La escuela siempre ha mirado el ocio digital de reojo y con prejuicios. Lo ha considerado un enemigo, más que un cómplice. Le ha tenido envidia porque lo que las aulas no consiguen en muchos años, los videojuegos lo  consiguen en  unas semanas. Las ventanas de la escuela siguen cerradas, mientras lo importante ocurre en el ocio digital. Allí se interacciona, se conversa, se aprenden destrezas del presente para el futuro, se socializan, también hay abusivas prácticas y  situaciones de grave riesgo y dependencia. Pero todo debería estar integrado en un espacio de formación,  desde el diálogo y la  construcción colectiva.

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En el Congreso Educación Mediática, la cultura de la participación,  ya expusimos esta tesis.

El estudio y aplicación de las TIC en la escuela suscita una inquietante paradoja. Por un lado, la materia TIC aparece en el currículo para explotar sus posibilidades tecnológicas, y para reforzar la identidad escolar como institución formativa. Pero por otro, y he aquí la contradicción, la escuela introduce las TIC pero niega sus usos sociales y prácticas culturales, destacando sólo la función transmisora. Véanse cómo los adolescentes y jóvenes emplean las redes sociales y los videojuegos en diferentes estudios e investigaciones en los últimos cinco años  ya comentados en este blog. La posición técnico/instrumental/transmisora, que  reclama la competencia digital, al mismo tiempo  sataniza los usos lúdicos, sociales y culturales de estas competencias.

De modo que estamos ante una versión más de la cultura elitista e ilustrada asociada a la escuela, y una baja cultura o popular vinculada a las prácticas digitales. Y por eso hablamos de TRIC y no de TIC.

Dado que estamos en tiempos inciertos, pero que la educación sólo tiene sentido desde la utopía, nos preguntamos, ¿Qué ventanas tiene que abrir la educación para ser educada por la cultura de la participación?


José

Carmen

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