaigne inauguró la modestia necesaria para empezar a saber algo.

Avanzaron más los que sabían

que no sabían

España quedó en el otro lado, pensando saber demasiado, y aún padece cierta “sabiduría” de tonto. A Cervantes se le envió a buscar quién le hiciera merced por aquí (que las américas estaban muy demandadas y no eran para “mindundis”). No sabremos nunca lo que hubiera escrito por allí, pero estamos muy satisfechos con lo que hizo aquí, a pesar de todo. Él, no sé.

La Edad Moderna empezó con un intento de controlar un mundo pequeño y dio en encontrarse con uno muy grande y sorprendente. El progreso nace de la sorpresa. Sorprende, por ejemplo, lo rápido que proliferaron los gabinetes de curiosidades.

Primero fue el interés en el sentido de beneficio, luego vino el interés ampliado en curiosidad. El hombre moderno no desatendió ni uno ni otro.

De hecho, el hombre auténticamente moderno es el que convive con los dos, desde Lorenzo de Médici a Benjamin Franklin. El que se conforma con uno es un ser demediado o ridículo como Jakob Fugger o Rodolfo II. Ni sólo oro ni sólo alquimia. Son poco recordados.

BISAGRA DE LA HISTORIA

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Cuando los niños ven imágenes de esos «modernos» se deben espantar. Ése puede ser uno de los retos del maestro, defender la modernidad de algunos de ellos, al menos. La gente de la «Edad Moderna» no parecerá muy moderna, pero en realidad la llevamos «muy puesta».

¿Qué sería de los videojuegos sin la geometría analítica o el cálculo de Descartes, Leibniz o Newton? ¿Cuándo empezó el consumo de cosas magníficamente inútiles? ¿Existirían las redes sociales sin el precedente de la correspondencia popular, los cafés, los juegos de té para «recibir», que imitaban hasta los pobres, o las gacetas de chismorreos? ¿O internet sin la imprenta o las máquinas de Pascal? Pensemos que el creador de facebook estudió en una institución de un tipo nuevo fundada en 1636.

Lo que hoy y aquí llamamos Edad Moderna es en realidad como una bisagra de la Historia, la transición entre la Antigüedad (que llevaba muriendo desde el siglo XI) y la Modernidad (tal vez con dos «edades» nos bastaría). De 1500 a 1800 con el ángulo en 1650. Todo en números redondos.

De los cielos de Copérnico (aún antiguo) a los cielos de Herschel (primer moderno) pasando por el juicio de Galileo.

De El Príncipe a la Declaración de los Derechos del Hombre con la Revolución Inglesa en medio y con el Leviatan de Hobbes.

De Carlos V de Alemania a José II de Austria, mente antigua, mente moderna.

De las 900 tesis de Pico della Mirandola a la Encyclopédie Française o al Cosmos de Humboldt.

De Colón a Cook con Urdaneta en el vértice.

Del astrolabio al reloj náutico de Harrison y del Almagesto reeditado de Ptolomeo a los mapas del almirantazgo británico.

¡Dios mío,

lo que pasa en 300 años!

Hay argumentos para defender su «modernidad». Al menos una «prehistoria» de la modernidad. Y al lado de todo eso… ¿quién fue Felipe II? ¿incluso, Luís XIV?

DEGOLLACIONES

Yo no dejaría de hablar en ningún currículo de modernidad de Cesare Beccaria y de su libro De los delitos y las penas, aparecido muy poco después (1764) del bárbaro descuartizamiento del desgraciado Damiens (1764) autor del atentado al rey Luís XV, a pesar de que el año anterior apareciera el Tratado sobre la tolerancia  de Voltaire a propósito de la injusta ejecución de Jean Calas. La Revolución Francesa siguió exhibiendo cabezas cortadas y paseadas en picas de manera semejante a como el presunto estado islámico exhibe en internet sus degollaciones.

La vanguardia de la Humanidad se va engrosando cada vez con más gente, pero a todos en general nos falta mucha «modernidad» por completar. Hemos de formar a todos los alumnos que podamos para que lo hagan.

¿Y podemos enseñar Historia

sin repensarla nosotros constantemente y con ellos?