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ODIAR LAS GENERALIDADES

Somos tantos hablando de cambio e innovación que el cambio y la innovación pueden ser casi cualquier cosa. Y uno llega a odiar las generalidades.

El cambio está para mejorar la tradición y hacerla adaptativa. Innovación a partir de tradición. No hacía falta la informática para renovar la escuela. Si no hubieran nacido ni Turing ni Von Neumann ni hubieran existido Xerox, Intel, IBM, Apple o Microsoft, hubiéramos innovado igual. De forma diferente, pero con profundidad similar. Se trataba simplemente de una reconsideración de la importancia social de la educación. Una visión realista y solidaria del mundo no depende de Whatsapp ni de Google. Si lo pensamos honestamente, las virtudes (¿deberíamos llamarlas competencias?) principales que se esperan de un trabajador, un empresario o un ciudadano, no son digitales. Y teniéndolas se aprende fácilmente cualquier competencia digital.

Innovación a partir de tradición

Creo que puede hacerse una escuela muy innovadora con materiales de toda la vida. Eso sí, hay que seleccionarlos bien y usarlos adecuadamente. Y en ello podría concretar una de las generalidades que me acuso de haber promovido: que desde el aula se vea el mundo. No debe ser tan complicado.

FAMILIARIDAD

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En primer lugar, un mapa del mundo mural es lo más obvio. Creo que deberían familiarizarse con él desde parvulario, aunque no se sepa su significado. El mapa suele ser el cuadro que más diálogos promueve en las reuniones. Y no un mapa de colgar sino un mapa/pared, pintado o empapelado, que forme parte del decorado. Se usará para las clases, pero trascenderá las clases. Concitará reuniones informales o de trabajo. Penetrará las mentes y producirá eso tan indeleble que es la familiaridad. Permitirá poblarlo con siluetas pegadas que le añadan significado. Yo no encuentro exagerado pedir que toda aula lo tenga, pero no me hagan caso. Si no hay mapa puede haber bola. Y una bien grande, para planear viajes a tamaño natural.

Aunque eso es sólo la superficie del mundo

Archivadores de fotografías. Las tarjetas con dibujos e información para clasificar son un clásico de la escuela, pero tal vez se explotan poco. Las multiplicaría por cien mil. Y de los temas más variados: edificios, animales, plantas, obras de arte, minerales, vestidos antiguos, herramientas de trabajo, caras, libros, autores, pintores, personajes históricos, políticos, cantantes, instrumentos musicales, esqueletos de vertebrados, tipografías, colores, nubes, planetas, vehículos… Y no descartaría interconectarlos con los más variados criterios. Todo es muy relativo. Me encantó saber que a un chimpancé muy espabilado le pidieron clasificar caras de humanos y chimpancés. Lo hizo a la perfección, sólo que clasificó su propio retrato con los de los humanos (tenía su propio criterio). Y sería un material inapreciable para exposiciones. Idea para los editores: impriman todo lo que haya en el mundo.

DE VERBO AD VERBUM

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Lugar especial para la biblioteca de aula. El instrumento que certifica que la palabra es lo mejor que tiene el ser humano. Y sus inventos derivados: el alfabeto y el libro. Ya no hace falta defender que una imagen ni siquiera es lo mismo que mil palabras. A veces, con una sola se dice más, los japoneses lo saben y lo ponen en haikus. A los pedagogos y editores, ahora se unen los autores explicando el mundo en mil y un libros.

La tribu educadora se va congregando

Cosas contables. ¡Ah, las Matemáticas! Bella y Bestia en una sola cosa. Yo tendría siempre muchos botes con cosas contables. Lo más socorrido son los garbanzos secos. Redondos, rugosos, ni muy grandes ni muy pequeños. No ruedan mucho y se pierden poco. Se pueden poner en fila, en cuadro, en círculo. Se les puede sumar y restar o empaquetarlos para multiplicar. Pero no frenemos la imaginación. A los niños les gustan los personajes de juguete, sean soldados, paseantes o familias. Yo pediría a algún fabricante que hiciera «personajillos» de plástico pequeños (no más de 3 cm.) que se tuvieran en pie y tan asequibles (los clicks resultan muy caros) que pudieran acumularse por cientos en un pote transparente:

Al número, que ya representaban los garbanzos,

le aúnan la imaginación

Yo recuerdo que las batallas de romanos me ayudaron mucho con las tablas de multiplicar. Formaba escuadrones de griegos y persas en el pasillo de casa: 3×7, 5×8, 9×9… cada batalla tenía sus formaciones. Es fácil imaginar que los griegos luchaban con los persas y yo con mi madre. Pero el riesgo también educa. En fin, eran otras épocas y la guerra va quedando trasnochada afortunadamente, pero los «personajillos» pueden contarse y estimarse, para que en el futuro nuestros hijos hagan evaluaciones más realistas de las multitudes manifestantes; o distribuirse en una estructura de madera que simule un edificio al estilo 13 rue del Percebe. Los «personajillos» hasta podrían lucir vestidos de papel de seda o pinocho.

REGLAS, CUERDAS Y CINTAS MÉTRICAS

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Por supuesto reglas, cuerdas y cintas métricas. Las de sastre son resistentes y no cortan. Y que aumente la sofisticación de los instrumentos con la edad. Y los papeles «centimetrados» y milimetrados con origen de coordenadas para estimar superficies: esto ocupa… a ver… unos 36 centímetros cuadrados. Y si es a escala, 36 kilómetros cuadrados.

Formaba escuadrones de griegos y persas en el pasillo de casa

Pero también hay que ir al fondo de las cosas. Valórenlo los oculistas pero me encantaría ver lupas binoculares en un parvulario. Para empezar a hacerse idea de cuántas cosas ocultas hay en el mundo. Los suelos son muy interesantes y revelan muy bien el mundo. Y nunca se está más cerca del suelo que cuando se es párvulo. Por lo tanto, los niños pequeños tendrán que habituarse a tratar con las cosas pequeñas, que no es poca paradoja. A trabajar con pinzas y con delicadeza (cualquier maestro de infantil sabe lo difícil que es eso).

UN ESPACIO TEATRAL

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Aunque lo más profundo del mundo está dentro de nosotros mismos. Una vez un psiquiatra me preguntó: «¿Usted es consciente de cómo camina?». Cuarenta años y no había llegado hasta eso. Y lo digo porque no debería faltar en cualquier aula un espacio teatral. El actor es el que mejor debe conocerse. Si el niño se habitúa a dejar salir lo que tiene dentro y lo sostiene en grupo, ya —casi nada — podrá herirle. Por tanto, un lugar donde caminar, gesticular, declamar y discutir. Y que no falte un baúl para los disfraces. No creo que haga falta comprarlos, si hay baúl, se irá llenando.

Después de todo eso, cualquier programa informático o tutorial caen como agua de mayo en campo sembrado. Los chicos mismos sabrán lo que quieren de Internet sin que Internet pueda hipnotizarlos. Pero si no se hubiera inventado, también haríamos muchas cosas.

Josep Maria Turuguet
Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.