Después de Principios maravillosos, donde deambulaba por comienzos inolvidables, hoy quiero transitar ese mundo poético que nos permite seguir habitando este mundo. Lecturas y experiencias que son esa geografía silenciosa que llamamos vida. Más allá de la fealdad y la estupidez que nos rodea, necesitamos otro lenguaje del que transitamos en nuestra quehacer cotidiano. La poesía no es un lujo, es la necesidad de un animal lingüístico ante tanta realidad. También de una belleza y una intensidad que nos pide pasear con ella: ¿no es la tristeza la imposibilidad de reconocerla ya? Síganme durante unos minutos, tan sólo quiero rescatar algunos versos, y devolvérselos como pequeñas miniaturas donde vivir durante un tiempo. La poesía es una estación que nos espera siempre. Prometo, si les gusta, seguir esta serie.

Hay autores que no lo son, lo parecen. Juan Ramon Jiménez no es un poeta, es una literatura en sí mismo. Escribe “Espacio”, un poema en prosa que leo obsesivo todos los años y siempre me sigue mostrando rincones que no conocía. Pocas veces se ha concentrado la expresión y el pensamiento en nuestra lengua como lo consigue el genio de Moguer. Juan Ramón Jiménez no es sólo ese referente que influenciará a la poesía en español en el s. XX; si ampliamos la mirada, está dentro de esa constelación de la gran poesía con Rilke, Pessoa, Válery, R. Darío, o Elliot. En la última etapa de su obra -mi preferida, todo se condensa en un lenguaje que ha llegado a su máxima depuración-, está llena de resonancias y afinidades con algunos de esos maestros, y puede escribir poemas magistrales donde ya queda lejos ese Dios cristiano, pero que fusiona en una conciencia panteísta que todo lo envuelve:

En lo desnudo de este hermoso fondo

Quiero quedarme aquí, no quiero irme

a ningún otro sitio.

Todos los paraísos

(que me dijeron) en que tú hablabas,

se me han desvanecido en mis ensueños

porque me comprendí mejor este en que vivo,

ya centro abierto en flor de lo supremo.

Verdor de primavera de mi atmósfera,

¿qué luz podrá sacar de otro verdor

una armonía de totalidad más limpia,

una gloria más grande y fiel de fuera y dentro?

Esta fue y es y será siempre

la verdad:

Tú, oído, visto, comprendido en este paraíso mío,

tú de verdad venido a mí

en lo desnudo de este hermoso fondo.

Poema en: “Dios deseado y deseante”

Cuando leo a Antonio Machado, siempre tengo el presentimiento de alguien que quiere conversar conmigo. Ese tono y ese respeto de alguien que no adoctrina, pero que nos humaniza con su voz . Melancólico y con esa inteligencia natural que no necesita artificios -ese Juan de Mairena que tanto nos alumbra-, y que es capaz de ahondar en el dolor con una sobriedad que lo hace aún más cercano. Hay un detalle que lo hace aún más admirable: esa difícil sencillezque logra sin aparente esfuerzo. Aparente, es consecuencia de un dominio estilístico. Desconfío por instinto de la escritura profunda, ¿qué hay más enigmático que un cuerpo? Presiento que Nietzsche está sonriendo ahora mismo. Antonio Machado nos ha enseñado que el español es un idioma que puede ser contenido, más allá de su barroquismo histórico. Una muestra: muere Leonor, su joven esposa, y su recuerdo es tan presente que escribe un poema estremecedor como el siguiente:

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.

Poema [CXXII] en: “Campos de Castilla

Si en esas clases inesperadas que son los pasillos de un instituto o universidad, alguien me pregunta: ¿qué libro de poemas me recomienda?Le respondería, sin dudar, que se acercase esa noche a Pedro Salinas, y a dos obras como “La voz a ti debida”, y “Razón de amor”.Como habrán intuido, no es un juego narrativo. Me ha ocurrido, en ese laberinto de voces y disculpas que es llegar hasta una cafetería. Es una apuesta segura: esos adolescentes -hogueras que se apagan y encienden continuamente- desfilan sonrientes después de leerlo y, con esa voz que es una complicidad, prolongan su vida: Gracias, profesor, este Pedro Salinas sí que me ha llegado. Pocas veces, un amor imposible sugirió tanta fascinación. Lean:

¡Si me llamaras, sí;

si me llamaras!

Lo dejaría todo,

todo lo tiraría:

los precios, los catálogos,

el azul del océano en los mapas,

los días y sus noches,

los telegramas viejos

y un amor.

Tú, que no eres mi amor,

¡si me llamaras!

