6 piezas, en los próximos 6 jueves formarán nuestro puzzle, que también es el vuestro. El ecosistema lo es en la medida en que compartimos el oxígeno, mientras nos sentimos vivos. Durante estas 6 semanas queremos compartir este viaje por la educación, la comunicación y la tecnología con todos vosotros.

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Dicen los científicos que en sus primeros 1000 días, el cerebro forma el 85% de sus conexiones. Con la madurez llegamos a más de 200 billones de conexiones neuronales, y en esto están los investigadores ahora. Hemos pasado de los millonarios viajes por el universo,  a una exploración de lo cercano. Urge conocer ese órgano, que pesa kilo y medio y  cabe en nuestra mano. Algo de esto contábamos en laberinto emocional y visión holística.

Es una evidencia, que si el cerebro evoluciona tan rápidamente en estos primeros años, la familia tendrá algo que ofrecer, algo que decir, algo que hacer. Claro que la escuela también se suma a la fiesta en eso que los expertos llaman educación de la estimulación temprana, que lo señalan allá para los seis años. He pasado por todas las etapas y ciclos formativos, pero desde hace mucho años, he admirado muy especialmente a los que están en educación infantil. Y brindamos este post a los compañeros de la  Escuela Gran Via,  enREDada  y a todos los educadores y educadoras de los peques.

Nos ocupa y preocupa la tecnología, cómo se ha convertido en prolongación de nuestros sentidos, cómo leemos, pensamos, sentimos, convivimos de manera diferente; cómo se ha formado esa “aldea global”, cómo “el medio es el mensaje” (todo esto lo decía McLuhan). La tecnología no produce efectos, es el artefacto cultural, con el que coexistimos y convivimos.  Así como el cerebro sin oxígeno muere, la familia sin comunicación desaparece, y aquí es donde aparece nuestro invitado especial que podemos llamar  de  modo colectivo y plural “multipantallas”.

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Hace unos años, una madre nos decía que había observado como su hija de dos años, seguía la musiquilla, hasta llegar a la habitación de la tele (cambiemos tele por otra pantalla, si queremos), y se quedaba embobada delante del foco de luz y sonido. Esa bocanada audiovisual fascina a los peques, porque proyecta unas imágenes, unos sonidos, unos estímulos que son muy atractivos y gratificantes. Imágenes saturadas de color, formas geométricas de los personajes infantiles, rápidos cambios de plano y de ángulo de la cámara; espacios tridimensionales, realidad aumentada, acción trepidante, músicas pegadizas. ¿Suficiente?, no, tocan la pantalla e interaccionan con todo lo que se mueve y se oye. Realidad y también virtual, valga la contradicción.

Cambió el hogar. Algunos todavía recordarán cuando los abuelos contaban sus cuentos junto al fuego, y removiendo las ascuas, avivaban el relato, y ahuyentaban el sueño de los pequeños que escuchaban. Otros, recordarán alguna de sus mudanzas con la gran y primera pregunta, ¿dónde ponemos el televisor en el cuarto de estar?, una vez contestada la pregunta, se colocaba el resto del mobiliario. Ahora, el hogar se ha convertido en un conjunto de rincones donde sus habitantes miran, escuchan, conversan, juegan, intercambian. Un conjunto de “habitaciones de cristal” donde lo público y lo privado, lo cercano y lo lejano, lo conocido y lo desconocido coinciden, se mezclan. Una experiencia que fascina e inquieta.

Las pantallas siempre educan. Pero no lo hacen como nos gustaría a nosotros, ni siguen los modelos en los que fuimos educados, ni educan como educamos desde la familia, por eso la importancia de nuestra intervención. Tenemos muy claro cuando encendemos y apagamos el microondas, o la lavadora, pero la tele está encendida casi siempre;  los smartphones, las tabletas, las videoconsolas están conectados  casi siempre en las manos de nuestros hijos, mientras que nuestra mirada  a veces queda lejos.

