EL MUNDO MIL VECES EXPLICADO

Y MIL MANERAS DE EXPLICARLO

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Oyendo hablar a las autoridades educativas, sean del color que sean, se ve que el libro de texto se da por descontado. Se supone que hay contenidos imprescindibles que si están en el libro de texto parecen estar garantizados, como si exorcizásemos la ignorancia con el solo hecho de tenerlos allí “contenidos”. Decir que podría conseguirse el mismo resultado o mejor con libros de divulgación, lectura y discusión es fácil. Demostrarlo, no tanto.

En los dos casos se trataría de leer, esa competencia que se está descubriendo más esquiva de lo que se parecía y sobre la que los psicólogos tienen tantas teorías, pero sobre la que todos los estudios parecerán insuficientes. Yo no tengo nada mejor que la intuición basada en mi propia experiencia como sujeto lector y estudiante.

Mis intereses, en general, se han movido en torno al campo de la Historia. Me ha parecido siempre la disciplina que engloba todas las ciencias, la que permite entenderlas mejor todas. En mis tiempos de estudiante la Historia resultaba árida, los manuales eran secos y repletos de datos puntiagudos. Que tanta gente la haya cursado, para mí, demuestra el indudable interés que nos despierta el pasado. Pero si nos cuesta entender lo que nos pasa ahora mismo, lógicamente cualquier descripción de tiempos pasados sin un acercamiento emotivo puede resultar descorazonador.

MANUALES Y DIVULGACIÓN

Recientemente se ha multiplicado la divulgación para adultos introduciendo algo de corazón. Se percibe más empatía hacia el lector. Tal vez es que se van traduciendo más libros anglosajones que tuvieron esa característica desde hace más tiempo. El lector adulto tiene mucho campo para cultivarse. Yo no logro entender mínimamente algún asunto histórico hasta que no he leído tres o cuatro cosas sobre él. Ningún autor contesta todas tus preguntas. Y necesito que me resulte familiar. En mi época, tal vez las biografías hubieran sido la mejor introducción a la historia para los jóvenes. Como su nombre indica, tienen vida. Creo que ellos necesitan acercarse al campo de estudio y al mismo tiempo verlo desde muy lejos. El joven necesita ver la manada de elefantes buscando agua sobre el territorio y después acercarse y acariciarles la trompa y entender de cerca la maravilla de ese órgano.

Me da grima recordar aquel manual de Historia (toda y europeo universal) de mi adolescencia que en blanco y negro recogía todos los acontecimientos relevantes de cinco mil años. Teníamos catorce años. Nuestro único apoyo eran los peplums, las películas de piratas, mosqueteros y de las guerras mundiales. Aprendíamos “las preguntas” de memoria y a menudo recordábamos las cosas que más nos chocaban. Aún recuerdo el nombre de Pedro Ceballos, que me resultó curioso, aunque nunca me he vuelto a topar mucho con él (ministro de Godoy, me parece). O el rey Canuto (Knut, en realidad), tocayo de un dibujo animado que se televisaba por entonces. Si he llegado a entender algo de Historia es porque la he tenido que enseñar y he perseverado por mi cuenta. En la universidad sólo enseñaban lascas, cerámica, demografía y fiscalidad o modos de producción (que después me encontré en los libros de texto de EGB). La empatía también era poca. Recuerdo la frase de un compañero de Arqueología que decía con mucho tino que había que reponer al ser humano en el trono del que se había apoderado el cacharro (los estudios de cerámica reinaban por entonces).

LIBRO DE TEXTO, RECURSO Y LECTURA

Veo un libro de texto de Historia de la ESO actual y a mí me echaría para atrás. A pesar del color. Después veo esos libros abandonados en los estantes de intercambio de las bibliotecas de barrio. Es acabar el curso y deshacerse de él. Algunos lo conservarán, pero no todos los alumnos piensan que sus estudios serán dignos de recuerdo. Aun así las autoridades y los editores siguen viéndolos como EL RECURSO por excelencia (a pesar de lo fungible y caro que resulta). Y lo peor, a mi modo de ver, es que la mayoría de profesores, también. Es lógico, es el único recurso totalizador actualmente existente. Una revolución no se concreta hasta que no hay un recambio total disponible. Y, desengañémonos, ahora mismo no lo hay… fuera de internet. Porque sustituir libro de texto en papel por libro de texto digital no es una auténtica sustitución. Es como sustituir la regla de cálculo por la calculadora. Y sustituirlo por los infinitos recursos sueltos que circulan por internet tiene cierto regusto de anarquía, no sé si productiva pero poco realista. La gente se queda con los recursos y con el libro de texto.

Recogiendo mi percepción anterior sobre los jóvenes, yo diría que un libro de texto no consigue ni “acercarse” a la materia ni distanciarse y “verla” desde lejos. Creo que es un vano esfuerzo de síntesis. Y las síntesis son el tipo de cosa de la que no me parecen los jóvenes muy necesitados. Justamente las síntesis son aquello a lo que recurren los apurados aspirantes a opositar. Una ficha rápida de álgebra o de botánica, ¡ya!

