“La educación debería considerarse un viaje de descubrimiento. Debería estimular las llamas de la imaginación y encender el fuego de la curiosidad.”

Richard Gerver (93)

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Hacia los 3 años de edad empieza una de las etapas más interesantes de nuestra vida: la etapa de la preguntas. “¿Por qué?” se convierten en las palabras más empleadas por los niños y niñas ávidos de saciar su curiosidad, por saber cómo funciona el mundo: ¿Por qué brilla el Sol? ¿Por qué no se caen las estrellas? ¿Por qué el agua moja? ¿Por qué no tienes pelo en la cabeza, papá?

Los niños necesitan descubrir el mundo, ordenar y dar una explicación razonable a lo que les rodea, conocer los motivos de las cosas… y esa es una actitud que jamás deberíamos perder. Aunque hay que reconocer que es difícil para los adultos aguantar la intensidad de las preguntas de los niños, es importante que les apoyemos y que favorezcamos que  puedan buscar por si mismos algunas de las respuestas que tanto anhelan.

¿Por qué no se caen las

estrellas?

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Hacia esa misma edad, un buen número de niños y niñas inician su periplo por la educación formal. Llegan a los centros educativos y allí, poco a poco, se produce un extraño fenómeno: se dan cuenta de que para que su vida escolar sea confortable y exitosa no necesitan ser curiosos, sino recordar lo que los docentes les dicen que tienen que saber.

Hace un tiempo, escribí en un post de El blog de Salvaroj:

“No sé muy bien por qué la escuela es un lugar donde la curiosidad y la creatividad se transforman en monotonía y memorización. Lo que sí sé es que debemos trabajar para cambiar el hecho de que ir a la escuela es una obligación y un sacrificio para los chavales (y para los adultos) y conseguir que la escuela sea un lugar donde los alumnos (y los docentes) quieran ir y disfruten aprendiendo y enseñando en ella.”

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La historia de la vida escolar de muchos alumnos podría llevar por título La historia del niño que quería aprender pero tenía que aprobar. Si nos preocupamos por conseguir que aprender y aprobar sean una misma cosa, estaremos haciendo de la escuela un lugar privilegiado para formar personas que sean capaces de transformar el mundo en un lugar mejor.

De algún modo, deberíamos poder mantener durante toda la vida el espíritu de la etapa de las preguntas, que la curiosidad fuera el motor permanente de nuestro aprendizaje. Así seríamos adultos capaces de adaptarnos a las exigencias de un mundo cambiante. Un adulto que conserva la capacidad de hacerse preguntas para entender cómo funciona el mundo es un adulto creativo e innovador, capaz de proponer ideas y ofrecer soluciones que a nadie se le habían ocurrido antes.

  • Alberto Arques Pérez

    Estoy totalmente de acuerdo con esta reflexión. Además la expresión” el niño que quería aprender pero tenía que aprobar” refleja el actual sistema educativo de nuestro país. En la mayoría de colegios e institutos y la mayoría de profesores y profesoras de los mismos transmiten a sus alumnos la importancia de aprobar y no la importancia del porqué de las cosas. Echo en falta aquel tipo de profesor del colegio que te hacía disfrutar en las clases, que te hacía sentir interés por esa asignatura, con el cual aprendías que era lo esencial y después aprobabas (sin tener que estar estudiándote la teoría durante horas y horas de memoria, lo cual me hacía quitarme tiempo de jugar y hacer deporte). Con esto no quiero decir que no se haya de estudiar, NO, pero cuando se aprende algo en un momento determinado luego, pasará el tiempo y no se olvidará. Además pienso que esta obsesión por aprobar no es sólo culpa del colegio, instituto o profesor. Los padres también son culpables de que el niño se obsesione por aprobar y no por aprender, pues los padres o la mayoría de ellos, tan sólo se preocupan por la educación de su hijo el día de la entrega de notas.
    En relación a este tema me gustaría mencionar un libro que acabo de tener la oportunidad de leer ; ” La pedagogía contra frankenstein” del autor Miguel Ángel Santos Guerra. Como bien dice el autor, en uno de sus textos, el cual hace referencia a una anécdota del día de la entrega de notas de cuando somos niños. Los padres al llegar a casa preguntan al niño : “¿has aprobado?¿cuántas has suspendido?” en vez de preguntar “¿has aprendido?”. De esta forma estamos consiguiendo hacer niños máquinas en conseguir buenas notas y colegios donde el rendimiento es el único criterio de valor.