SATURACIÓN DOCENTE

SATURACIÓN DOCENTE

Quisiera desarrollar una observación social y política que, continuamente, interfiere en la concepción y práctica docente. Me atreveré a ponerle nombre: saturación docente. Lo que expondré es una serie de razones que han producido un desencanto y desmotivación que, si no les ponemos remedio, amenaza con extenderse indefinidamente. No hay sistema educativo que pueda mejorar desde la saturación docente actual. Ser consciente de la misma, es el primer paso para salir de ella. Las administraciones e instituciones que tienen poder de decisión directa deberían comprenderlas. No hacerlo, condena de antemano cualquier intento de mejora. El voluntarismo puede ser un vacío lleno de nueva legislación.

Saturación docente significa que en la proliferación legislativa que ha asolado este país, no se haya tenido en cuenta la opinión y experiencia de los propios docentes que cada día dan clase en los diferentes niveles. He dicho docentes, no supuestos expertos que nunca o hace mucho tiempo no han dado clase. He dicho docentes, no supuestos innovadores que sin ningún realismo proponen nuevos planes de formación totalmente descontextualizados. He dicho docentes, no supuestos partidos políticos que eligen su endogamia partidista para justificar sus políticas educativas. Empecemos a escuchar. Empecemos a comprender lo obvio: un maestro o profesor no es una marioneta de las administraciones. O tratamos profesionalmente a los agentes de nuestro sistema, o no hay medida o reforma que sea viable. Hay estrategias y estructuras que se pueden habilitar para todo lo anterior.

Saturación docente significa que haya una diferencia entre el discurso y la acción, entre lo importante que se dice que es la educación y lo que se hace en realidad. No hay confianza en casi ningún discurso oficial. Pero hay más: no puede ser que la responsabilidad concreta de cada uno sea trasladada a los demás. Las diferentes administraciones, los padres, los alumnos y nosotros, los docentes, no podemos seguir en la acusación continua del otro. O soy profesional en mi área de responsabilidad, o todo lo que digo no tiene ninguna credibilidad. Ejemplos de lo anterior: si una administración hace una mala gestión de inicio de curso, sin planificación y llena de oportunismo económico, si en las reuniones y oportunidades de coordinación nos ausentamos como padres por inercia o por pereza, si un alumno piensa y es justificado por su entorno de que el esfuerzo no es necesario o si siempre es un factor externo a él el que explica sus malos resultados, si un maestro o docente se escuda en la actual o próxima ley para hacer lo mismo, y seguir un trabajo de aula anacrónico pero muy cómodo. Si esto ocurre muchas veces, demasiadas, comprenderemos que es muy difícil cualquier inicio de mejora.

Saturación docente significa volver a prestigiar uno de los oficios más complejos y apasionantes que existen. Hay, en medio de esta crisis de fundamentos, pequeñas esperanzas. Se vuelve a valorar a los docentes, nos dicen algunas encuestas recientes. Hay un trabajo a corto, medio y largo plazo por hacer. Sigue estando en la mentalidad social una concepción cortoplacista de la profesión docente. En ella, las vacaciones y las horas de trabajo son los argumentos más socorridos. Frente a ello, hay que reivindicar la complejidad real de cada aula, la trascendencia del hacer de un buen profesor. Lo repetiré: es un creador de futuro. Frente a ello, hay que volver a transmitir la pasión transformadora de lo que nos jugamos en cada aula y cada alumno. Esa pasión se llama ayudar a formar personas. Frente a ello, hay que volver a comunicar nuestro trabajo a todos aquellos que quieran escuchar. Este oficio es el mediador de todos los demás, somos un puente para que cada sujeto pueda ser aquello que quiere ser. Una sociedad que no admira a sus docentes, es una sociedad que no sabe qué quiere ser.

Todo lo anterior, hay más, se puede llamar saturación docente. Es peligrosa porque puede terminar en la inacción, el pasotismo o la falta de autoestima que, tantas veces, ocultan malas prácticas. Es peligrosa porque puede producir una parálisis que cronifique los problemas actuales de la educación. Es peligrosa porque la clase política no sea consciente de verdad del problema que tiene: un problema muy grave. Pero no quiero acabar en el pesimismo, no. A todos los cientos de quejas, dudas y problemas que nos llegan a INED21 de compañeros y padres que, desconcertados, nos piden opinión. A todos esos invisibles que hacen que siga funcionando este sistema educativo, empiecen a escucharlos. Son invisibles, pero son lo más importante. O será demasiado tarde para sus cambios. 

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