ELa decisión del centro británico Wellington College de comenzar a impartir “clases de felicidad” fue noticia en los medios de comunicación de todo el mundo hace ya unos años. Se trata de una asignatura en la que se enseña a los alumnos a conocer y gestionar sus emociones, a sobrellevar el estrés y la tensión.

Unos años antes, en Nueva York, tras los atentados del 11 de septiembre, se puso en marcha un programa de aprendizaje social y emocional en los colegios de la Zona Cero, el Inner Resilience Program. Sus resultados fueron tan estupendos que no sólo continúa hoy en día en esos colegios, sino que se ha extendido a otros distritos.

Pero… ¿realmente se puede enseñar a ser feliz?

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EMOCIÓN + PENSAMIENTO = SENTIMIENTO

Según los expertos en Inteligencia Emocional, existen una serie de emociones básicas que todos experimentamos y cuya aparición no podemos controlar. Sin embargo, lo que sí podemos controlar es el uso que hacemos de ellas cuando aparecen. Ahí es donde comienza a construirse un sentimiento, que es la interpretación que nosotros hacemos de esas emociones.

Según este esquema, está claro que para sentirnos bien, a gusto con nosotros mismos y felices, es fundamental controlar, o mejor dicho, “gestionar”, nuestras propias emociones. ¿Y cómo hacemos esto? Pues utilizando nuestros pensamientos, siendo conscientes de ellos.

Naturalmente, si queremos conseguir una buena gestión de emociones lo primero es reconocerlas, para después poder entender las de los demás. Es por eso que la educación emocional es tan importante, porque nuestra felicidad depende en gran medida de cómo gestionemos nuestras emociones. Y eso sí que se puede aprender.

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Sin emoción no hay curiosidad, ni atención, ni aprendizaje, ni memoria

Por si esto fuera poco importante, la ciencia nos ha demostrado la extraordinaria importancia que tiene la emoción en el proceso de aprendizaje. Algo que en realidad ya sabían en la Antigua Grecia hace más de 2.000 años, cuando el historiador y ensayista Plutarco dijo que “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”.

La educación tradicional actual se centra en llenar de datos el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro (que controla el razonamiento, el lenguaje, la habilidad numérica…), olvidando la parte más emocional, el hemisferio derecho (donde se aloja la intuición, la imaginación, el arte…). Pero hoy en día sabemos, gracias a las últimas investigaciones científicas, que esto es un error. El doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford, Francisco Mora, asegura que el elemento esencial en el proceso de aprendizaje es la emoción. Según afirma en su libro Neuroeducación (Alianza Editorial): “sin emoción no hay curiosidad, no hay atención, no hay aprendizaje, no hay memoria”.

Según el profesor Mora: “la emoción es esa energía codificada en la actividad de ciertos circuitos del cerebro que nos mantiene vivos. Sin la emoción, sin esa energía base, nos encontraríamos deprimidos, apagados (…) Y esa emoción puede apagarse por muchas y variadas circunstancias en el niño o el adolescente, o en cualquiera que vive en sociedad. Cuando tal apagón ocurre en el niño, sus consecuencias para la vida en el colegio, para aprender y memorizar, son obviamente muy negativas”.

El filósofo griego Aristóteles dijo que “educar la mente, sin educar el corazón, no es educar en absoluto”. Tenía razón. Hoy sabemos que la emoción es esencial para el aprendizaje y que un niño que gestiona bien sus emociones aprende más y mejor. Está claro, entonces, que la educación emocional quizás debería de enseñarse en todos los colegios.