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BIBLIOTECAS ESCOLARES

Si les digo que me parece contraproducente crear una biblioteca escolar, no me apedreen impulsivamente, denme unos minutos.

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No lo digo porque esté en contra de la lectura, sino precisamente porque me parece imprescindible. Una biblioteca reside en un edificio de una ciudad o en una habitación en un piso o en una casa. Es un lugar al que se va. Pero la escuela es un lugar diferente. En una biblioteca, acumulamos la cultura. En una escuela, la vamos viviendo. Diríase que biblioteca y escuela son casi sinónimos, no del todo.

A la biblioteca se acude cuando uno ha asumido el control de su cultura. A la escuela se va para ir construyendo la asunción de ese control. Una biblioteca puede verse también como una dualidad: lugar e instrumento (o mejor, instrumental). El lugar donde uno se reune consigo mismo y los instrumentos con los que uno interioriza el mundo. La escuela tiene un fuerte componente social que no tiene la biblioteca. En este sentido parece lógica la creación de una biblioteca dentro de una escuela. En las aulas se convive y se comparte y a la biblioteca se va a interiorizar (consideremos el estudio como una ‘interiorización’).

En una biblioteca, acumulamos

la cultura

Tal vez, lo contraproducente sea crear UNA biblioteca escolar. La biblioteca debería permear toda la escuela. Porque leer es también una manera de convivir.

En el aula la convivencia con los de la misma generación es intensa. Conviven sobre todo los que están aprendiendo, los que aún no conocen los entresijos de la película global que se representa en el mundo. Por sí mismos sólo leerían Gerónimo Stilton o Harry Potter. En cada aula sólo suele haber un representante de la cultura adulta, el maestro. Su influencia en la convivencia de aula depende de habilidades que no siempre tiene.

En una escolaridad tal vez veinte o treinta representantes de la cultura adulta, los maestros, no siempre consiguen un profundo diálogo intergeneracional.

Escuchar sólo al maestro no garantiza siempre comprender el mundo adulto. Éste debería estar más representado y las charlas puntuales de personas mayores o expertos son insuficientes. Pero están los libros. En ellos pueden viajar infinitos mensajes de la generación adulta a la joven. Pero ahora mismo lo hacen muy poco.

En una escuela, la vamos

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UN RECURSO MÁS

Tener una sola biblioteca escolar comunica la idea de que la lectura libre es un recurso más, o para hacer deberes o para entretenerse. Se va a ella fuera del período de clases o para trabajos puntuales. Para mí, eso es un error. Envía el mensaje de que el libro, sin atributos y sin constricciones, es algo excepcional, un premio o una recurso adicional al que uno acude cuando lo obligatorio se ha cumplido.

A ello colabora la distinción que se hace entre el saber y la literatura. Siempre que se habla de lectura en la escuela se alude a la ficción y se piensa en la biblioteca escolar. Sin embargo, la ficción obligatoria (léase El Lazarillo…, etc.) se trata en el aula junto con el saber de no ficción, por decirlo con retranca. Se traza así una frontera entre la lectura de esfuerzo y la libre y de entretenimiento. Pocos esperan o de pocos se espera que yendo a la biblioteca lean libremente El Lazarillo de Tormes (lo pongo sólo como analogía de lo adultamente culto). Y con ello agrandamos el foso entre la escuela y la vida.

La biblioteca, en cambio, debería ser un paisaje permanente, la fuente de la libertad de estudio, entendiendo estudio como ‘relación libre y curiosa con el mundo que se aprende’. Debería ser el mobiliario bàsico de cualquier aula. Hasta del comedor y del gimnasio.

Carmen Guaita, en su libro Cronos va a mi clase (PPC, 2015), dice:

“…no se piensa sino a partir de cierta cultura, porque los pensamientos ajenos afinan nuestro propio pensar, y ese es el factor que relega el aprendizaje por competencias…”

(p. 99)

Si queremos que los niños, aprendan a pensar, debemos demostrarles que no tienen más remedio que leer para ello. Si los niños encuentran en su aula una biblioteca llena de libros breves, no intimidantes, que con amenidad les expliquen lo que antes el maestro les peroraba (y más), se encontrarán consigo mismos, aprenderán argumentos que les harán únicos e importantes y descubrirán argumentos únicos de los demás. Y el profesor no estará obligado a saberlo todo. Será simplemente el que mejor puede interpretarlo todo. ¿Qué puede haber más emocionante para un niño que revelar algo desconocido a sus compañeros o incluso al maestro? Háyalos leído o no todos, esos libros también harán aprender al maestro muchas cosas que los libros de texto no le procuraban. Y de las discusiones y proyectos que surjan de esas lecturas, resultarán cumplidas la mayoría de las competencias. Si el profesor consigue trasladarles a la España picaresca (la del XVI, no la de ahora) con murales, libros y ambiente y en la biblioteca del aula (casualmente) hay versiones del Lazarillo antiguas y modernas, adaptadas, de lectura fácil y hasta ensayos sencillos, empezarán a llevárselo a casa prestado por iniciativa propia, porque el profesor no lo sabe todo y es el grupo quien ha de saber más. Y el que llegue tarde a la biblioteca del aula con el Lazarillo momentáneamente desaparecido, tal vez vaya a la biblioteca escolar o a la del barrio y pida el Lazarillo. Porque . O descubra que lo tenía en casa.

Josep Maria Turuguet
Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.