Un día se me ocurrió preguntarle a Ken Robinson si un planeta pequeño como el nuestro podía albergar siete mil millones de “elementos”. Hombre de mirada alta y agenda apretada, Robinson declinó responderme. No esperaba que lo hiciera, pero la pregunta se me quedó enquistada.

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Uno mira a su alrededor y no parece que todos hayan encontrado su “elemento”. Creo que el elemento es aquello cuya falta, en las películas de animación, suele torturar al protagonista hasta que un animalito simpático le dice “No te procupes, X, encontrarás tu propio talento”. Y al final el protagonista lo encuentra. O en las películas juveniles con adolescente patoso. Las pistas que nos da Robinson son un poco ambiguas; sobre todo, porque se refiere a personajes con nombres tan sonoros como Richard Branson o Paul McCartney. También hay personas menos conocidas en su libro, pero no menos exitosas. Pero yo voy por la calle y no me parece ver muchas caras satisfechas de haber encontrado su “elemento”. Y me pregunto si no habrá un cupo para eso.

La pregunta se me quedó

enquistada

¿Encontrarán su “elemento” todos los empleados de Telefónica? ¿Y los mecánicos de Volkswagen? ¿Y los pescadores de perlas del Índico? ¿Hay que pensar que el “elemento” suele decaer los lunes por la mañana? Tal vez el “elemento” no se despliegue en la función oficial que uno desempeña en la vida. Ya dije otro día que, de una manera u otra, todos somos funcionarios. Hay que hacer funcionar el mundo. La nave no se mueve si nadie rema. Quizá el trabajo es sólo un peaje y el “elemento” venga después. Tal vez el “elemento” se despliegue los sábados por la noche. Mi padre lo encontraba los domingos por la mañana, se iba a pescar con caña. Siempre soñó con una foto como las del rey en la pesca del pez espada. Era bueno pero los peces escaseaban.

Para mucha gente el simple logro sería descubrir que el “elemento” es algo que existe y se puede buscar, que no es un lujo oriental. Ya sería mucho. Saber que todo el mundo tiene un nicho donde brillar. Tendríamos un planeta envidiable. Pero uno no tiene la sensación de que el brillo humano deslumbre en nuestros días. Es como si se lo reservara una selecta minoría. Como si el brillo humano dependiera del carbón o del petróleo y hubiera que ahorrarlo.

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Y ahí venimos los maestros. Primero contar que el brillo existe. Después proyectar cómo encenderlo. Uno a uno. No es tan difícil si pensamos que las personas somos bujías capaces de autoencenderse. Somos las mejores luciérnagas del universo. Pero “habemos” tantas… Uno necesita espacio para encenderse. Algunos, muchísimo. Y si alguno de los “estrechados” logra alumbrar un poco en su estrechez, los soplos de las luminarias fácilmente pueden apagarlo. Hay fuegos que no admiten competencia y aquí se compite mucho por el brillo excesivo.

Es fácil predicar “elementos” en abstracto, pero puede ser frustrante en este teatro antiguo de candelabros. Me parece perfecto que el señor Robinson los promueva, pero de paso habría que ponerlos a pensar en un teatro más moderno donde quepan todos sin movernos de este pequeño planeta donde la energía está tan mal repartida y donde compañías llamadas LOMCE o OCDE la distribuyen tan mal.

Somos

las mejores luciérnagas del universo

¿Se imaginan que hoy, tal como estamos organizados, siete mil millones, todos y cada uno sin desdeñar a los otros siete mil millones que van viniendo, nos sintiéramos con derecho de imaginar el mundo e intentáramos realizarlo con las formas y etiqueta que acostumbramos (con codazos incluidos)?

El mundo ha de inventar una escuela, pero la escuela ha de inventar un mundo.