¿Quién puede resistirse a jugar a que arregla el mundo con las herramientas digitales que nos ponen delante? Yo, no. Una app que permite diseñar casas me animó a dibujar mi escuela ideal de hoy (mañana tal vez ya no me lo parecerá).

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La idea es una especie de ateneo infantil, un lugar al que se va a leer, relacionarse, discutir y proyectar cosas. Sé que no voy a “crear escuela” pues no soy arquitecto ni teórico competente, pero tal vez anime a alguien a comparar y mejorar la idea. De hecho, me puse a jugar influido por la lectura del libro Proyectando el futuro  (sm, 2015) del arquitecto Prakash Nair, especializado en construcción escolar.

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Nair aboga por la construcción de nuevos edificios pensados para una nueva escuela pero también por la remodelacion de viejas estructuras para adecuarlas a nuevas funciones. En ellos proyecta espacios que cumplen con cuatro metáforas del espacio de aprendizaje:

La fogata, donde se aprende de los más expertos.

El abrevadero, donde se aprende de los contactos con iguales.

La cueva, donde se aprende de la introspección.

La vida, donde se aprende haciendo.

Así imaginé los espacios que os muestro en infograma y explico a continuación.

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La entrada es amplia y da inmediatamente a dos espacios sociales.

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El área de aprendizaje social (ABREVADERO), entrando a la izquierda, es la más amplia. Muy larga, ha de poder mostrar todo el mundo. Sólo entrar pueden verse dos grandes mapas del mundo (físico y político) en las paredes diagonales, enfrentados. A poder ser en un material al que puedan adherirse marcas, notas o noticias de periódico. En el suelo, un gran globo terrestre, como los del almirantazgo británico pero más moderno y económico, un juguete en torno al cual puedan reunirse cuatro o cinco alumnos para comentar, discutir o proyectar, jugar a ser exploradores o políticos. Las mesas largas pegadas a las paredes son áreas de trabajo más o menos especializadas. Debería haber, en alguna al menos, dos lupas binoculares y dos microscopios, con pequeños armarios para guardar muestras. Alguna podría adecuarse como mesa de dibujo técnico. En general sirven como soportes de lectura. Aunque la lectura privada queda muy estimulada por los sofás o divanes que se encuentran bajo las ventanas (CUEVA). Los biombos han de ser un mueble imprescindible para conseguir privacidades móviles. Y no faltan las bibliotecas, al menos una especializada en Ciencias, otra en Humanidades y otra en Literatura. En medio, las mesas de trabajo en grupo y en el centro un área vacía de usos múltiples, sea para extender grandes murales, para alguna sentada colectiva, para exposiciones o trabajos diversos. Podría haber exposiciones de bibliografía para un trabajo próximo o de productos de algún proyecto acabado.

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En la pared, entrando a la derecha se abren los vanos de cuatro salas de reunión que pueden cerrarse con biombos (FOGATA) y donde se celebrarían pequeñas conferencias de profesor, reuniones de evaluación o proyectos de gran grupo. Los lienzos de pared del área de aprendizaje social, entre vanos, podrían tener estantes y pizarras de corcho para pegar noticias e ideas i ser un centro de información y sugerencias permanente. En las paredes de las salas de reunión pueden estar colgados los currículos indicativos de cada nivel o área de manera que pueda revisarse colectivamente su cumplimiento. Al fondo una pizarra (electrónica o no) para exposiciones. A su lado una pequeña puerta daría acceso a la segunda área social.

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Área social externa (FOGATA y ABREVADERO), la única a la que podrían acceder padres, en principio, contendría la sala de profesores, la conserjería y la secretaría. Aparte, un gran espacio de encuentros, de conferencias, de descanso y una biblioteca general. Una puerta daría acceso a un patio con los edificios de aseo (9). En la otra pared se abrirían los espacios externos entre salas de reunión que podrían aprovecharse como salitas de ordenadores en que pudieran enseñarse habilidades a pequeños grupos o realizarse trabajos especializados (téngase en cuenta que la consulta y proceso de datos o actividades artísticas se podrían practicar en cualquier zona con portátiles o tabletas). En esta área se podrían juntar sillas y hacer reuniones o hasta representar obras de teatro, es bastante grande. No sé si un suelo de linóleo iría bien.

