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LA OBEDIENCIA, MAL VISTA

Aquí y allá, opiniones de miembros de la comunidad educativa coinciden en denostar la obediencia. El Dr. Ferran Salmurri, por ejemplo, afirmaba en una entrevista:

“El error de los padres es que enseñamos a obedecer

en lugar de enseñar a pensar”

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Con el respeto debido, no estoy de acuerdo, en absoluto, por dos motivos:

1

No es verdad que “los padres” (si se entiende por ello la mayoría de padres, lo que es mucho decir) enseñen a obedecer. Cada día veo y oigo a más y más padres que NO enseñan a obedecer, que renuncian a que los hijos les hagan caso y, lo que es peor, hacen bandera de ello, quizás porque están de acuerdo con el Dr. Salmurri en la segunda parte de la afirmación, con la cual también discrepo, porque…

2

Lo contrario de “obedecer” no es “pensar”. Es “desobedecer”. Y eso puede ser fruto de la reflexión… o no.

SER OBEDIENTE NO ESTÁ NADA MAL

Ser obediente no está nada mal. Hay una obediencia fundamental en la que (espero) todos los padres estaremos de acuerdo.

No toques eso, que te harías daño”

“Ahora tienes que estar callado”

“Deja libre el asiento”

“Pídelo por favor”

“Espera a que el semáforo esté en verde”

“Mira a ambos lados antes de cruzar”

“No hables con desconocidos”

“Baja la voz”

“Levanta la mano para hablar”…

Es una obediencia que rima con experiencia y con convivencia, una obediencia de autoprotección y de respeto.

HUMILDAD Y CONFIANZA

La obediencia está vinculada a la humilidad y a la confianza.

Confiamos en que aquella persona que manda lo-que-sea lo hace por nuestro bien (confiamos en ella), y que sabe de lo-que-sea más que nosotros (somos humildes). Es una cuestión de reconocer la autoridad o, al menos, el oficio. 

La obediencia nos ayuda a trabajar mejor, a hacer cosas que no pensábamos que fuéramos capaces de llevar a cabo.

En muchas ocasiones hago referencia al ráfting, porque creo que la tarea de los monitores de esta actividad es admirable: se encuentran con un grupo de personas con diversidad de edades, forma física, idioma (y que a menudo no se conocen entre sí) pero cuando acaba la actividad aquel grupo funciona como un equipo capaz de moverse a una… ¡obedeciendo las instrucciones del monitor!

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Indicaciones que no siempre parecen lógicas (“¿por qué tengo que remar yo hacia delante y los del otro lado hacia atrás?” “¿por qué tengo que dejar de remar ahora?” “¿por qué tengo que cambiarme de sitio en la barca?”) pero que tienen su razón de ser. Cuando puede, el monitor se explica (por ejemplo, aprovechando los tramos más tranquilos), pero cuando da la orden, hay que obedecer. En los momentos más frenéticos, no se le ocurriría decir a nadie “¡Pues si no me lo explicas ahora mismo, no remo!” y, ciertamente, nadie creería que el insurrecto en cuestión es un gran pensador.

COMODIDAD Y DESIDIA

Los motivos para desobedecer tienen más que ver con la comodidad y la desidia que con el razonamiento y la reflexión.

Un verano tuvimos la ocasión de ir de excursión por el Parrisal, en la región del Matarraña: un paisaje maravilloso, un arroyo que baja encajado entre rocas y que se puede remontar a pie, saltando, trepando y usando unas pasarelas de madera colocadas en los lugares de paso más difícil. En la entrada del paraje hay un punto de información donde te indican que puedes pisar el arroyo para pasar de un lado al otro, pero que no está permitido bañarse; y a lo largo del recorrido hay carteles (muchos, y muy claros) que recuerdan que el agua que baja por el arroyo al final es captada para el consumo humano y que, por lo tanto, está prohibido bañarse. Pues bien, en uno de los remansos había un grupo de personas adultas bañándose con toda calma y premeditación.

Confieso que no me atreví a decirles nada: quise ahorrarme el mal trago del enfrentamiento, o la posible discusión con argumentos como “Porque nos bañemos unos pocos no pasa nada” o “Es una tontería: van a depurar el agua igualmente”.  Es decir, “a mí la norma no se me aplica”, y si resulta que sí se me aplica, entonces “la norma es absurda”.

SORDERA SELECTIVA

¿Por qué hay hoteles y restaurantes sólo para adultos?

Cada vez triunfan más los restaurantes y hoteles sólo para adultos, es decir, sin niños. Hay quien se escandaliza y lo considera una prohibición intolerable. A mí podría llegar a parecérmelo, pero es que lo entiendo perfectamente: es fruto de la acumulación de situaciones desagradables provocadas por niños gritones y chillones, pero no porque sean niños jugando y pasándoselo bien —y realizando el ruido alegre y característico de estas actividades— sino porque no tienen consideración alguna por los demás, y sus padres han desarrollado una sordera selectiva o han desterrado la vergüenza, substituyéndola a veces por una actitud de: “Ya se sabe, todos los niños son así, montan “pollos” y hay que ser tolerante”.

No, compañero, no, todos los niños NO son así: sólo los hijos de padres que, en lugar de renunciar a aquella actividad y retirarse con su niño, prefieren seguir allí y no dejar que ni ellos ni los demás puedan disfrutar de la película, la comida, la conferencia o el paisaje.

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¿CONSENTIDO DESOBEDECER, O DESOBEDECER CON SENTIDO?

Es evidente que no todas las instrucciones son correctas, ni todas las órdenes buenas. La obediencia conlleva una gran responsabilidad por parte de quien manda, y por eso es tan lamentable cuando alguien en una posición de poder (político, militar, legislativo, policial, judicial… ¡o familiar!) se aprovecha de ello para ser arbitrario, humillar, enriquecerse, prosperar o poner en peligro a los demás.

Entonces es justificable la desobediencia. ¡Pero eso es muy gordo! Cuando desobedecemos una ley, una orden… estamos diciendo: “Lo que estáis mandando es injusto, es indigno, es perjudicial, no hay nada que lo justifique… y por eso no lo haré.” La Historia está llena de actuaciones de personas sencillas, humildes, obedientes, que en un momento determinado se oponen a la injusticia (por “legal” que ésta sea) con firmeza, con convicción, con argumentos, arriesgando su vida… y a veces perdiéndola.

Eso son Grandes Desobediencias, y para poder ser Desobedientes en Grandes Temas hay que ser Obediente en muchos pequeños temas cotidianos. Ejercitémonos en la obediencia y enseñemos a nuestros hijos, , a ser obedientes. 

Porque ser obediente no te hace estúpido. Porque con demasiada frecuencia lo contrario de obedecer no es pensar.

Es, sencillamente, ser maleducado

  • Joan Capdevila

    Sobre este tema mi aportación sería: ¿qué pasaría si no existieran las normas de circulación? Sin duda que en medio del campo donde casi no hay coches saltarse un ceda al paso no tiene ninguna consecuencia pero hacer lo mismo en medio de una ciudad puede ser una catástrofe. Ser obedientes a las normas no es sólo un tema de “obediencia” sino respeto a los demás. Obedecer implica, tal y como se dice en el artículo, humildad, confianza, esfuerzo, superación personal, etc. Y en ningún caso, creo yo, es una barrera para pensar y para la reflexión.