TIC, IDENTIDAD DIGITAL Y EDUCACIÓN: CUATRO REFLEXIONES

TIC, IDENTIDAD DIGITAL Y EDUCACIÓN: CUATRO REFLEXIONES

La primera reflexión tiene que ver con el hecho de que en poco más de veinte años las tecnologías digitales se han convertido en omnipresentes en nuestra vida cotidiana, laboral y de ocio de un modo tan radical y profundo que podemos afirmar que el ecosistema mediático y comunicativo en el que vivimos es notoriamente distinto del que fue característico en el último cuarto del siglo XX. En este breve intervalo de tiempo hemos pasado de un modelo social donde los medios de comunicación de masas (el cine, la televisión, la prensa, …) eran hegemónicos y controlaban los discursos informativos que llegaban a todos los ciudadanos a otro modelo de producción y difusión de la información caracterizado por la multivariedad de procesos comunicativos personalizados mediante herramientas como Internet, PDA, email, telefonía móvil, GPS, MP3, Web 2.0, televisión digital, realidad aumentada, ebooks, Internet de las cosas … las cuales no tienen ni siquiera una década de existencia.

De forma paralela estamos asistiendo a un creciente desarrollo de experiencias pedagógicas, apoyadas en mayor o menor medida, en los recursos de Internet (WWW, e-mail, foros, chat, videoconferencia, blogs, wikis, redes sociales, etc.) que abarcan desde la utilización de estos recursos telemáticos en los contextos de un aula ordinaria hasta acciones formativas completamente desarrolladas a distancia mediadas a través de redes telemáticas de ordenadores. En el ámbito escolar, en la enseñanza universitaria, en la educación a distancia, en la formación ocupacional o en la educación de adultos empieza a ser habitual encontrar experiencias educativas apoyadas en la utilización de campus virtuales, de plataformas de teleformación, de cursos on line, de pizarras interactivas o de materiales didácticos multimedia. Y es previsible que las mismas no sólo se consoliden, sino que se expandan con mayor fuerza y alcancen una presencia que todavía no podemos prever con certeza. Estas tecnologías ya han penetrado en el sistema educativo y es indudable que ya no lo abandonarán.

Una segunda reflexión es que la socialización en una sociedad multimediática requiere ciudadanos formándose permanentemente a lo largo de la vida. La cultura del siglo XXI es multimediática y multimodal, es decir, construida a través de múltiples y variadas formas simbólicas y difundida mediante tecnologías diversas. La producción y difusión de mensajes además de los códigos y formatos tradicionales – como el texto impreso, la fotografía o la imagen audiovisual grabada en cintas o transmitida por ondas- ha adoptado nuevos soportes y sistemas de almacenamiento, organización y distribución. Lo característico de los productos culturales de este nuevo siglo es que éstos están digitalizados y adoptan el formato de datos binarios que fácilmente pueden ser guardados, manipulados y difundidos a través de redes telemáticas. La cultura escrita y audiovisual se ha independizado del soporte físico (es decir, no necesita transformarse en un objeto de átomos como puede ser un libro, un cassette o una cinta de video), y en consecuencia, se puede replicar y distribuir sin dificultades ni grandes costes económicos.

Asimismo, la digitalización de la información está permitiendo crear nuevas formas de codificación, representación y construcción de la cultura. Conceptos tales como los hipertextos, los hipermedia, la realidad virtual, las representaciones tridimensionales, los repositorios de archivos, los RSS, la inteligencia artificial, o la inteligencia colectiva… han emergido con fuerza para designar las cambios que genera la tecnología en el modo de entender y relacionarnos con la producción de información y de cultura.

Una tercera reflexión tiene que ver con el fenómeno de que la cultura del siglo XXI es intangible, inaprensible, variable, intercambiable, interactiva, de consumo inmediato, en permanente transformación: es decir, líquido. Frente a la solidez de las certezas de la cultura decimonónica -vehiculada a través de soportes físicos estables como el papel- el presente digital nos ha traído un tiempo de relativismo y mutabilidad del conocimiento, de modas efímeras de las ideas, valores y costumbres, de cambio permanente, de permisividad de las diferencias, de incertidumbre sobre el futuro mediato. En definitiva, todo es más complejo, multivariado y multimodal. Es decir, nos podemos comunicar con otros humanos a través de mil formas y artilugios (móviles, email, foros, chats, redes sociales, PDAs, …) y podemos recrear y presentar la información mediante textos, imágenes fijas, imágenes en movimiento, sonidos, avatares, animaciones, espacios tridimensionales, hipertextos, etc.