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Seremos atrevidos, tras nuestra una larga experiencia de trabajo y acompañamiento de padres y madres. Y hacemos tres grupos:

1

Las familias preocupadas y ocupadas en sus hijos , pero agobiadas

2

Las familias preocupadas y ocupadas, con la responsabilidad que les atañe

3

Las familias ausentes

¿Qué tipo de familia eres?

Animación de 

Recordamos un bonito encuentro que tuvimos con más de 80 padres y madres de un pueblo de Lleida, en el que llevábamos nuestra típica presentación,  pero que surgió como una charla de café, para pasar  un par de horas de  entrañable diálogo, en el que sus preguntas nos ayudaron a crecer a unos y otros. Y vaya por dónde, la tecnología fue la excusa. La educación de nuestros hijos e hijas, el desarrollo de su inteligencia, de sus emociones, de sus habilidades sociales, dependen en gran medida de la planificación familiar que hagamos con las pantallas.

En nuestra línea de no recetas, pero ciertos menús de degustación, sugerimos el primero con tres platos:

Primero desmitificar su influencia y su impacto

Ni las pantallas son malditas, como muestran con frecuencia los titulares de la prensa tradicional, ni los niños engullen los programas televisivos de modo pasivo y apático; ni tampoco son adictos a los videojuegos y las redes sociales . Los adolescentes no son problemáticos como dicen. Por eso se preguntan ¿eso somos nosotros?

“¿Qué edad tiene tu hijo? Nueve años. Huuuyyy, ya verás cuando llegue a los once, prepárate.”. Este diálogo es muy usual en las conversaciones de padres. Suponed la impresión, si a los titulares de los medios de comunicación, se añade la opinión del “grupo de pares” de padres en la misma dirección. Horror, será adolescente, es la conclusión más fácil e inmediata.

¿Dónde está el problema? No existen adolescentes problemáticos, sino situaciones conflictivas. Lo aceptamos: ellos se sienten incómodos al crecer, y nosotros como padres compartiendo ese crecimiento, pero dicho esto, todo es una aventura en la que podemos contagiar nuestra ilusión o nuestro fatalismo.

En otro encuentro con la FAD aparecieron de nuevo los medios. Nos sorprendió, que aunque presentamos la sesión de la importancia de las pantallas en la familia como una oportunidad, casi todas las preguntas percibían la multipantallas como un peligro, un riesgo o una amenaza.

Segundo, pautando una planificación

Segundo plato  breve pero sabroso. ¿Cuándo enciendo y apago la tele, la consola, el ordenador?, ¿Qué programas son convenientes para mis hijos, cuántas horas de nuestro  tiempo  y del tiempo de mis hijos deben ocupar en las pantallas? Cuando los hijos son pequeños se planifica desde un diálogo y una normativa que establecen los padres. Cuando crecen, desde un diálogo y un consenso con los hijos. Sí, es muy cansino eso de negociar con ellos, pero es necesario.

Tercero, desde una mediación

En la que intervengamos como educadores ante estos consumos. Y así, como las mamás y los papás somos el mejor juguete para nuestros hijos, somos la mejor presencia para ellos, cuando vemos la tele juntos, jugamos con la consola juntos o navegamos por internet con ellos. ¿Habéis visto las ruedas de la bici en la viñeta y las “ruedas” de la tecnología?  Entre el parque y las pantallas hay una divertida analogía.  Cuando salimos al parque con ellos y son muy pequeños no los soltamos de la mano, para después decirles “de aquellos columpios no pases”,  y más tarde indicarles el rato que pueden estar jugando con los amigos para volver después a casa. ¿Por qué no hacer algo parecido mientras ellos crecen y también lo hace la presencia de las diferentes pantallas en cada casa? Educar para la autonomía exige la pedagogía de la presencia y la responsabilidad compartida.


José

Carmen

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