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La salida con jardineras y terrarios de experimentación daria acceso a un pequeño

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Patio de juegos flanqueado por una arboleda (la pequeña estructura junto a la pared externa es una escalera de caracol, para subir al primer piso, no una portería de futbol). Transponiéndola se accede por la izquierda a

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Dos pequeños campos de juego para deportes. Prefiero que sean pequeños para no invitar a juegos masivos y así potenciar la diversidad en el juego sin perjudicar la práctica del deporte. A su derecha, una pequeña edificación sería…

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El garaje. Una sala cerrada donde se amontonarían materiales de desecho y herramientas que fuera un estímulo para la inventiva y taller mecánico, de paso (LA VIDA). Tal vez de ahí salieran los inventores de algún imprescindible gadget o aparato del futuro. O artistas plásticos del reciclaje.

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Encima iría una primera planta con los talleres especializados (arte, música, ciencias, humanidades, porqué no), así como uno de refuerzos diversos (cada uno con su biblioteca). Y reconozco que me faltaría el gimnasio, algo en lo que no suelo pensar y me acuso de ello. Tal vez podría improvisarse en los exteriores o el ayuntamiento ceder más terreno.

He de reconocer que todo junto me ocupa unos 1300 metros cuadrados (2600 en las dos plantas). Y está pensado para entre 100 y 150 alumnos. Prakash Nair cita esta última cifra como el número máximo que puede tener una comunidad cohesionada según los antropólogos. Un centro así, reuniría dos o tres niveles de edad compatibles de modo que los mayores se realizaran ayudando a los pequeños en lugar de dominarlos.

Podría ejercerse en estos espacios una saludable combinación de educación formal e informal. Los niños podrían estar encuadrados en cuatro grupos que podrían ser flexibles. Cada grupo acudiría a sus reuniones en las salas cerradas (con biombos), allí donde un profesor podría proponer, motivar, conferenciar, repasar la agenda, reconducir una situación o proponer una evaluación. Pero la mayor parte del tiempo los alumnos gozarían de libertad e iniciativa para seguir sus proyectos. En esos intervalos, el equipo de profesores deberían cuadrar el círculo de coordinarse sobre la marcha entre ellos y estar disponibles para las consultas o para hacer de monitores puntuales. Una nueva cultura, lo sé. Lo más difícil posiblemente: olvidar los personalismos. Al cabo de un mes habrá uno que conocerá a los 150 y podrá casi hacer un informe detallado. Otro ni conocerá a todos sus pupilos pero nadie le sacará del garaje ayudando a inventar artilugios a unos que no lo son. El primero le ayudará con los informes de final de trimestre y el segundo convertirá en mecánicos a los del primero. Así es la vida. Conocerse, aceptarse e intentar mejorar. No queda otra.

El currículo (al que otro día me referiré) se propone, se ilustra, pero los alumnos lo realizan. Los maestros conducen, compactan y redirigen pero están libres de la tarea de explicarlo todo si hay libros que lo hacen y los grupos de trabajo funcionan. Creo que el aprendizaje se consigue comprendiendo y realizando. Tal vez un libro de texto debiera estar al final del viaje de un curso y no al principio, y sus autores, niños y no editores.

No agotaré en este post las posibilidades que le veo a esto. Para acabar intento sólo relacionarlo con lo que ahora hay. Los ciclos de la LOGSE ya permitían trabajar en comunidades de aprendizaje como éstas. En una escuela de dos líneas, cada ciclo podría constituir una comunidad de cien niños. Las cuatro aulas alineadas podrían abrirse para recrear el espacio. En cuanto a los institutos, el primer y el segundo ciclos de ESO podrían agruparse así.

En fin, perdonen los desvaríos.

Y si sirve para hablar de ello, ya es algo.