Fragmento y versos 102-112 en: “La voz a ti debida”

Cuando leemos a Vicente Aleixandre, nos damos cuenta que el surrealismo puede ser un río poético para mostrarnos nuestra condición humana. No fue André Bretón quien me enseñó que hay otra realidad, fue esta poesía donde se fusiona amor y realidad en una síntesis inolvidable. La intensidad de versos que nos arrollan como cataratas imposibles, la descubrí en él. No hace falta entender, sólo dejarse llevar con ese ímpetu que nos acerca al secreto de la palabra poética. Vicente Aleixandre, ese gran anfitrión de metáforas insospechadas, llevaba una poesía telúrica, apasionada, dentro de sí. Si el amor es una fuerza universal, lo sabemos por versos como estos:

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,

quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente

que regando encerrada bellos miembros extremos

siente así los hermosos límites de la vida.

Este beso en tus labios como una lenta espina,

como un mar que voló hecho un espejo,

como el brillo de un ala,

es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,

un crepitar de la luz vengadora,

luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,

pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

Fragmento de “Unidad en ella” en: “La destrucción o el amor”

Decir Pablo Neruda es comprender que hay versos que nunca nos abandonarán. ¿Por qué tantas lecturas se empeñan en devolvernos rostros y ciudades? La memoria tiene una suave erotismo en todo lo que nos convoca. Como una caricia extraña que nos paraliza: breve y exacta. Casi todos los tímidos hemos regalado Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Sí, también lo recibí de una adolescente novia chilena. Lo siento, hay imágenes que se imponen. El verbo amar no pide pasaporte, nunca lo hizo. Pero quiero recordar una obra principal: “Residencia en la tierra” -la releo deslumbrado cada vez más-, aquí ya no hay un poeta, es la fuerza de la potencia expresiva en movimiento:

O recuerdo el día primero de la sed,

la sombra apretada contra los jazmines,

el cuerpo profundo en que te recogías

como una gota temblando también.

Pero acallas los grandes árboles, y encima de la luna

sobrelejos,

vigilas el mar como un ladrón.

Oh noche, mi alma sobrecogida te pregunta

desesperadamente por el metal que necesita.

Fragmento final de “Serenata”, en :”Residencia en la tierra”

Hace poco leía un apunte genial de Juan Villoro en un diálogo con Fernando Savater: el sueño de los autores mexicanos era discutir con Octavio Paz y ver que él les daba la razón. No soy mexicano, pero lo soy ya para siempre desde que leí: “El laberinto de la soledad”. Octavio Paz puede concentrar filosofía, mitología, literatura sociología, política, en una sola página y producirnos el efecto de no darnos cuenta de esa excepcionalidad. Es el hechizo de una prosa poderosa, la comprensión de una inteligencia frente a cualquier límite. A veces, en autores como Octavio Paz, la lucidez y la fuerza poética van juntas, alimentándose mutuamente más allá del tema o género que escriba. Así sabemos cómo nos descifra el amor y el erotismo en ese inolvidable: “La llama doble”. Como narrador o ensayista, siempre aparece ese poeta que todo lo impregna, y es una lección para tanta filosofía académica y su prosa burocratizada. Octavio Paz, un regalo para nuestra sensibilidad e inteligencia, escribe poemas que nos entrelazan, y que hacen verdad ese presente perpetuo donde se desarrolla nuestro estar en el mundo:

Esto que se me escapa,

agua y delicia obscura,

mar naciendo o muriendo;

estos labios y dientes,

estos ojos hambrientos,

me desnudan de mí

y su furiosa gracia me levanta

hasta los quietos cielos

donde vibra el instante;

la cima de los besos,

la plenitud del mundo y de sus formas.

Fragmento del poema “Bajo tu clara sombra” en: “Libertad bajo palabra”

Esta pequeña selección es injusta y arbitraria -¿hay alguna que no lo sea?-, pero estoy seguro que cualquiera de estos autores pueden entrar en esa biblioteca íntima que va con nosotros. Tenía razón Platón cuando prohibía la entrada de los poetas en su polis utópica: tienen el poder de hacernos creer muchas cosas que él acusaba que no eran la verdad. Pero si ellos no pueden estar, yo me quedo con ellos allá donde vayan. Existen verdades donde no quiero vivir. Hay algo más importante que el mundo de las Ideas -para mí, desengañado de cualquier idealismo filosófico o educativo-, se llama poesía. Es un pequeño hogar, pero allí todos podemos reconocernos. Me levanto ahora mismo de esta cafetería escondida donde escribo. La noche no tiene piedad. Hace demasiado frío, pero vuelvo a ellos: les espero.

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