Las experiencias que obtenemos de la realidad empírica tienden a solaparse y mezclarse con las experiencias que obtenemos en los espacios virtuales o ciberespacios. Por ello los ciudadanos del siglo XXI de las sociedades avanzadas y de cultura urbana vivimos simultáneamente en dos escenarios para la interacción social y cultural. El representado por nuestra realidad material, física y sensorial, y el escenario de las experiencias virtuales proporcionado por las variadas y múltiples tecnologías digitales que nos rodean (Internet, telefonía móvil, videojuegos, DVDs, Televisión digital, etc.). En este sentido, las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) han alcanzado tal grado de penetración y omnipresencia en nuestra vida que sin ellas carecemos de identidad y presencia social. Tenemos una identidad reconocible y bien definida en la vida real, pero nuestra identidad como sujeto será incompleta si carecemos de visibilidad en los mundos de comunicación virtuales. Hoy en día, el joven o el profesional que no tiene un espacio propio y reconocible en Internet -sea en formato blog, de sitimoweb, de cuenta en una red social, en una lista de distribución de correo electrónico, …- no existe en el ciberespacio y, en consecuencia, está aislado y sin identidad en el ecosistema de comunicación digital.

Por esta razón las TIC no sólo son hemos de definirlas como herramientas o artefactos a través de los cuáles ejecutamos distintas tareas o acciones como puede ser buscar información, redactar un texto, almacenar datos, elaborar una presentación multimedia, oír música o ver una película, sino también como un espacio para la comunicación e interacción con otros individuos y grupos sociales. Las TIC son, en este sentido, uno de los principales escenarios de la socialización de un sujeto del siglo XXI.

La cuarta reflexión apunta a que la tecnología en general, pero específicamente la tecnología digital para la información y comunicación, así como la cultura que le rodea, no está al alcance de todos. No se ha democratizado en el sentido de ser accesible para todos los individuos, lo cual provoca que la sociedad se divida entre grupos e individuos “conectados” y partícipes de los beneficios de la tecnología y aquellos otros colectivos sociales excluidos del avance y progreso de la sociedad informacional. Esta exclusión e incapacidad de acceso a la tecnología y cultura digital está condicionada tanto por factores de naturaleza socioeconómica como cultural y educativa. Este tipo específico de exclusión es un fenómeno que suele recibir el nombre de “brecha o división digital”, y que está estrechamente vinculado con un fenómeno educativo de primer orden como es el del analfabetismo. ¿Es imaginable el desarrollo comunitario de las sociedades urbanas sin el uso de las tecnologías digitales? ¿Es posible la participación democrática sin que exista un acceso igualitario a la tecnología por parte de la inmensa mayoría de los ciudadanos? ¿Qué conocimientos y valores debieran estar vinculados con el uso de las tecnologías?

El acceso a la tecnología por parte de los individuos y grupos sociales sin la formación adecuada llevará a usos mecánicos o carentes de relevancia cultural, lo que provocará que los mismos sean más vulnerables a la dependencia tecnológica. Sin conocimiento adecuado el sujeto no desarrollará una apropiación significativa y valiosa de las herramientas digitales estando, en consecuencia, supeditado a ser manipulado por intereses ajenos a sus necesidades. El individuo que maneja distintas herramientas digitales, pero sin la suficiente capacidad crítica tenderá a realizar un uso consumista y seguramente sea un sujeto alienado y dependiente de la tecnología. Son las personas y no la tecnología quienes orientan y deciden el uso social de la misma por lo que la educación, o si se prefiere, la formación -sea formal e informal- tendrá un efecto decisivo sobre la configuración de las prácticas sociales desarrolladas en los entornos digitales. Sin educación no habrá cultura democrática en las prácticas colectivas de uso de la tecnología. Sin identidad líquida, pero basada en conocimientos sólidos no seremos sujetos que sepamos desenvolvernos de modo inteligente y democrático en la Red.

Manuel Area
Catedrático del Dpto. de Didáctica e Investigación Educativa en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna (España) en donde que imparte la materia de “Tecnología Educativa”. Fue Presidente de la asociación científica denominada Red Universitaria de Tecnología Educativa que aglutina a investigadores y docentes españoles y latinoamericanos de este campo. En estos últimos veinte años he centrado mi línea de trabajo en el desarrollo de investigaciones relacionadas con las TIC y la Educación publicando más de un centenar de libros, informes y artículos sobre esta temática.