No me refiero, por supuesto, a política de izquierdas o derechas, nacional, federal o central, confesional o laica, republicana o monárquica. Nada de eso, por supuesto.

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Fotograma de la película: El Tercer Hombre

Me refiero a esa que nos hace cosmo-politas, es decir, ciudadanos del mundo, del orden humano en general. Es una política que sólo podría oponerse a otra que fuera felina o proboscídea, por reducir al absurdo. Y en ella sí que creo que todos los maestros tienen un papel fundamental.

Las familias, la sociedad civil y el estado nos educan en una religión o una ciudadanía más o  menos local, más o menos nacional, más o menos universal. Pero a los maestros se les confía la misión de poner a los niños en el mundo, mentalmente hablando. En colaboración con la familia y la sociedad civil, y el estado, por supuesto. Pero sobre los maestros recae el grueso de la puesta al día en ese guión cinematográfico que es la historia y la cultura humana. Para que el niño y el joven pueda decidir con conocimiento de causa si le es suficiente ser figurante o aspira a ser actor.

Evidentemente todos serán actores en algún círculo más o menos reducido. Pero ahora quiero hablar de la gran película del mundo, que cada vez resulta menos indiferente a cada uno de nosotros. Esa película que según evolucione nos dará una buena vida o una peor.

No es indiferente que la humanidad se una o siga desunida. No es indiferente la forma como veamos a “los otros”, ni siquiera que consideremos el concepto “otros”. No es indiferente la concepción que tengamos del individuo y de la sociedad. Ni siguiera la confusión que suframos sobre esos conceptos. De manera que podamos echar la culpa de nuestros males a la Sociedad como cosa ajena. Creo que son cosas que el maestro debe clarificar muy bien, al menos mientras la paternidad no se considere una profesión (en un sentido ni económico ni burocrático).

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Fotograma de la película: El Tercer Hombre

Creo, y ahí me arriesgo, que debería haber una visión del mundo mínima que debería ser doctrina para todo maestro. Y una vez dicho, deberé exponerlo.

Creo que, sin perjuicio de que haya Dios o haya Creación, el ser humano es un animal que apareció en África y se esparció por el mundo siendo aún animal, es decir, inconsciente de su condición (por eso suelo distinguir inteligencia de conciencia). Por sus propias posibilidades genéticas, en todas partes los humanos trascendieron su origen animal de maneras diferentes. Como dice el historiador español Francisco Fernández-Armesto, empleamos cien mil años en separarnos y desconocernos y sólo quinientos en volvernos a reunir. El bien o el mal ya estaban hechos. Hemos empleado esos 500 años como nos ha dado a entender nuestra condición común que no excluye la capacidad para lo peor y para lo mejor. Como dijo Pico de la Mirándola, el ser humano es el único animal capaz de dejarse caer al nivel de las bestias o de alzarse a la altura de los ángeles. Diga lo que diga tal o cual religión, el Bien y la Justicia son inventos humanos, no estaban antes. No son imposiciones de un dios sino inventos humanos. Creer que un dios nos los haya inspirado es pasión de cada cual, pero la responsabilidad de ese Bien o Justicia es de todos y cada uno. Nos ha costado cien mil años entenderlo porque no era fácil. Creo que ésa es la razón de que Jesús dijera que el camino del mal era llano y el del bien plagado de cantos. El Mal estaba en la naturaleza, en la Selección Natural. La conciencia no admite esa regla de la naturaleza. Sólo seres humanos en pleno uso de su inteligencia pero despojados de su conciencia podían perpetrar el genocidio o la “purificación”. La humanidad es justo lo que ha trascendido la adaptación del más fuerte.

Si podremos compaginar ese precepto de conciencia con el funcionamiento del mundo Natural, si podremos armonizar las reglas de la Naturaleza con las de la Conciencia, creo, es la gran pregunta de futuro de la humanidad. Ahí está el tratamiento correcto de la población, de la natalidad, de la migración, de los recursos naturales, de la familia y del estado.

Me temo que a nivel de calle es perfectamente posible ser xenófobo, egoísta, abortista o antiabortista visceral, nacionalista económico o político sectario, economista liberal (con neo o sin neo), corporativista y energúmeno. Pero si alzamos la vista para ver cuanto más mundo mejor, empieza a hacerse imposible. Creo que la educación es un proceso de ampliación de la mirada. En cambio, un currículo oficial sólo canaliza la mirada porque desconfía del individuo. Tal vez tema las altas miradas.

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Fotograma de la película: El Tercer Hombre

Creo que el trabajo principal de cualquier maestro en cualquier parte del mundo es enseñar a los jóvenes a alzar la vista para que vean todo el mundo, lo malo y lo bueno, la Naturaleza y la Conciencia. Sólo así se creará una ciudadanía mundial capaz de tomar mancomunadamente las decisiones más adecuadas… para la supervivencia, que el reto no es menor. Mientras TODA la paternidad no sea profesional ni TODA la política, universal, sólo los maestros tienen la responsabilidad de levantar las miradas de los que llegan, niños y jóvenes. No creo ser el único en pensarlo y por eso, gracias a Dios, cada vez más gente sostiene que la única Revolución real está en la Educación.

Al final, si la humanidad sobrevive y está organizada de manera que cualquier catástrofe natural futura que cause 200 millones de desplazados en una sola semana no provoque una catástrofe de la humanidad… si la organización a la que hemos llegado consigue un realojamiento satisfactorio, rápido y sin demasiados traumas… entonces, sólo entonces, cualquier Dios que exista exclamará sin duda: “¡Estos son mis hijos! Ahora sí que están hechos a mi imagen y semejanza”.