Aquel profesor alardeaba de que en sus primeros años de escuela tenía la costumbre de darle dos tortas al primer niño que entrará en la clase el primer día de curso. Naturalmente, el alumno respondía: “¿pero yo que he hecho?” Y aquél maestro energúmeno contestaba “por si acaso”.

Doña Reme no entendía de “cacharros” ni de “güifis”, ni quería saber nada de aparatos tecnológicos, y así lo demostraba cuando tenía que poner las calificaciones y se quejaba airadamente en la sala de profesores: “Esto de poner las notas en el ordenador es para nada, cuánto despilfarro, si un niño entra por la puerta del colegio y desde aquí te puedo decir si va a aprobar o no…”

La reunión de evaluación se alargó más de lo esperado, perplejo asistía al debate de la adjudicación de décimas de punto en las notas de los alumnos y alumnas: “¡Con un 4,58, casi un 5, se podría aprobar!, ¡Qué horror!”, Pero qué importantes son estas reuniones, ¡sí señor!

Aarón llegó nuevo, en marzo, a su clase de sexto con un ruego escolarice de la Delegación. Igual que Aarón, antes, a lo largo del curso, ya habían llegado Jenny, Sophy y Julio; menos mal que antes se fueron otros tres compañeros. Un “baile” de siete niños y niñas que afecta irremediablemente al ritmo de la clase, pero bueno, eso qué importa: los niños están recogidos y, por supuesto, bien cuidados.

La mamá de Eduardito ha llegado muy alterada a la dirección, su hijo le ha dicho que Jordi le ha pegado y que los profesores no han hecho nada, como siempre. Para corroborar lo dicho muestra un pequeño roce que tiene en el brazo, y si su hijo lo dice es que ha sido así… ¡Donde vaya la palabra de un hijo que se quite la de los profesores! Eduardito tiene cuatro años.

El inspector llamó por teléfono, nos recordaba las fechas “inamovibles” de entrega de los anexos de autoevaluación, la memoria de dirección y otros documentos superimportantes para el buen funcionamiento del centro; por supuesto, todo estaba ya prediseñado en la plataforma de gestión para unificar los criterios entre los colegios…

Llegados a este punto, me asaltan las dudas: ¿Quién entiende/sobreentiende lo que escribo?, ¿a cuenta de qué y por qué escribo estas líneas?, ¿tienen algo que ver estas pequeñas historias entre sí? Creo que os debo una explicación:

Por casualidades de las redes sociales, que suelen ser caprichosas, me llega información de compañeros y amigos que mencionan o escriben sobre actividades de maestros, profesores, que están desarrollando proyectos interesantes y novedosos. Por si estas noticias no fueran suficientes, en la prensa vuelve el tema recurrente de las comparaciones con Finlandia y la excelencia de su sistema educativo.

Es cierto que algo bueno estamos haciendo, que en algunos casos Finlandia no está tan lejos (educativamente hablando), aunque, por desgracia, no podemos generalizar lo que se trabaja en algunas aulas, en algunos centros.

La brisa fresca de innovación educativa de encuentros como el EABE, Novadors, Aulablog, Espiral, es muy suave y leve y, además, se sustenta en el voluntarismo de profesores y profesoras con inquietudes que se autoforman con sus propios recursos, profesorado que inicia fantásticos proyectos que “funcionan” en sus aulas, pero que no tienen la fuerza necesaria para expandirse ni generalizarse.

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Marco Marchioni dice que sólo con voluntarismo no puede existir revolución.

Es más que evidente que se necesita urgentemente un cambio radical y absoluto en las maneras de enseñar y el desarrollo de una nueva didáctica válida para la sociedad en la que vivimos. Hay que diseñar una nueva formación del profesorado y, tras la formación, un nuevo modelo en el acceso a la función docente si realmente queremos cambiar la escuela desde la raíz y que haya un cambio real y efectivo en los centros educativos.

El informe Mckinsey, Cómo hicieron los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos lo ratifica en su estudio al considerar básico para el éxito educativo la calidad de los docentes: “La calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes”. ¡Ya han pasado siete años de su publicación!

Yendo un poco más lejos, decir que ese cambio sustancial no está en manos de un grupo de profesores y profesoras emprendedores; es más, tampoco creo que esté al alcance de una Consejería o Ministerio. Si realmente se quiere una revolución, un cambio desde la base, el inicio está en la formación y desarrollo del nivel cultural de las familias y este está directamente relacionado con el trabajo que se realiza en los centros educativos. Si seguimos haciendo lo mismo en las aulas, si el abandono escolar es una lacra que parece que a nadie le importa viendo los resultados negativos año tras año… mucho me temo que durante mucho tiempo, por desgracia, seguiremos siendo un pueblo de “charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…” como escribía Machado hace ya 100 años. Sólo hay que darse un paseo por las audiencias de las televisiones para corroborarlo, o preguntar en la calle qué concepto tiene la ciudadanía de los maestros y las maestras.

Mi amiga Lola Urbano, creadora de palabros, hace unos días escribía que le preocupaba el “egomundo” educativo y que quizás estuviéramos perdiendo el horizonte inicial.

Quizás habrá que dibujar un nuevo horizonte, un nuevo norte educativo porque, a día de hoy, da la sensación, a todas las escalas educativas, de que vivimos en Reinos de Taifas deshaciendo y haciendo sin orden ni concierto.

El inspector Francisco J. Fernández Franco en la entrada “La caja negra” escribía una entrada que comparto completamente:

“Es inútil buscar fuera del aula, la raíz de los males de la educación, del éxito o del fracaso. El aula es, mejor dicho, debería ser, el centro de la verdadera reforma; y aquella tendría que someterse a un riguroso diagnóstico al constituirse en la célula básica de la planificación educativa.”

De momento, yo vivo feliz en mi burbuja, soy responsable de mi “egomundo”, sin horizonte, o con todos los horizontes del mundo.

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Foto Monte Saint Michel de Miguel Rosa

¡Que tengáis bonitas puestas de sol!

¿Dónde está el norte?

¿Existe el norte?

Miguel Rosa
Soy maestro y pedagogo. Desde hace unos años director del CEIP San José Obrero de Sevilla, además imparto clases de matemáticas y soy coordinador TIC del centro. Creo que una educación inclusiva de todos y para todos es posible, basada en el respeto, la convivencia y la tolerancia. Escribo en la revista Evaluacción de la Agencia Andaluza de Evaluación Educativa; Además, colaboro con la Delegación de Educación de Sevilla en la organización del Practicum del profesorado, he sido ponente y colaborador en diferentes ámbitos, sobretodo en el CEP de Sevilla y en la tutorización de masters en Forinter2 sobre temas referentes a igualdad, inclusión e interculturalidad. Premios: Al Centro : Premio andalucía de Migraciones 2007 , Premio al Mérito Educativo 2008 por la provincia de Sevilla. Personal: Premio al Mérito Educativo provincia de Sevilla, 2014.