Estoy completamente de acuerdo con el profesor Tourón en que la equidad no tiene nada que ver con homogeneización ni con mediocridad. Estoy en contra de los programas de mínimos que van aparejados con los libros de texto con la excusa de que se pueden ampliar, pero al menos ahí está lo mínimo. No, los programas deberían ser de máximos. No hay que ponerle al niño una muralla que pueda y deba controlar, sino un cohete en la espalda.

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Pero no es lo mismo predicar que dar trigo. Los estancamientos son malos, pero los cohetes tienen algún problema que debe solucionarse. Los mínimos demasiado a menudo no se consiguen y los máximos están por todas partes y la pereza es un vicio humano.

Una vez que explicaba mi propuesta de llevar las clases con libros y materiales, pero sin manuales, porque era la manera de poder alzarse para ver todo el mundo, me contestaron que eso no podía ser sino un sistema elitista. Sólo aprenderían los motivados o cuando uno se alza ve a los demás muy pequeñitos y se distancia, se separa de ellos. Fue su manera de continuar y culminar mi metáfora. Ese miedo existe y creo que no hay que desdeñarlo.

No,

los programas deberían ser de máximos

Yo no creo que una pedagogía de máximos sea elitista. Consiste en poner al alcance de todos los niños los recursos culturales que necesita para aprender lo máximo por su cuenta mientras se está a su lado para mantener la chispa. No veo por qué en una misma aula o salón de clases (como dicen en otras partes) no pueden estar unos aprendiendo a dividir y otros resolviendo ecuaciones diferenciales. Lo que sea, valga el ejemplo.

Donde me parece que el profesor Tourón se contiene y conserva es cuando habla de agrupaciones y adelantos (de grupos de edad que en reallidad no defiende). En mi escuela, recuerdo, decidimos una vez que un alumno de sexto de EGB pudiera ir, sólo en matemáticas, a las clases de octavo. A las pocas semanas muchos de catorce años empezaron a lucir un cierto desinterés por la materia ante el hecho indisimulable de que uno de doce les ponía en evidencia día sí, día también. Para mí, lo conservador fue conservar lo tradicional: edades y materias. En esos encorsetamientos se dan por supuestas demasiadas cosas. En un entorno más informal e indiferenciado posiblemente esas diferencias de talento habrían resultado más inocuas y menos advertidas. Pero entiendo que el que gestiona en el mundo tiene que contemplar los encorsetamientos realmente existentes.

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Lo único que puede y debe ser homogéneo en la escuela y en la vida es la dignidad humana. Todos somos iguales en eso. Pero la Historia contiene demasiadas muestras de que, en efecto, alzarse puede separar, como en el discurso del personaje de Orson Welles en El Tercer Hombre. Desde la atalaya todo parecen puntitos ignorables. La dignidad  también debe tratarse y reforzarse en la escuela

Lo único que puede ser malo es alzarse para quedarse arriba. La posibilidad de subir y bajar constantemente es lo que naturaliza y hermana. «Fíjate lo que vi allí arriba». «¿Cómo llegaste?». «Te explico». «Uy, para mí es demasiado alto». «Bueno, si quieres te lo explico otro día o te acompaño». La alternativa a eso son las urbanizaciones supervigiladas, la distopía de Zardoz. Y tenemos cierta tendencia a ello.

No hay que ponerle al niño una muralla…,

sino un cohete en la espalda

Las escuelas rurales mantienen unas agrupaciones que parecen naturales, niños de diferentes edades y con diferentes intereses y capacidades. Los maestros rurales han lidiado toda la vida con eso. Ahora parecen defenderlo muchos innovadores. Que la escuela sea rural no significa que no vea el mundo y pueda explorarlo todo, ahí sí que las TIC han hecho mucho. De hecho, la escuela rural es uno de los infinitos centros del mundo. Ningún niño sabe en que curso está (en la utopía, por supuesto), pero sabe lo que sabe y lo que le falta por saber. Todos hablan, se ejercitan, aprenden unos de otros y avanzan lo que pueden. Tal vez en la indiferenciación nazca la inclusión. De allí cada cual saldrá a aprovechar la oportunidad que se le ofrezca. El mundo debería ser un gran mercado de oportunidades a la vista de todos. Ahí es donde son importantes las lenguas.

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De esa clase saldrá un premio Nobel y un maestro que se admirarán mutuamente. El premio Nobel habrá sacado de su escuela la capacidad de explorar límites. El maestro ha de interesarse por todo y de conocer sus límites (que pueden ser tan infinitos como los del premio Nobel, pero en otra dirección). El premio Nobel recorrerá el mundo entre universidades y lugares de estudio. El maestro entre escuelas y pueblos. Cuando se encuentren, que deben hacerlo, el premio Nobel consultará al maestro cómo puede extender sus descubrimientos y éste a aquél, cómo debe modificar su visión del mundo para explicarla mejor. El premio Nobel ensanchará los límites de la humanidad. El maestro hará que esos límites lleguen a toda la humanidad. Yo no sé a quién admiraría más ni qué trabajo es más necesario.

Por suerte o por desgracia, el mundo no se deja simplificar tanto. Pero para algo valdrá la imagen.

En cuanto a las agrupaciones flexibles de edades y materias tal vez este otoño jesuïtes y escolanova21 que dicen practicarlas, nos cuenten algo.