A quien defiende el libro de texto como un instrumento de mediación entre alumnos y profesor le diría que me parece mucho más conveniente para el profesor inseguro y preocupado principalmente por la materia que para el profesor seguro de su materia y preocupado principalmente por sus alumnos. O para aquél que estando seguro de dominar la materia no se fía bastante de que su mensaje llegue. Si hay libro de texto la responsabilidad pasa al alumno. Y esa es la razón por la que habría que empezar por las Facultades de Formación de Maestros. O por las Facultades de Pedagogía que forman a los formadores de maestros. No pretendo ser predicador apocalíptico (aunque motivos haya) pero creo que todo está mal desde el principio. Y encima a las autoridades escolares les falta “visión” (en fin, la mía puede posiblemente resultar ceguera; entonces la “visión” les asistiría a ellas).

No es fácil que los editores compongan toda la bibliografía que haría falta para ver todos los “contenidos” y “competencias” y “valores” y “actitudes”… en pocos años. Y ¿a cuenta de qué habrían de empezar a hacerlo? Crear “abundancias parciales”, es decir, produciendo bibliografías de transición para empezar a trabajar activamente de vez en cuando, manteniendo el libro de texto mientras tanto, puede resultar económicamente caro. Pero es el tipo de cosa, creo, que valdría la pena subvencionar para hacer la experiencia. Hasta podría crearse una ONG a tal efecto (pensaré en ello).

“¿ALTERNATIVA AL ‘TEXTO’?… TEXTOS, RELATO DEL MUNDO”

Pondré un ejemplo de biología para no se diga que “barro para casa”. Creo que la Evolución es un tema que puede resultar muy empàtico, científicamente indispensable y de los que crea “visión del mundo”. Veamos.

Un libro que podría titularse “Hay patas para todo” explicaría que los esqueletos de todos los vertebrados son en el fondo muy parecidos y analizaría algunos casos con estilo serio pero desenfadado (lo llamo “explicar en zapatillas”). Explicaría brevemente la razón “histórica” de ello y apuntaría algunos fundamentos biológicos o bioquímicos con palabras sencillas. No más de 50 páginas con las ilustraciones imprescindibles y sin pie (es libro de lectura). Remitiría a esas láminas con esqueletos de diferentes vertebrados que tenemos en el cajón de Ciencias Naturales (o el que sea). Pero dependería de otras lecturas.

“Todo empieza en un huevo” explicaría sencillamente lo que es eso (pocos piensan que un huevo de avestruz es una célula) y las formas que ha tomado a lo largo de la “historia”. De suelto e individualista ha pasado a funcionario y blanducho, a resistente acorazado y a incubadora interna y maternal. De lo que pase dentro surgen todos los tipos de “patas”.

No debería faltar “¿Es el cuerpo un hotel o una ciudad?” donde podría repasarse la historia del descubrimiento del mundo celular con desenfado y anécdotas que no banalicen. Después de leerlo tal vez algunos busquen las láminas de la célula o de los tejidos.

Seguro que muchos autores estarían interesados en escribir algo como “¿Dónde empieza y dónde acaba una enfermedad?”, en el que, entre otras cosas podría clarificarse cómo interaccionan los tejidos del cuerpo. De hecho podría haber un montón de libros parecidos con diferentes enfoques y diferentes títulos de autores diferentes.

Uno muy fácil sería “¿Cómo triunfan y fracasan los bichos?” para explicar ejemplos de animales aparentemente muy poderosos que no han sabido adaptarse y otros muy humildes que han tenido éxitos insospechados, para acabar hablando de como triunfó un señor calvo de barba larga al interpretar lo que veía.

Y estaría de más mirar el mundo y volverse a preguntar: ¿de qué está hecho? Entonces un libro como “El mundo de plastilina o el mundo de LEGO” nos mostraría las dos maneras de plantearlo que ha tenido la humanidad, la de Aristóteles y la de los atomistas.

Podría poner infinidad de ejemplos pero creo que se entiende lo que quiero decir. Imagínense cuarenta de esos en una biblioteca de aula. Ningún redactor de libros de texto podría escribir competentemente sobre todo eso. Hace falta saber mucho para explicar sencillo. El resultado es que los libros de texto repiten “contenidos” adocenadamente generación tras generación. No puede decirse que sea “toda la sociedad” quien educa a los niños con ese instrumento. Con él, los maestros aprenden a fijar lo que ya sabían, y difícilmente evoluciona su “visión del mundo” a menos que lean mucho y constantemente, cosa que no sé si es compatible con corregir.

En cambio, gestionando una biblioteca de libros no fungibles y constantemente renovados, el maestro enseña, orquesta y actualiza su “visión del mundo”. Y que eso resulte posible es misión de editores y autores atentos a los maestros.

Y los alumnos, creo, “verán” mundo, tendrán protagonismo y posiblemente a la larga incorporarán muchos más “contenidos” que con el libro de texto. Ya hoy hay diferencias en los contenidos que vienen en unos “textos” y en otros. Y al fin y al cabo, cosas como el pistilo o el yeyuno ya se memorizarán en el bachiller. Tal vez muchos más se animen a emprenderlo.