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LOS VIEJOS Y LOS JÓVENES

Reflexiones en torno a un  poema de Aleixandre

 

“Unos, jóvenes, pasan. Ahí pasan, sucesivos,

ajenos a la tarde gloriosa que los unge.

Como esos viejos

más lentos van uncidos

a ese rayo final del sol poniente.

Estos sí son conscientes de la tibieza

de la tarde fina.

Delgado el sol les toca y ellos toman

su templanza: es un bien —¡quedan tan pocos!—,

y pasan despaciosos por ea senda clara.

Es el verdor primero de la estación temprana.

Un río juvenil, mas bien niñez de un manantial

cercano,

y el verdor incipiente: robles tiernos,

bosque hacia el puerto en ascensión ligera.

Ligerísima. Mas no van ya los viejos a su ritmo.

Y allí los jóvenes que se adelantan pasan

sin ver, y siguen, sin mirarles.

Los ancianos los miran. Son estables,

éstos, los que al extremo de la vida,

en el borde del fin, quedan suspensos,

sin caer, cual por siempre.

Mientras las juveniles sombras pasan, ellos sí,

consumibles, inestables,

urgidos de la sed que un soplo sacia”.

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En este poema de Vicente Aleixandre titulado Los viejos y los jóvenes, perteneciente al libro Poemas de la consumación, escrito en su vejez, el poeta de Velintonia nos presenta la imagen de unos jóvenes que pasan, sucesivos, “ajenos a la tarde gloriosa que los unge”. Unos jóvenes despreocupados, inconscientes, ajenos al inmenso e inagotable tesoro de la vida que tienen en sus manos. Mientras, un grupo de ancianos los contempla. Estos, los más viejos, son, como dice el poeta, “estables, los que al extremo de la vida/ en el borde del fin, quedan suspensos/ sin caer, cual por siempre”. El sosiego y la fugacidad. Los viejos y los jóvenes.

La juventud siempre se ha caracterizado por la vehemencia, la inestabilidad y el impulso. En la estación temprana de la vida el ser humano pasa frente a los acontecimientos de forma fugaz, no se detiene lo suficiente a contemplar su propio estado ni el de las cosas que le rodean. En el poema de Aleixandre, las juveniles sombras pasan “urgidos de la sed que un soplo sacia”. Pasan con rapidez, ansiosos de saciar su sed de triunfo, ese éxito que a menudo se sacia, como dice el poeta, con un pequeño soplo.

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Mientras, los viejos, esas sombras de templanza, toman el sol sentados en un banco de la plaza. Los que han llegado a la cumbre de la vida son hijos del sosiego y la tranquilidad. Los más viejos, al contrario que los jóvenes, “sí son conscientes de la tibieza de la tarde fina”, la disfrutan como un bien preciado, como un tesoro de valor incalculable, del que quizá no puedan disfrutar durante mucho tiempo.

Generalmente el anciano tiene más apego a la vida o quizá la disfruta de forma distinta al joven. El paso de los años hace al ser humano más sabio en el arte de contemplar, de sacar más jugo a las bellezas cotidianas, de ver el mundo con los ojos de la experiencia. Mientras, la juventud, ese divino tesoro que cantó Darío, esa dama blanca inconsciente y alocada, da muerte con rapidez a los pequeños tesoros cotidianos que le rodean; no sabe contemplar ni apreciar las maravillas que la vida reserva. Aunque también es cierto, que la juventud la desdeñan quienes la ostentan.

La juventud siempre quiere llevarse la vida por delante, arde en deseos de representar el papel de protagonista en la comedia de la vida. Anhela el éxito, el reconocimiento, el aplauso… “Dejar huella quería y marcharme entre aplausos”, decía Gil de Biedma en un poema memorable. Pero los jóvenes nunca se paran a pensar que en la vida, ese triste teatro del mundo, “envejecer, morir es el único argumento de la obra”.