Probablemente pocos de vosotros estéis familiarizados con la filosofía budista y los términos “tariki” y “jiriki”. En muy resumidas cuentas, se trata de dos vías de conocimiento distintas que llevan al nirvana. Sin embargo, mientras que la vía “tariki” consiste en “otro poder” o en llegar a la iluminación con “ayuda externa”, el “jiriki” podríamos definirlo la “propia fuerza”.

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Me encanta pensar en estos términos en educación. Extrapolo, en parte, estas filosofías a la educación actual. Por una parte, tenemos al maestro acomodado, que recita su lección y se marcha sin más; por otra parte encontramos al docente que, a la moda educativa, crea sesiones tan imaginativas, tan creativas, que pierde las perspectiva de las competencias y objetivos, es decir, deja totalmente el aprendizaje de los alumnos a ellos mismos.

Existe, aunque no la he mencionado, una tercera vía de conocimiento budista que consiste en lo mejor, para mí, de las anteriores. Se trata de una guía para la iluminación pero con una gran autoreflexión y trabajo individual. ¿No es acaso este el objetivo actual del maestro? El profesor como guía de conocimiento, como apoyo, como facilitador. No como mero transmisor de conocimientos o como simple creativo. No. El docente como creador del cambio, de la reflexión, del conocimiento. Y del autoconocimiento.

Este último tipo de docente, mezcla de los dos primeros, resulta evidente que sería el profesor idílico. Fuerza a sus alumnos a la reflexión, al trabajo (ya sea en grupo o individual) y consigue una transformación. Supongo que pensarán que resulta fácil hablar sobre la teoría y no con ejemplos. Pues bien, a nuestro top teacher me remito, el señor César Bona. Allá por febrero, el periódico El Mundo publicó un artículo donde recogía algunas actividades que lleva a cabo, siendo una de ellas la siguiente:

¡La Tierra es plana!” es el tema del día. Los alumnos tendrán que exponerlo en público el lunes [o sea, hoy] y César Bona les enseña a prepararlo. Primero hacen un brainstorming (lo llaman “escupir ideas”) y los críos van diciendo las primeras palabras que les vienen a la cabeza. Después deben buscar argumentos que avalen que la Tierra es plana. “Hay que hacerse preguntas”, les guía el maestro. “Cuándo se hizo plana la Tierra, cómo, por qué… Os recuerdo que Tierra se escribe con mayúsculas”.

Para organizarse mentalmente, utilizan “una pizza con cajones”, que es un círculo dividido en cuatro porciones. El círculo representa el minuto que durará la exposición y en cada parte, de 15 segundos, hay un compartimento donde se escribe la palabra que mejor ayuda a recordar el argumento. Fuera del cajón van las ideas secundarias.

El profesor no pone pautas. Sólo les dice que investiguen en casa dos nombres: Copérnico y Galileo. “Tenéis que asociar lo que investiguéis a nuestra teoría de que la Tierra es plana. No sigáis ningún orden a la hora de escupir ideas“.

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Personalmente, me resulta grandiosa la complejidad de la tarea y lo simplificada que está. ¡Ojo!, que son alumnos de 5º de Primaria. Qué fácil hace la tarea de búsqueda de información, elaboración y presentación de un proyecto. Esto es el claro ejemplo de lo que sería la mezcla que mencionaba: tiene orientaciones básicas que en caso de duda podrán ser más profundas, pero el trabajo principal corre a cargo del propio estudiante. Parece que en educación, al final, no está todo inventado, ¿no?